Por Luis Ortiz Ramirez
En exclusiva para Sociedad 3.0

Han pasado muchos años, y hoy sé que he cambiado. Ya no soy el que era antes. Cuando me detectaron síndrome de Guillain-Barré yo era un adolescente que salía de la secundaria Antonio María de Rivera. Este Síndrome agresivo que me atrapó cuando nacen los proyectos y las ilusiones más tempranas, es un problema de salud grave que ocurre cuando el sistema de defensa del cuerpo (sistema inmunitario) ataca parte del sistema nervioso por error.

 Esto lleva a que se presente inflamación de nervios que ocasiona debilidad muscular y parálisis, y  en ocasiones provoca la muerte por asfixia. No existe cura para el síndrome del Guillan-Barré. Sólo se requiere fisioterapia y mucho apoyo de parte de los miembros más cercanos. En mi caso lo recibí de mi familia y de unos cuantos amigos que hoy recuerdo con mucho cariño.

Como adolescente no sentí miedo a la muerte. Tampoco lo viví como un castigo, sino más bien como el resultado de mi inconsciencia. Sentía una cierta vergüenza por haber caído en una enfermedad que, de algún modo, te estigmatizaba socialmente. Recuerdo que los pronósticos no eran nada positivos. En el Hospital General del puerto de Veracruz, mi madre recibiría la noticia de parte de un médico inexperto de que jamás volvería a tener una vida normal.

Mi madre se dirigió a mí una noche y me dijo: Luis, ¿qué pasaría si no vuelves a  caminar nunca?. Le dije que dejara de preocuparse, que tarde o temprano volvería a caminar otra vez. Ella salió en llanto y abordó el autobús que la regresaría a Xalapa.

A la semana siguiente, llegó en compañía de mi padre, que por cierto se había separado de ella, pero que, al enterarse de la gravedad de la situación, vino para ser un gran apoyo para mí. Le agradezco que siempre estuvo conmigo.

Días después, mientras seguía internado, llegó un hombre alto de bata blanca, más tarde sabría que era un neurólogo prominente. Me pinchó todo el cuerpo con una aguja, hizo unas anotaciones en el expediente clínico y dijo: Este chico volverá a caminar. Tardará, pero volverá a hacer su vida normal.

Mi madre, incrédula, le dijo que si estaba seguro de su diagnóstico, ya que otros médicos pronosticaban lo contrario. Él dijo con voz firme: Le repito, este chico pasará por un proceso muy doloroso y rígido de ejercicio físico, pero volverá a caminar.

Después de dejar el hospital, ya instalado en Xalapa, a partir del lunes siguiente todos los días pasaba una ambulancia del IMSS a mi casa. Recuerdo que la manejaba un señor llamado Vicente. Mi padre tuvo que abandonar su empleo para dedicarme casi 16 horas diarias.

El tratamiento al que fui sometido incluía ejercicios en una bicicleta donde me amarraban los pies con unas vendas, para que no se me cayeran con la velocidad de los pedales. Inmediatamente me introducían a una tina de hidromasaje con agua caliente, que alcanzaba los 45 grados. Por las tardes me hacían ejercicios para que los músculos atrofiados volvieran a la vida.

 Los dolores son intensos y por la noche lo son más. Poco a poco fui recuperando el movimiento de mis manos y de mis piernas. Durante los ejercicios, mi padre me jalaba la punta del calcetín para que yo empujara el pie y diera unos cuantos pasos. Cuando di mis primeros pasos, no lo podía creer. Es cierto que muchas veces mi optimismo era opacado por un chicle pegado en el piso, este pequeño obstáculo me hacía caer al piso y como no podía meter las manos, la caída era como cuando uno bota una caja al suelo.

Tardé casi dos años en recuperarme. Me resultó doloroso que en algunos momentos tuve que usar  prótesis para los pies. En mi caso nunca quise usar sillas de ruedas ni muletas, sólo un bastón transparente que me gustaba mucho. Me quedaron algunas pequeñas secuelas. No alcancé a recuperarme al cien por ciento. Pero hoy he tratado de hacer mi vida normalmente.

Cuando regresé a  estudiar, mi panorama era otro. Los demás eran muy ágiles y yo muy torpe para moverme.

 Así que constantemente pensaba en cómo suplir esas deficiencias por ventajas. La respuesta la encontré en la lectura. Mi hermano me llevaba libros en grandes cantidades. En ellos yo no sólo caminaba y corría, sino que podía volar con poderes extraordinarios. Los libros me permitieron desarrollar un espíritu crítico  ante la vida. Los golpes y caídas me enseñaron que somos polvo y que no tenemos ningún motivo para sentirnos importantes.

Escribo este testimonio por si es de utilidad a otros, pero he de confesar que para mí el síndrome de Guillain-Barré, fue un padecimiento como hubiera podido ser cualquier otro. Esta enfermedad siempre me ha recordado que no debemos tomarnos tan en serio. Somos tan frágiles como una neblina, que en cualquier momento puede desaparecer sin darnos cuenta.

Y además, creo que la enseñanza más valiosa es que ahora sé que ser hombre  es maravilloso en todos los sentidos, y que las experiencias amargas que nos trae la vida son  oportunidades para crecer como seres humanos. Esta enfermedad, que en cualquier momento puede regresar, me ha enseñado que lo más importante es apreciar las cosas más sencillas de la vida, apreciar una caminata del brazo de la pareja que amas, admirar un amanecer en la madrugada, agradecer el abrazo del hermano, deleitarse con una sopa caliente, agradecer el saludo del compañero de trabajo, contemplar las sonrisas de los hijos cuando acarician a una mascota, sentir el calor de tu madre cuando la besas en la mejilla, sentir la palmada del amigo  y, por último, y lo más importante, sentir la presencia de Dios en tu vida.