El caso del gobernador de Guerrero es bastante sintomático del síndrome que señala que no es lo mismo adoptar la postura de un crítico contumaz sobre la forma de gobernarque asumir esa responsabilidad pública. La experiencia la vive en carne propia Rogelio Ortega, a quien las circunstancias convirtieron en gobernador interino de Guerrero; su conflicto existencial  se describe muy bien  la columna Templo Mayor en el diario Reforma: “el sucesor de Ángel Aguirre en la gubernatura de Guerrero, Rogelio Ortega, logró en seis meses lo que a muchos les toma seis años: que nadie lo quiera como gobernador. En su intento por permanecer en el cargo hasta octubre no lo apoyaron ni los priistas, ni los panistas y menos los perredistas. Dicen que hasta el Reloj Chino ubicado en Bucareli contaba ayer las horas para que se fuera. Vaya manera de lograr consenso”.