Por Alfredo Bielma Villanueva
09 de abril de 2015

No por inédito lo que ocurre en Veracruz debe ser tema de sólo curiosidad, por el contrario es aprovechable por cuanto a que representa una oportunidad para buscar explicaciones del porqué la entidad veracruzana ha caído en este bache del que no ha sido posible salir y  por otro lado otorga ocasión para discernir entre la inmanente permanencia de un pueblo empeñoso y la inherente eventualidad de los gobernantes, lo que induce a la inferencia que Veracruz como entidad política es más grande y su transcendencia es cierta en proporción directa a la finitud de su clase gobernante; basta para comprobarlo el que, a pesar del desbarajuste financiero-administrativo que padece el gobierno, la entidad sigue su inexorable marcha hacia adelante, aunque lenta y a veces hasta torpe si consideramos el desaprovechamiento de la ubérrima naturaleza del entorno físico en que nos asentamos.

¿Qué ha sucedido en Veracruz, en dónde pudiéramos ubicar el punto de inflexión a partir del cual llegamos al momento crítico que vivimos?

Las nuevas generaciones de políticos, aún aquellas formadas al amparo del pensamiento que equipara posiciones político-administrativas con el enriquecimiento inmediato, medrando al amparo del presupuesto público y las canonjías del poder, esos grupúsculos cuya deformación deviene de un paradigma igualmente deformado y estiman que el poder debe usarse con fines patrimonialistas, habrán de saber que no siempre en nuestra historia ha sido así; gobernadores y pioneros ha habido que al abandonar el cargo no acumularon ni una pizca de lo que un Secretario de despacho de la actualidad acumula en el término de un año o cuando mucho en dos. ¿Qué sucedió, que tuvo que ocurrir para llegar al punto en el que nos encontramos?

No que los tiempos hayan sido mejores, pero tiempos hubo en los que la función pública era respetable; había sí, muchos granitos en el arroz en lo que toca a corrupción e ineptitud, pero en términos generales se cumplía con pudor y dignidad la responsabilidad pública. Un gobernador sabía hasta dónde llegar y controlaba perfectamente la actitud y el comportamiento públicos de sus colaboradores. Quienes como gobernantes ya están en los nichos de la historia, de Cándido Aguilar a Miguel Alemán Velasco, los gobernantes de Veracruz, con matices de por medio, se esforzaron por servir a sus coterráneos de la mejor manera posible, contaban hasta el periodo de Acosta Lagunes con una burocracia manejable, cuidadosamente controlada para no llegar a la obesidad que ahora padece.

Por mucho que el aparato administrativo era de menores dimensiones físicas no había pretexto para evadir el cumplimiento de las metas, a pesar de los recursos exiguos. “¿Qué te estás haciendo una casa muy grande?” preguntó una vez el gobernante a uno de sus cercanos colaboradores de modesta función, el aludido no pudo contestar abrumado por la sorpresiva interrogación. Dos días más tarde dejaba su puesto, lo peor fue intentar engañar a quien por la naturaleza de su encargo es el hombre mejor y más informado, por lo que pretender ignorar lo que sus colaboradores hacen coloca a un gobernante en los linderos de la ineptitud y de la complicidad.

Los 18 diputados veracruzanos que formaron parte del Congreso Constituyente de 1917 forman un paradigma a seguir en lo que a su comportamiento en la función pública se refiere, son, deberían ser ellos sí, fuente inagotable de enseñanzas a seguir. Desde Cándido Aguilar hasta Marcelo Torres fueron protagonistas en el periodo del Congreso que diseñó nuestra Constitución Política, defendieron con energía la integridad del territorio veracruzano contra la idea de crear el Estado Huasteco que nos arrebataba Tuxpan, y el Estado del Istmo que pretendía los cantones de Acayucan y Minatitlán. Esos prohombres, en su mayor número una vez cumplido el compromiso se reincorporaron a sus labores previas, maestros unos, comerciante en tlapalería otro, inspector de ferrocarriles uno más. Don Cándido Aguilar, de trabajador en la hacienda de su primo Silvestre, en la región de Córdoba, fue diputado Constituyente, gobernador de Veracruz, Secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno de Carranza, senador de la república cuando Cárdenas y nuevamente diputado con Ávila Camacho, candidato a la presidencia en 1952 contra el candidato del PRI Adolfo Ruiz Cortines, terminó su fructífera vida administrando un modesto negocio de su propiedad en Catemaco Veracruz.

Murillo Vidal inició la modernización de Xalapa, Acosta Lagunes legó una magnífica obra pública hasta ahora difícilmente igualada, Patricio Chirinos dejó dinero en el erario, otros dejaron sólo penurias. Lo peor sucedió cuando la honestidad en el servicio público dejó de ser un valor para convertirse en estorbo, lamentablemente no ha habido órgano de control que detenga la cabalgante corrupción, con la impunidad como daño colateral. El tema da para más pero, en síntesis, ¿A qué gobernante veracruzano correspondería la expresión de Luis XV, Rey de Francia (1715-1774), “Después de mí el diluvio”? Ese fue un premonitorio aserto porque a su sucesor, Luis XVI, ya no contó con la asesoría de un Mazarino, ni con Richelieu, tampoco con fluory, además las circunstancias se acomodaron para dar curso a la Revolución Francesa.

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