Por Sergio González Levet
28 de abril de 2015

Había en mi pueblo dos señoras garnacheras que tenían sus negocios en una calle lateral del parque principal, y que prácticamente estaban uno junto al otro; los separaba apenas una angosta puerta con paso a un patio interior, que usaba su dueño para mandar al ostracismo los triques y las cosas inservibles que sobraban en su casa.

En la búsqueda de la clientela, nuestras dos garnacheras fueron acumulando rencores y odios, al grado tal que terminaron por protagonizar un pleito permanente y ostentoso, que en un principio era la delicia de los chismosos del pueblo (que lo eran todos), pero con el paso de las broncas se fue convirtiendo en una molestia para los clientes que trataban de llenar la panza con los antojitos que preparaban.

Llegó a tal grado el encono, que una y otra se dedicaban a exclusivamente a denostarse entre ellas, y de ese modo todos nos fuimos enterando que doña Chofi le ponía carne de caballo a la garnachas y que doña Petra compraba tomates podridos y verduras de segunda para preparar sus guisos. Y no sólo eso: la primera nunca se lavaba las manos y no usaba agua hervida, mientras la otra reusaba las salsas del día anterior y ponía la misma manteca en el comal hasta por tres días seguidos.

Tanto fue así, que se olvidaron de un dogma de la mercadotecnia: hablar bien de sus propios productos.

Ante tantas bajezas de las que nos fuimos enterando, todos optamos en el pueblo por dejar de ir a comer con las vecinas rijosas, y preferíamos caminar tres cuadras (que en términos de pueblo es una distancia considerable) para ir con doña Úrsula, que era un modelo de limpieza e higiene, además de que su comida era igualmente sabrosa. Y con eso, no era nada carera.

Las dos garnacherías del centro tuvieron que cerrar, ante la falta de clientes. Pero eso sí, sus propietarias nunca quisieron reconocer que fue por culpa de su pleito enconado.

Bueno, pues algo similar está pasando con los partidos políticos y las campañas, llenas de guerra sucia y lodo, en las que todos salen perdiendo, en particular los ciudadanos, que finalmente somos los que patrocinamos esos pleitos sin cuartel, a través de las enormes sumas de dinero que salen de nuestros impuestos y se les entregan en forma de prerrogativas.

Además de tantas denuncias en contra de candidatos y funcionarios de los partidos opuestos, los spots se dirigen en su mayoría a hablar mal del vecino de enfrente. En lugar de destacar las bondades de un partido, prefieren enderezarse hacia críticas mal fundamentadas, falacias y sofismas sin sustento, que pretenden, sin lograrlo, mover las emociones de los electores en contra de un partido, con la vana ilusión de que así votarán por el que acusa.

Y el pueblo queda en medio de estas riñas, de estas luchas de hiena por los despojos, en la sola contemplación de las bajezas, de los infundios, de las calumnias.

Por eso se están quedando sin clientes los partidos.

Por eso, algún día tendrán que cerrar el negocio…

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