Por Martín Quitano Martínez

24 de marzo de 2015

En una época de engaño universal decir la verdad es un acto revolucionario.

George Orwell (1903-1950)

Los aires que soplan huelen mal, huelen a descomposición, huelen a rancio, a viejo, huelen a sangre, a tufos enrarecidos que pueblan la vida diaria de millones; se desprenden del desorden, del crimen, de la banalidad, de la impunidad, de la corrupción, del dejar hacer y dejar pasar, del autoritarismo que vuelve por sus fueros cerrando caminos a nuestra débil democracia.

La trascendencia del enviciado ejercicio político y público es tal que marca, determina comportamientos, construye percepciones negativas, porque las acciones políticas y públicas nuestras son una desgracia, pues sintetizan la victoria miserable de los que detentan el poder para beneficios privados muy lejanos de cualquier compromiso colectivo o ético. Su determinante sello de opacidades y arbitrariedades transmuta en la conformación social de una idea de desesperanza, de temores e indefensión de una sociedad que es mayoritariamente proclive a reconocerse en el espejo grotesco de los grupos hegemónicos.

Es insolente el comportamiento de la clase política y funcionaria en todos los niveles de gobierno, con personajes marcados por una cínica condición que los vuelve depredadores de las esperanzas, forjadores de las orfandades sociales, destructores del desarrollo social y particularmente desvergonzados hacedores de la crisis que nos envuelve; para ellos no pasa nada, pues las quejas sociales quedan en las anécdotas de lo controlable, de la mano invisible de las luchas intestinas del poder, del complot que subyace a toda disputa política.

El alejamiento de la clase política de las realidades es más evidente cuando ante la crisis se acentúa el desdén y ante la crítica se privilegia el autoritarismo y la descalificación como el método oficial de respuesta.

Y es que la polarización provoca crispación social y que cada bando descalifique a todos los que opinen diferente, es decir al resto. Los humos que emanan del poder excluyente se filtran en la desconfianza social y contaminan aún más a sectores predispuestos contra las voces y luchas emanados desde el ejercicio de la libertad, a las que se les endilga la incomodidad que generan para trabajar en “el crecimiento nacional y las reformas necesarias”.

Para ellos el que se les señale y fiscalice es no sòlo incómodo sino oprobioso. El exigirles cuentas y cumplimiento de sus obligaciones es tomado como persecutorio; el reclamarles los fallidos derroteros de sus quehaceres, de su forma de conducirse, de sus reformas lesivas es ahuyentar el futuro, claro, el que ellos se plantean personalmente.

Muchos, millones de mexicanos no coincidimos con todo ello, y la verdad es que se equivocan, porque esa distorsionada realidad donde no pasa nada no es el mundo real. En el que vivimos la mayoría pasan demasiadas cosas negativas como para no cuestionar la forma y el fondo de lo que presentan como conveniente, como la salida de nuestros problemas.

Los datos de la pobreza, de la desigualdad, del hambre, de la violencia, de las muertes, del miedo; los datos del deterioro ambiental, del saqueo de los recursos públicos y la corrupción, y principalmente de la impunidad, obligan a decir y decirles que han actuado con mentira, con engaño, privilegiando sus intereses.

Frente a ellos, frente a esos, la verdad, la manifestación clara de nuestros hartazgos, la propuesta y el comportamiento necesario para cambiar, el decir las cosas por su nombre y actuar y decir la verdad es en estos tiempos, un acto revolucionario.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

El vandalismo de la Liga de Comunidades Agrarias, los desnudos en las protestas de los 400 pueblos: botones de las nuevas prácticas de los mismos de siempre.

 

Contacto:
mquim1962@nullhotmail.com