Por Sergio González Levet
17 de abril de 2015

Digo, cualquiera se da cuenta de que en esta época de campañas se desatan inconmensurablemente las críticas y los señalamientos contra el gobierno en sus tres niveles, y contra actores políticos.

Es natural y siempre ha pasado, aunque eso no significa que se deba aceptar. Sobre todo porque esas críticas y esos señalamientos, por lo general lanzados con un tono de flamígero para arriba, no tienen ningún asidero con la realidad.

Son infundios, calumnias, falsedades… mentiras, embustes, engaños.

Su fin no es desvelar alguna mala acción o corruptela de algún personaje, público o privado, oficial o partidista, alineado o de oposición. Su objetivo es plenamente electorero, y buscan desviar la intención de voto de los ciudadanos, para que se alineen en favor de los intereses de quienes formulan esos libelos públicos -que ahora se distribuyen masivamente por las redes electrónicas- y para que vayan en contra de los candidatos a los que se oponen.

Es como los mangos de temporada: ya sabemos que estos frutos deliciosos se cosechan abundantemente cuando empieza la primavera. Del mismo modo, las diatribas surgen numerosamente apenas hay una campaña política.

Tenemos que vivir (que convivir, que sobrevivir) con ellas, de la misma manera en que lo hacemos, por ejemplo, con los 25 millones de spots en radio y televisión que tendremos que escuchar y/o ver hasta el 3 de junio de este año del Señor de 2015. Y me acuerdo de estos últimos porque en ellos también están presentes las críticas: de aspirantes a gobernar contra quienes están ahora en el gobierno, de partidos contra partidos, de funcionarios de partidos contra funcionarios de otro partido, de candidatos contra candidatos, de todos contra todos.

Y esos spots los pagamos los ciudadanos, porque son sufragados con dineros públicos, que reciben los partidos en forma de obsequio, junto con las millonarias prerrogativas, como si se lo merecieran.

Es la fiesta de la injuria, de la blasfemia (en el sentido apocalíptico), del ultraje.

Por eso muchos se quejan de que en las campañas no se escuchan las propuestas de los candidatos, sus proyectos para mejorar las cosas desde su tribuna y su función si ganaran. Unas y otros están tapados por la estática del insulto.

¡Y todavía faltan 45 días de campaña electoral!

Eso quiere decir que en las próximas seis semanas nos seguiremos encontrando a todas horas en el Facebook, en Twitter, en nuestros correos electrónicos -y del mismo modo en periódicos, revistas y sobre todo pasquines- noticias tremendistas en contra de servidores públicos, de candidatos y de líderes partidistas.

Son parte ineludible del paisaje electoral ante una democracia que no ha terminado de madurar y en la que siguen manifestándose las llagas purulentas de la imprecación.

Es parte de la naturaleza humana, y tan lo es que el término “críticas” acepta una cantidad enorme de sinónimos. Enlisto aquí solamente los que he usado en estas líneas:

Señalamientos, infundios, calumnias, falsedades, mentiras, embustes, engaños, diatribas, injurias, blasfemias, ultrajes, insultos, imprecaciones.

Y lo que venga…

 

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