Por Martín Quitano Martínez
11 de marzo de 2015

Ningún grupo puede actuar con eficacia si falta el concierto;

ningún grupo puede actuar en concierto si falta la confianza;

ningún grupo puede actuar con confianza si no se halla ligado por opiniones comunes,                                                                                                       afectos comunes, intereses comunes.

Edmund Burke (1729-1797) Político y escritor irlandés

El problema de la incongruencia, entre otros inconvenientes, es que genera desconfianza y con ello situaciones que malogran la posibilidad de hacer y construir. En cualquier ámbito de la vida, la confianza forma parte de esas consideraciones altamente valoradas para establecer el mejor nivel de compromiso y reconocimiento.

Desde lejanas tierras, Enrique Peña Nieto ha reconocido pública e internacionalmente el momento que vive nuestro país, como uno plagado de desconfianza, aseveración que aparentando ser un gesto de humildad política, no es más que la manifestación de una obviedad para la mayoría de los mexicanos, para la que esperamos desde hace tiempo acciones concretas en lugar de discursos acartonados. Dan ganas de preguntarle: ¿Apenas te diste cuenta?

El hueco discurso peñanietista resonó en esa entrevista como “mea culpa” en el exterior y no como una responsabilidad ante los mexicanos. Ante el periódico Financial Times argumenta que los sucesos de Iguala y los supuestos conflictos de intereses son eventos que han dado pie a que los mexicanos tengamos esa desconfianza, y aunque esto es cierto no es exacto, porque hay mucho más que estas perlas de opacidad, corrupción e impunidad mexicana detrás de los forjamientos de una desconfianza incrustada en el subconsciente colectivo.

La desconfianza mexicana referida a nuestras instituciones públicas tiene raíces mucho más profundas; según el informe este País del INE, el 70% de los mexicanos desconfiamos de los que nos rodean, los ambientes sociales son marcados por la suspicacia, comenzando por nuestros entornos donde sólo se salvan los más cercanos, los familiares.

El peñanietismo ha acentuado un fenómeno que ha carcomido nuestro tejido social, la lógica descompuesta de los ejercicios del poder, históricamente puestos en duda en nuestra nación, hoy por hoy son una realidad en la percepción social, no es para menos, el cinismo es ese no raro oficio, particularmente de funcionarios y políticos que, medrando de sus encargos, han dado al traste más aun con nuestros espacios públicos, sin embargo, las suspicacias son moneda de uso común para con todo, incluyendo aquellos que se desarrollan desde las personas en su vida diaria, la duda de todo no como una gimnasia positiva sino como un acto de descalificación de lo otro, de los otros.

La incongruencia de los principales actores de nuestra vida pública profundiza nuestra incredulidad, la desvergüenza con la que se comportan muchos de los gobernantes, la simulación de funcionarios y actores políticos y públicos que buscan esconder sus grotescos comportamientos no les alcanza, su maquillaje no cubre la ominosa desfachatez, el doble lenguaje que acomete diariamente en el desmantelamiento de la poca confianza existente la cual se hace palpable en el manejo discrecional de los recursos públicos, con las iniciativas que no se reconocen en su probidad, con los actos impunes que salvaguardan atrocidades y privilegios.

Peña Nieto no se equivoca, pero abona poco como la gran mayoría de nuestra clase dirigente en todos sus niveles, para contrarrestar condiciones de privilegio, van de bandazos a bandazos, de cobertura de intereses privados, continuidad de conductas arbitrarias que han forjado el camino de ejercicios políticos y públicos en los que ellos se sienten a gusto y confiados porque nada pasará. Cuidado porque el México bárbaro que vivimos, pareciera que aún no toca fondo y las consecuencias, aterradoras ahora, podrían ser mayores.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Desde el 2010 y hasta ahora, los Centroamericanos 2014 parecen el cuento espeluznante de nunca acabar.

 

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