Por Sergio González Levet
30 de abril de 2015

Hace algún tiempo, el Gobierno anunció con bombos y platillos que los bancos dejarían de cobrar comisiones por los servicios que ofrecen a sus clientes o a sus usuarios. Hasta antes de que se tomara esa medida, casi tenía que pagar uno por entrar a un banco.

Era tal la cantidad de comisiones que pagaba el público mexicano (para más coraje, hay que recordar que todos los bancos, menos uno, son de capital extranjero) que se dio el caso de que uno de los bancos españoles asentados en nuestro país reportaba que la mitad de las ganancias que obtenía en todo el mundo provenía de sus filiales en nuestro país.

Hay quien se pregunta qué es más delito, si robar un banco o ser propietario de uno, porque en verdad que junto a los carísimos intereses que se deben pagar por un préstamo o a los bajísimos que recibe quien invierte su dinero en ellos, hay que añadir una serie de cobros semiocultos por multas, recargos, errores de administración (que paga el cliente aunque los cometa el banco), morosidades, uso de tarjetas, anualidades, mensualidades, etc.

Sólo como una muestra ligera de las monstruosidades bancarias, le cuento a la cuidadosa lectora y al derrochador lector un caso del que fui testigo:

Un amigo mío recibió por correo una tarjeta de crédito del banco en el que usualmente maneja sus cuentas, aunque nunca había hecho alguna solicitud al respecto. Él es chapado a la antigua, y prefiere pagar en efectivo sus gastos, así que porta siempre una cartera repleta de billetes y ayuna de plásticos, de débito o de crédito.

Pues bien, recibió la tarjeta y pensó que no estaría de más aceptarla, en previsión de que en algún momento se quedara sin liquidez, lo que nunca ocurrió durante el año siguiente.

Lo que sí pasó es que el banco le hizo un cargo por la anualidad de la tarjeta, de un poco más de 300 pesos. Él de inmediato se comunicó con el funcionario que llevaba su cuenta, y le explicó que no pensaba pagar ni un céntimo por una tarjeta que no había solicitado y que nunca había utilizado. El funcionario le recomendó que pagara el monto y que solicitara la baja de su tarjeta de crédito, que era un trámite que le llevaría unas semanas y sólo tendría que pagar el costo de los días que aún había tenido la tarjeta activa.

Mi amigo decidió hacer caso omiso al cobro y al consejo, y un año después se encontró con la sorpresa de que ya le debía al banco más de mil pesos, que tenían su origen en el cobro de la primera anualidad, más los intereses de esa cantidad que no fue pagada, más la nueva anualidad, más lo que se fuera acumulando.

Para no hacerla larga, logró por fin deshacerse de la tarjeta mediante el pago de 3 mil pesos. Él considera que le salió barato, y asegura que desde ese momento duerme tranquilamente, sin presiones ni dudas por alguna deuda con un banco.

¿Comisiones? A lo que se ve, los banqueros tienen muchas artimañas para quedarse con nuestro dinero.

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