Por Sergio González Levet
06 de abril de 2015

Para Karime, en este pesar

de pena con pena y pena

Yo, es un decir, abuelita paterna no tuve. Doña Julia Cervantes murió de una pulmonía mal tratada cuando mi padre apenas tenía cinco años. Así que de ella sólo tuve un recuerdo borroso y lejano, equilibrado por el dato curioso y familiar de que entre los vericuetos de una historia que terminaba en Perote, descendía en línea directa de don Miguel de Cervantes y Saavedra, cosa que siempre quise creer. ¿Se imagina usted?

Pero mi abuela materna, doña Beatriz Lambert, fue un cúmulo de dones que empezaron con sus caricias fuertes y apelmazadas de mujer de rancho, hija a su vez de un hombre recio y duro que no le dejó que aprendiera a leer y escribir, “porque sólo le iba a servir para cartearse con el novio”.

Pero ignorante como era de las cosas de la academia, doña Beatriz sabía no sé cómo que una tocaya suya era personaje principal en “La Comedia” de Dante (que Boccaccio hizo “Divina”). Quién sabe cómo lo supo también, pero ella juraba  y perjuraba que la Beatriz de Dante apenas tenía nueve años cuando aparece en la inmortal obra, lo que contrastaba con sus más de 70 años bien vividos en el Puerto de Veracruz y en su natal Santa Clara, una comunidad del municipio de Misantla, formada por inmigrantes franceses e italianos –güeros y bien parecidos ellos, hermosas y gráciles ellas-, en la que vivían 10 hermanos suyos y sus pródigas descendencias.

Conocí a otra buena anciana, doña Otilia Contreras de Aguirre, que aguantaba en su endeble anatomía, con paciencia octogenaria, el cariño de su nieta ya mujer. Aquellos lánguidos huesos resistieron siempre a fuerza de amor el paso y el peso del enorme afecto, manifestado de manera tan contundente como abrupta.

Las abuelitas buenas y bellas -como fue la mía, como fue doña Otilia y como lo fue doña Lilly, que hoy también lloramos- cumplen con creces una función esencial en la formación de los hombres y las mujeres de temple: la de ser consentidoras y cómplices de sus nietos para que aprendan a ejercer así los nuevos valores morales que trajo Jesús al mundo: el del amor y el del perdón.

En los regazos de las abuelitas se han condensado a través de las generaciones  los dones más preciados de la infancia, y en ellos se aprende también a entender y a comprender (que no es lo mismo) a los demás a través de la tolerancia. Pero también nos inculcan en la adolescencia enseñanzas tan importantes como enfrentar la adversidad con una sonrisa, comprender las razones incomprensibles de los padres y poner límites a los excesos. Con ellas se aprende madurar, se entiende.

Cuando una abuela se va, queda un espacio vacío, podría decir Alberto Cortés, pero lo cierto es que es un vacío-lleno, si me quieren interpretar, porque su recuerdo y sus momentos felices -que son tantos- quedan para siempre en nuestra alma, como un silo para el sentimiento.

Réquiem por las abuelitas lindas… réquiem por las inolvidables… réquiem por su amor sin condiciones…

 

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