Por Sergio González Levet

14 de abril de 2015

Mi estimado amigo y paisano, el doctor Jorge Vázquez Sangabriel, me comunicó desde muy temprano del lunes, dos tristes noticias para la literatura y para quienes hemos hecho de ella vocación y forma de vida: fallecieron con unas horas de distancia en el tiempo Günter Grass en Lübeck, Alemania, y Eduardo Galeano en Montevideo, Uruguay.

Ni qué decir que eran dos de los autores favoritos para la gente a la que le gusta la buena lectura, ésa que hace pensar y que propende a hacer mejores hombres y mujeres.

A Grass lo conocí como la mayoría a través de su libro más famoso, El tambor de hojalata, publicado originalmente en 1959, pero que durante toda la década de los 70 fue un verdadero bestseller. Narra la vida de un niño, Oskar Matzerath, que al ver los horrores que propiciaron el nazismo y la Segunda Guerra Mundial decide no crecer nunca, y pequeño se queda, aunque su mente sigue creciendo a lo largo de su vida.

Como lector siempre pensé que era una obra imposible de llevar al cine, con un protagonista niño que se debía comportar como hombre, pero Volker Schlöndorff en 1978 hizo el milagro de transportar esa excelente narración a la pantalla grande, con la que ganó la Palma de Oro de Cannes y el Óscar a la mejor película extranjera.

De las miles de opiniones sobre esta novela, me quedo con la de Roland Berbig, profesor de Literatura Alemana de la Universidad Humboldt de Berlín: “De repente, superó la anticuada norma de las novelas alemanas y ofreció una conexión con la narrativa moderna europea. Supuso un chorro de aire fresco”.

Y más dolor por la muerte de Eduardo Galeano. ¿Quién no leyó Las venas abiertas de América Latina? ¿Quién no disfrutó su libro de aforismos sobre el futbol?

Jorge Ruffinelli, mi amigo y maestro, actualmente Director del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Stanford, lo dice mucho mejor de lo que yo pueda expresar, ante la muerte de quien fue su paisano muy querido:

“Dolor. En diciembre del año pasado, en Montevideo, supe que estaba muy grave, y que quería mostrarse ‘entero’ cuando alguien lo visitaba. Han pasado muchos años de amistad, de convivir Montevideo, de hacernos bromas sobre quién de los dos perdía más rápidamente el pelo (él, claro). Fuimos vecinos en el mismo edificio de la calle 18 de Julio, donde le hice la primera entrevista tras publicar Las venas abiertas de América Latina. Viví en su apartamento de Buenos Aires. Hace unos años estuvo tres meses en Stanford, nos veíamos con frecuencia. Tenía curiosidad por todas las cosas, grandes o pequeñas. Un día lo llevamos a una ‘clase’ de educación de perros. Le encantó y luego escribió sobre el tema. En estos últimos 50 años su voz fue única y un ejemplo: claridad de pensamiento y actitud política. Encarnó la única posición digna que tenemos los seres humanos responsables del mundo en que vivimos: ser de izquierda”.

El expresidente José Mujica describe a Galeano con su modo genial:

“Era un elegido que a lo largo de los últimos 40 años nos dignificó en América Latina”.

Descansen en paz Grass y Galeano… y que sigan vivas sus obras.

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