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CAMALEÓN

Un libro de perfil autobiográfico sugiere variedad de imágenes, desde las que pueden expresar ideas y reflexiones que el autor dispara desde el recóndito y amurallado entorno en que se encuentra para el repaso de episodios vividos, hasta representar el vehículo que lo transporta en el espacio y lo lleva a trascender “sus tiempos”.

Esto último es la impresión que me ha producido la lectura de “Tiempos de mis Memorias”, un libro de la autoría de Rubén Pabello Rojas, en el que narra, describe y testimonia documentalmente el desarrollo de una vida productiva en sucesión cronológica, enmarcada  en el contexto social, económico y político que le tocó vivir.

En sus páginas podemos apreciar la paulatina adecuación y la transformación, física y psicológica, de la vida de un individuo que observa la dinámica de los cambios de su entorno con una visión no libresca, sino producto de una fructuosa incursión en el servicio público y en el área de la Educación.

Con sabor añejo, al igual que las virtudes del tinto y casi con los mismos efectos que este produce cuando se bebe sin moderación, el libro de Rubén despierta el suave murmullo de un romántico recuerdo, enfocado en lontananza hacia el recuento de los años idos. Es un extraordinario y reflexivo esfuerzo para hacer el balance de cuanto se intentó y se pudo con las aspiraciones frustradas. Porqué y para qué se escribe un libro forma parte de la incógnita humana, ¿es acaso un íntimo deseo de trascendencia o simple motivación didáctica aprovechando la capacidad inmanente para ejecutarlo?

La lectura de este libro autobiográfico, acentuadamente auto referenciado pero de un valor indiscutible por la riqueza de testimonios, revela que no solo es la descripción de una vida productiva, sino que además está acompañada del registro de momentos históricos en el quehacer nacional, estatal y municipal, muchos de los cuales formaron el entorno más inmediato al autor y crearon el marco de su desarrollo humano y profesional.

¿Cuántas reflexiones y añoranzas despertarán entre sus lectores la rica y detallada narración del autor acerca de un México, de un Veracruz, que en el suceder de los años fue encontrando? Habrá, por supuesto, recuerdos similares entre niños y jóvenes citadinos de sus tiempos, aunque en la diversidad de lectores también estarán quienes convivieron en contextos sociales con años luz de diferencia en el espacio de su tiempo y circunstancias, por haber residido en áreas lejanas de las grandes ciudades.

De un universo pleno de luces y sabores como gráficamente se describe en este libro, al dulce y silencioso sonido de la naturaleza en la que en vez de teatros, cines y parques de recreo se cohabitaba con la rica fauna y flora silvestres en un entorno cenagoso e intensamente bucólico, pero no menos rico en vivencias y experiencias.

 Esta es sólo una de las reflexiones que despierta el interesante libro que escribió Rubén Pabello Rojas con el título de “Mis Memorias”, un jalapeño distinguido que recorrió una gran trecho del diagrama político y administrativo de su estado y por este motivo tiene autoridad suficiente para dejar constancia fedataria de sus tiempos. Es una edición de Editorial Las Ánimas, a la que debe reconocerse el mérito de proporcionar un digno marco al su contenido, y de esta manera forma y fondo guardan un equilibrio congruente.

Pero, ¿cuál podría ser el motivo que impulsa a un hombre septuagenario a escribir sus memorias? ¿La vanidad? Que se sepa nunca se advirtió en Rubén Pabello Rojas fruición por esta debilidad humana. ¿El ocio productivo? Este pudiera ser uno de sus motores. ¿Deseo de trascender a sus tiempos a través de un legado testimonial en el que, como mea culpa, reconoce un fracaso generacional frente a los grandes problemas nacionales? Me inclinaría por esto último como causa eficiente.

Hombre positivo, que busca lo bueno aun en la contrariedad, Rubén no se libra sin embargo de reconocer la amarga realidad nacional y la frustración que no le impide incluirse entre los culpables de ese entorno, no de otra manera es posible interpretar lo siguiente: “A mi generación, que quedó en deuda, no correspondió el mérito de haberlo logrado, siendo justos y objetivos ni siquiera el haber puesto algún peldaño de esa deseada superación”

Bien enterado, Rubén es pesimista a la usanza de Schopenhauer: “nuestro producto como sociedad no está bien, no marcha bien el país” y cuestiona “¿De qué ha servido la democracia si no se ha utilizado para depurar los sistemas, métodos y conductas públicas de gobiernos de todos los niveles, sabores y colores?” No es errónea la tesis que afirma que un pesimista es un optimista bien enterado, porque como actor político que ha sido, en el vocabulario de sus discursos de antaño la democracia fue concepto que se privilegió hasta en exceso porque era de uso muy común. “Vergüenza nacional es que se haga de la ingente pobreza programas de gobierno y que se llegue al alto grado de cinismo institucional de admitir, sin rubor, que una gran parte del producto nacional se genera en el extranjero por el envío de remesas que nuestros connacionales hacen con el esfuerzo de su trabajo, mismo que no encuentran en el suelo que los vio nacer…”.

El inexorable correr del tiempo atempera ánimos y hasta el entusiasmo emprendedor se torna sedentario, lo describe Rubén: “El transcurso del tiempo, ya largo, me acerca cada vez más fuertemente a mi mundo interior y correlativamente me distancia del mundo externo. Sin ser un anacoreta o un misántropo, día a día disfruto mejor y más de mis pensamientos, memoria y soliloquios”.

Ese pareciera ser un destino manifiesto del hombre al que los años aquietan, pues en la vorágine de la vida transitamos, acaso insensiblemente hacia un retiro sino monástico al menos contemplativo, es aquel numen  que los griegos y romanos reconocían y destacaban en la senectud, una vez de abrevar intensamente las mieles de la vida, después de ganar batallas y de conocer la derrota; ¿cuándo, en qué momento abandonamos el ímpetu juvenil para internarnos en los años finales, en los que la reflexión ocupa el nicho de la veneración?

Leyendo a Rubén Pabello Rojas, recuerdo lo que el Maestro de América, José Enrique Rodó, escribiera hace un siglo en “Motivos de Proteo”: “Mi objeto es ver dentro de mí. Quiero formar cabal idea de este que soy yo, de éste por quien merezco castigo o recompensa…” y en esa búsqueda de la verdad, del reconocimiento de sí mismo, cual Diógenes moderno el autor de “Tiempos de mis Memorias”, en la intimidad de su pensamiento, en la fresca lejanía de sus recuerdos habrá de exclamar como Pablo Neruda en su momento hizo: ¡Confieso que he vivido!

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15-marzo-2005.