Por Armando Ortiz
29 de abril de 2015

Tratando de recuperarme un poco de los últimos acontecimientos, por demás trágicos, fui el sábado a pasear a mi perra Maya al río Sedeño que está cerca de la casa. Para no insolarme, estábamos a más de 30 grados, llego hasta el río en mi auto. El flujo del agua es escaso, una señora lava la ropa en la corriente; le pregunto a David, que me acompaña, si la señora se ahorrará lo suficiente como para cargarle esa contaminación al río. Otra señora corta el pasto mientras sus críos se bañan en un charco.

En ese momento un grupo de tres jóvenes y una mujer van saliendo de un sendero al lado del río. Visten desaliñados, se ven sucios y drogados. Por ese mismo sendero, alguna vez explorando, casi perdemos a la perra. Uno de ellos lleva a cuestas un costal. Cruzan el río, descansan. Desconfiados nos miran esperando que les mostremos nuestro desprecio. Entonces doy vuelta y cortés, con la mirada, los saludo. Por hacer plática les pregunto qué llevan en el costal, me dicen que piedras de río. “¿Y por qué fueron a recogerlas por allá, si de este lado también hay?”, les pregunto. “Porque de aquel lado están más chidas”, me contestan categóricos. Me asomo al interior del costal, las piedras, aparte de lisas y llenas de lodo, no tienen nada de extraordinario. Lo que me llama la atención es el fuerte olor a thíner. “¿Para qué las quieres?”, pregunto al que lidera la banda. “Son para la tumba de mi hijo”.

Me platica que su hijo murió “ovito”, es decir, no acabó de nacer. Le pregunto ¿cómo entonces tiene tumba? Afirma que tiene una en el Panteón Xalapeño. Infiero que al feto lo enterraron como si de un gatito se tratara y por ello no lo cuestiono más. “Qué pena –le digo- y que bueno que hagas todo esto por él”.

Son unos chamacos, el mayor tiene 20 y a los otros, por la mirada es fácil calcularles la edad. Uno de ellos, el que cargaba el bulto, el más fornido tiene como 16, el otro que parece sietemesino debe tener 13 y la joven, que no es bonita, no puede tener más de 18 años. Entiendo que ellos son la materia prima de las bandas del narcotráfico. Aquellos que una vez imbuidos en el hedor del crimen son capaces de cortarte una oreja para entregarla a tus parientes, son capaces de pasarte una navaja filosa por el cuello. Su mirada es corta, por ello no advierten el horizonte. Muchos de ellos son rechazados por sus padres desde que nacen, la vida no les da más alternativas y cuando por ahí aparece una oportunidad, no la reconocen por estar bien drogados.

“Sube las piedras a la cajuela del auto”, le digo. Arriba en la loma te las dejo. El que las cargaba sonríe aliviado. El mayor me dice que lona está muy lodosa. Le pongo unos tapetes del auto a la cajuela y subimos las piedras que pesan horrores. Se adelantan por el camino cuesta arriba. “Los alcanzó en un rato”, les digo. Me quedo contemplando el río, su escasa agua y a la mujer que tiene todavía mucha ropa por lavar.

Pienso que esos jóvenes que nos dan miedo por su aspecto, por su olor a solvente, por su gesto desconfiado y fiero, todavía guardan a un niño que no pudieron gozar. La vida los obligó a ganarse la supervivencia a como diera lugar. Pero en el fondo tienen gestos tiernos.

El mayor, al que nunca le pregunté su nombre, le hizo una tumba a un feto, porque lo siente su hijo; se toma el tiempo para recoger piedras de río, las “más chidas”, para decorar la tumba. La dualidad en la que viven nos hace temerles, sabemos que en otro contexto nos morderían hasta arrancarnos el pedazo. Pero basta un gesto de bondad para someter al animal que llevan dentro.

Cuando los alcanzo bajamos el costal de piedras del auto. Busco en mis bolsillos, tengo cuarenta pesos. Alcanza para un refresco, el calor es intenso, y para un ramo de flores. “Se las pones a su tumba en mi nombre”, le digo. “Que Dios le dé más”, me dice el que se carga el costal de piedras y así, en el intenso calor, cruzan el monte para llegar al panteón y rendir culto a un feto, a un hijo, a una de tantas ilusiones perdidas.

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