Por Sergio González Levet
23 de abril de 2015

[Pido a la concienzuda lectora y al distraído lector una disculpa porque debí haber publicado en esta entrega la segunda parte de la serie dedicada a la “Psicopatología del mapache” -con la que regresaré mañana-, pero consideré que cuando necesita uno hablar bien de una persona que lo merece, como es el caso hoy, no hay prisa que sobre].

Sé que el maestro Guillermo Zúñiga Martínez está dando la más dura de las batallas -él, que ha sido un gran batallador y ha logrado conquistar plazas que para otros hubieran sido imposibles- y no he querido quedarme en la sola contemplación, porque es bueno en este momento recordar varios logros de este personaje que se ha mantenido en la palestra por décadas, siempre en el servicio público y casi siempre en pro de las mejores causas dentro del sector educativo.

Dicen que las buenas palabras pueden servir como un bálsamo curador. Ojalá que fuera éste el caso.

Licenciado y profesor a mucha honra para él y su familia, don Guillermo demostró desde muy joven facultades extraordinarias para la oratoria (esa artesanía del lenguaje que hacía hablar tan bien a nuestros políticos de antaño, y que ha sido olvidada en estos tiempos por los nuevos políticos, ésos que mal balbucean en las tribunas, mientras dan una deplorable lectura a sus vacíos discursos).

La prestancia de Guillermo Zúñiga ante el micrófono pocos la pudieron igualar, y mal que bien otros que presumían de grandes oradores tuvieron que conceder -aunque fuera en la intimidad- que nunca lograron su altura y menos la imponencia de su estentórea voz; eso sin hablar del contenido.

Pero si destaca en su trayectoria su atinada elocuencia, hay a mi ver un rasgo que lo distingue enormemente ante sus congéneres: el apoyo a la cultura, en todas sus manifestaciones. Me veo estudiante de Letras en la UV participando como jurado en un concurso de cuento escrito por niños, alumnos de las escuelas primarias de todo Veracruz, y recuerdo como lo hice siempre que fue uno más de los innumerables eventos culturales que promovió, que sustanció, que financió el maestro Zúñiga.

Guillermo Zúñiga Martínez ha sido, además de eficaz, un promotor de la cultura valiente. Dígalo si no el hecho de que fue el único mecenas conocido y permanente del excelente y tormentoso poeta Orlando Guillén, oriundo del sur profundo de Veracruz, quien es uno de los mejores de México. Tal vez por su genialidad, o a pesar de ella, el vate acayuqueño porta una personalidad difícil, áspera, que no da ni pide concesiones; una personalidad que solamente pudo entender su protector. Entre el maestro y el poeta se instauró una simbiosis que permitió al insigne creador hacer un poco mejor su obra y hacer un poco de su obra en mejores condiciones.

Digamos que le debemos a Guillermo Zúñiga, varios sonetos y muchos versos incomparables de Orlando Guillén, que sin su desinteresado impulso nunca hubiera hecho.

Hoy quise hablar de lo mejor que conozco de Guillermo, y sé que muchos otros pueden hablar también, y tan bien o mejor, de este ilustre xalapeño.

Junto a estas palabras, le deseo lo mejor, mi querido maestro.

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