El voto y la intención del voto son motores de la democracia porque expresan deseo ciudadano, porque manifiestan la voluntad de quien lo emite de manera pacífica y por cauces institucionales, como corresponde a una sociedad madura. Con todos los matices que durante nuestro desarrollo político se le ha impreso a los procesos electorales hemos venido transformando este país por la vía pacífica, gracias al voto simulado, ultrajado, vendido, comprado, violentado, etcétera, un fenómeno que todos conocemos; sin embargo, toda esta carga negativa jamás justificará al voto nulo o a la abstención, es lo más deplorable en una democracia. Si bien los partidos y la clase política mexicana no merecen o no cuentan con el debido crédito ciudadano, la única manera para cambiar es manifestando nuestro descontento a través del voto, a favor o en contra. Voces expertas en el análisis invitan al voto nulo, como José Antonio Crespo: “Si de veras nadie me convence como partido y ni siquiera como candidato, si los demás no me convencen o no me dan confianza pues hay que votar, yo no considero eso un deber cívico. Si no te convence ningún partido por qué tienes que votar por la fruta más podrida, por el menos malo, el menos corrupto, mejor me espero a que haya una fruta más fresca más confiable”. Todo su derecho a opinar, como el nuestro de interrogar: ¿Quién sembrará la planta para obtener el fruto fresco? Esa lógica invita a sentarnos a esperar a ver cuándo.