Un Secretario de Finanzas en promedio por año no es de ninguna manera un síntoma de buena administración, y si se empata con la debilidad que sufren las finanzas públicas forman un coctel de cuyos resultados hablan los lamentables desfases en las ministraciones a las Secretarías del despacho para el desempeño de sus planes y programas y a los municipios para el cumplimiento de sus programas de gobierno. En esas condiciones ¿cuál será el ánimo de un Secretario al que se le pronostica su salida un día sí y al otro también? Más aún cuando públicamente su jefe, el gobernador, no define si efectivamente se queda o no, limitándose a declarar que todos cumplen un ciclo enviando subliminalmente el mensaje de su salida. Lo peor es que esa incertidumbre la hacen partícipe a cientos de proveedores de bienes y servicios que ya obtuvieron siquiera la promesa de su pago de quien está en el cargo y un relevo los obligaría a volver a empezar.