Asegura Julio Hernández López en La Jornada: “escenario fastuoso (el Teatro de la República, en Querétaro), clase política estelar […], y la inacabable capacidad de simulación, vanagloria y desatino de los oficiantes en turno del discursear de espaldas a la realidad […]  Otros serían los discursos, las posturas y las preocupaciones de esa clase política sonámbula si sus pomposos miembros se asomaran de verdad y palparan el México de profunda insatisfacción que en parte se expresa en marchas, manifestaciones, congresos y redes sociales, pero que mayoritariamente observa y maldice en silencio, o sólo entre los suyos, harto de cinismos, injusticia y delincuencia ejecutada o permitida desde lo institucional”. Ni más, ni menos.