Por Sergio González Levet

10 de abril de 2015

A las 11:45 horas del viernes 3 de agosto del año del señor de 2018, entró a Xalapa el último coche que cabía y ocupó el último espacio que quedaba vacío en las calles, avenidas, callejones, circuitos y puentes de la ciudad.

Era un automóvil Renault Clío de color rojo, que no obstante ser sumamente compacto, cumplió funciones de tapón de botella y con eso dejó perfectamente sellada la ciudad para el tránsito vehicular (incluidas las bicicletas y carretas).

Con este evento, quienes estaban dentro de ellos o de plano habían abandonado sus vehículos comprendieron que sería imposible salir del enorme atorón, y empezaron a rehacer sus vidas de acuerdo con la nueva situación.

Los más prácticos, de inmediato se fueron a las tiendas o supermercados más cercanos a adquirir víveres para salir de las necesidades inmediatas y no faltaron quienes se fueron caminando hasta sus casas para traer una muda de ropa, en previsión de que tendrían que soportar una larga espera… y qué digo larga, más bien definitiva.

Por eso los conductores y los pasajeros empezaron a ver hacia los vehículos vecinos, y empezaron los contactos visuales con los habitantes de los otros automóviles, que orillaron a las conversaciones triviales que siempre se dan cuando uno conoce a alguien.

Como es de imaginar, con el paso de los días se fue pasando de la conversación cortés a la plática amigable, y de ahí a la confianza plena. En cada cuadra se empezaron a formar grupos de amistades, obligadas ciertamente por la necesidad de permanecer cerca de los coches, que en muchos casos representaba prácticamente el único patrimonio familiar, y al que había que cuidar, para preservar su integridad.

Hubo lugares en los que se reconocieron amigos de antaño y hasta familiares, y se fueron formando corrillos, unos estrechados por la amistad, otros por la sangre, y muchos más por los motivos más diversos: desde la filiación partidista hasta la profesión ejercida, o el equipo de futbol preferido, o el origen natal. Así, se empezó a hablar de la rúa de los Hernández, de la de los Pérez. Y de la misma manera, de la calle de los panistas, de la de los perredistas, de la avenida de los priistas, del callejón de los del Partido Verde; pero también de la cuadra americanista, de las dos de chivas y hasta un pequeño callejón completado por fanáticos de la tiburonmanía.

Quienes tuvieron la suerte de que su vehículo varara cerca de su trabajo, se dirigieron a él y al término de la jornada regresaron a su coche de origen. Igual pasó con los que quedaron a salto de mata de su domicilio, al que acudían para hacerse el aseo personal o comer, pero regresaban inexorablemente al ahora detenido vehículo, que antaño tantas veces los había llevado a tantos lugares.

Ante ese estado de cosas, la autoridad tomó medidas inmediatas y empezó a garantizar la entrega de agua potable y víveres, para evitar que los conductores y sus pasajeros murieran de sed…

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