Por David Quitano
15 de febrero de 2015

El ser escrupulosamente honorable en el manejo de los recursos del Estado no constituye una virtud sino una obligación de estricta moralidad irrenunciable.

Don José Ezequiel Iturriaga Sauco.

(Político, sociólogo, filósofo y abogado mexicano)

 

La indignación ante ciertos hechos que suceden cotidianamente en nuestro país a hace creer a muchos que la solución a esos males es por arresto de los políticos. Ello alienta un voluntarismo muy reduccionista que ostenta su solución en dar marchar a los malos funcionarios a partir de un posicionamiento estructuralista y no en el sustento de una democracia y sus instrumentos.

Nuestra realidad política –considero–no encuentra camino sostenible en ese planteamiento, el surco adecuado debe aspirar a mejores condiciones, una de ella es demandarles eficiencia al amparo de un fiel y responsable actuar en el desempeño de su función.

La indignación históricamente llega a ser la madre de malos análisis políticos. Olvidamos que vivir en democracia es una exigencia que se erige todos los días, imaginar la democracia venidera, el cómo debe ser, es entrenamiento que sólo se adquiere de manera participativa.

Por ello, si sólo vemos desde el cantil el mar no podremos saber cómo en verdad está la marea, con ello es muy probable que nuestro juicio sobre la democracia se vea afectado más por impresiones, deseos y convicciones que por el análisis objetivo.

Hoy ante los hechos indignantes que nuestro país arroja día a día, encontramos todas las atenuantes que evidencian los marginales beneficios que ha generado la democracia consolidada en el 2000 a favor de la ciudadanía.

Hemos caído en un agujero que no da cuenta a las necesidades imperativas, es decir, la correlación entre crecimiento e igualdad no se da en forma positiva, los dos puntos en el cuadrante se encuentran en un momento crítico, me refiero a que mientras el crecimiento no se comporta a la altura de las exigencias la desigual se amplía exponencialmente.

Una de las tesis más consolidadas es que el crecimiento económico reduce las desigualdades y facilita el surgimiento de la democracia. Por subsecuente, bajos niveles de crecimiento merman los avances que podamos haber obteniendo en sentido político.

Lo anterior es también un claro ejemplo de que ante ese escenario las exigencias y participación en las actividades sociales de implicaciones políticas, deben ser cada vez más intachables y más aún necesarias.

Si renunciamos a la participación política desde la ciudadanía, renunciamos a ser libres, porque dentro de nuestra intervención se halla la libertad, en el entendido de que negarse a la política es dar la espalda a un excelente instrumento civilizatorio.

Por tanto ante los diferentes procesos políticos que se avecinan debemos informarnos y tomar decisiones en función a las capacidades, trascendencia y plataforma de los candidatos.

No es correcto empobrecernos en la idea de que “todos” son iguales, esa visión fermenta la acrimonia y el odio partidista, los cuales no deben de ser los temas centrales del debate público para las elecciones que se aproximan, el punto de partida debe hundir sus bases en las propuestas y el trabajo cercano e incluyente que presenten los candidatos.

Recordando:

  • La utopía implica lo colectivo y ello convoca a que si soñamos con un país mejor todos debemos ser partícipes de su avance.

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