Por José Luis Ortega Vidal
11 de marzo de 2015

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Montado en los andamios daba pincelazos sobre el retablo del altar donde se rinde el culto católico bajo una suerte de égida de San Martín Obispo.

El párroco Carlos Figarola, nativo de Acayucan –al sur de Veracruz- y habitante del Vaticano durante algunos años de su trayectoria eclesiástica, patrocinó el proyecto.

La idea fue brillante: representar una imagen de los apóstoles a lado de Jesús con los cerros de San Martín Pajapan y Santa Martha como fondo.

Sí, el mundo indígena fue evangelizado a partir del choque sangriento del siglo XVI y si bien la de la Iglesia romana es sólo una de las múltiples ópticas bajo las cuales se puede observar dicho acontecimiento, el arte es al mismo tiempo uno de los diversos lenguajes que nos acercan al suceso amplio, profundo, cóncavo, convexo, objetivo, subjetivo, polémico, histórico -más allá de la historia- pero real, crudamente real de nuestro mestizaje.

 

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El pintor eligió los tonos sepia para la conformación de su mensaje plástico.

Un periodista brillante lo abordó.

Miguel Angel Rueda formó parte del equipo que Maritza Pulido, Cecilio Pérez y José Luis Ortega habían conformado para dar vida a un proyecto editorial fincado en sueños.

Del andamio, creador y relator se trasladaron al taller y Rueda volvió fascinado de aquel encuentro.

Sixto Aparicio Candelario, a su vez, fue conquistado por la pluma y la publicación donde sus trazos personales, las figuras de sus dibujos y lienzos –sobre todo óleos– fueron descritos como elefantijirafizados.

A partir de entonces, así denominó el maestro Sixto a los seres que poblaban y poblarían su universo creativo.

 

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Años más tarde, en un encuentro histórico por tratarse de los dos artistas más importantes del siglo XX de Acayucan, el poeta Orlando Guillén opinó ante Aparicio que debía buscar con mayor exigencia la conformación de un lenguaje estrictamente propio.

Gustó a Orlando la creación de su paisano al tiempo de compararlo con Botero.

Testigo privilegiado de aquel diálogo –y sin externar opinión, por inexperta– diferí y difiero de aquel punto de vista.

La obra de Aparicio es dueña de una poética personal y el lenguaje de sus pinceles tiene vida propia, aprecio.

De las curvas –ciertamente abundantes como en el caso del colombiano– emanan estiramientos permanentes.

La figura masculina es escasa, notablemente.

Sixto fue –de manera permanente– un artista más ligado al universo femenino que al masculino.

El color abundante, presente en toda la naturaleza selvática del sureste de México y del sur de Veracruz en particular, lo cubre todo.

El sepia del mural donde retrata a los evangelistas y su guía con la Sierra de Soteapan como fondo, es un caso aislado de contacto con el color y no corresponde a la obra íntima, al lenguaje pictórico que define los Aparicios…

Luego de haber viajado a la ciudad de México en la búsqueda de sí mismo; tras su paso por “La Esmeralda”, Sixto volvió a Acayucan y siempre he pensado que su permanencia en la tierra nativa le impidió crecer más.

Ahí observo un elemento clave en su desarrollo sin menoscabo del alto nivel artístico que logró.

 

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Los suyos son lenguajes, estilos distintos.

Sus circunstancias también.

Alguna vez conocí al totonaca inmortal y años más tarde al ligar amistad con Sixto Aparicio Candelario me quedó claro que topé con el Teodoro Cano del Sur.

 

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Desde Barcelona, Orlando pregunta día con día por Sixto y la evolución de su salud; pide ser informado de cada detalle.

“Es mi amigo, es mi paisano, es un artista…” comenta el poeta universal. 

 

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Al mediodía del lunes junto Charito Aparicio escuchamos la conversación entre el angiólogo y el internista.

“Dicen que va bien. Que en uno o dos días le darán de alta”, me explica.

Alrededor de las 9:00 horas del martes recibo el mensaje de la propia Charo: el pronóstico falló, el entusiasmo ha sido brutalmente arrebatado, la esperanza  –esa creación divina obsequiada a los hombres como herramienta de sustento temporal– agoniza.

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“Amigo, te queremos todos” fue el susurro y la reacción estuvo allí de forma instantánea como obsequio y despedida inescrutable; como prueba de que el adiós también forma parte del mañana, como el mañana forma parte del ayer; como el ayer es elemento inseparable del aquí y ahora.

 

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A la hora de escribir estas líneas las horas han transcurrido a guisa de fuga y nos refugia la oración.

Ramón Aparicio ha partido apenas seis días atrás y la comunidad se congrega alrededor de una familia generosa como la esencia acayuqueña.

¿Horas, minutos?

Esos temas corresponden a Dios, a quien Sixto le compartirá –sin duda– sus creaciones elefantijirafizadas y atenderá las peticiones con fondos de San Martín, de Santa Martha, de Temoyo, del volcán de San Martín Tuxtla, de la fiereza del Papaloapan y el Coatzacoalcos…

O lo que Dios quiera porque al final de cuentas de su voluntad nació este talento incomparable y a su disposición quedará siempre el guerrero que  tanto nos ha dado y por siempre hemos de amar.