Por Armando Ortiz
26 de marzo de 2015

Dice la nota de CNN: “El mandatario acudió el martes a la Escuela Secundaria General número 1, Enrique Herrera Moreno, para inaugurar el gimnasio –que lleva el nombre de su padre, Javier Duarte Franco– dio su discurso y antes de despedirse decidió subir a las gradas, donde estaban los estudiantes, para tomarse una foto con ellos”.

Pues como todos los estudiantes se querían tomar foto con el gobernador, se arremolinaron a su alrededor y de repente las recién inauguradas gradas del gimnasio, que lleva el nombre de su padre, cedieron y ¡santo porrazo! que se dio el gobernador.

Afortunadamente nadie salió herido. Algunas personas ayudaron al gobernador a levantarse (claro primero él y después los niños) y tan campante como si nada levantó los brazos victoriosos y se tomó la selfie.

Sin embargo, Javier Duarte tiene cinco años cayendo, de poco en poco, a ratos casi ni se nota, pero en los últimos meses las gradas que sostienen su de por si escasa popularidad ya no lo pudieron sostener. Y menos ahora que ha cortado el suministro de chayotes, recortado los convenios a discreción y restado privilegios a aquellos que siempre lo vieron como su adalid.

Javier Duarte ha estado cayendo y con él el Estado, porque aunque todavía lo niegue, los dineros en las arcas del estado no alcanzan para pagar todas las deudas que se tienen. Ya ni vale la pena hablar sobre eso. La otra caída de Javier Duarte está también en el manejo político del estado. Por su tozudez de impulsar la Reforma Electoral en Veracruz, en la que incluyó una gubernatura de dos años, varios de los actores políticos más relevantes le han dado la espalda, algunos con franqueza y valentía hasta lo han enfrentado.

El verdadero problema de la caída de Javier Duarte está en que a diferencia de su caída en el gimnasio que lleva el nombre de su padre, en donde por fortuna nadie resultó herido, en esta caída sexenal nos está llevando a todos de corbata.

El estado se mantiene en vilo por la inseguridad; las deudas y los despilfarros tienen al estado quebrado y en unos meses acudiremos a una confrontación en la que los actores políticos del estado verán a los votantes como mero botín electoral; un simple instrumento para hacerse del poder al “haiga sido como haiga sido”.

Lástima que el gobernador nunca escuchó las voces sensatas que anunciaban muy de antemano esa caída; lástima que sólo confió en las gradas de aduladores que sólo le regalaban al oído sus hazañas inexistentes; lástima que ya no hay manera de parar esa caída; lástima porque los que estamos abajo y esperamos todo el peso del gobernador somos nosotros y si nos cae encima no se tratará sólo de unos rasponsitos y magulladuras.

En el sexenio anterior ya nos cayó encima otro gobernador y a la fecha aún seguimos en el recuento de los daños.

 

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