Por José Miguel Naranjo Ramírez.
07 de mayo de 2015

“La Gracia reposa mientras la tristeza trabaja”

Beber un cáliz es el primer libro publicado por el gran escritor y periodista Ricardo Garibay (1923-1999). La obra fue publicada en el año 1965 por la editorial Joaquín Mortiz. Hoy, a 50 años de su publicación, sigue siendo una de las obras más importantes que se escribieron en la segunda mitad del siglo XX en México.

Para algunos especialistas la obra Beber un cáliz no es una novela, sólo definen el libro como un testimonio. El escritor Henrique González Casanova, sobre ésta obra escribió: “En una prosa recia, clara, hermosa; en uno de los mejores lenguajes literarios que haya producido la narrativa en lengua española.”

El libro Beber un cáliz es una crónica que realiza el escritor de la agonía y muerte de su padre Don Ricardo Garibay. El relato inicia el 28 de mayo de 1962, cuando cae en agonía Don Ricardo. Es un libro de dolor, de reflexión, de preguntas, dudas, afirmaciones, esperanza del más allá, pero mientras ese más allá no llega, Beber un cáliz es un libro que te mantiene como la propia vida, en tristeza, recuerdos, y sobre todo en la realidad inevitable de la vida que es morir.

La interpretación de ésta obra se puede realizar desde muy diversas perspectivas, compartiré las que el escribidor percibió al momento que la leyó. El primer mensaje que encontré en esta obra, es que cuando estamos fuertes, sanos, con nuestras facultades físicas y mentales en plenitud, hacemos de todo, menos reflexionar para tratar de vivir mejor. Alguien podría preguntarme ¿Qué es mejor? ¿No te parece que es una arrogancia afirmar que es mejor o peor? ¿Quién puede atreverse a dar respuesta o consejos de cómo se puede vivir? Mi respuesta es que por supuesto que nadie puede decir cómo se debe vivir, pero es innegable que hay principios básicos que pueden hacer nuestras vidas más vivibles y un ejemplo es el siguiente.

En Beber un cáliz, Ricardo Garibay describe a su padre mientras estuvo sano, como un hombre bueno, honesto, trabajador, pero al mismo tiempo un hombre frio: “Estábamos en la casa solos, él y yo. Él era un hombre colosal que oscurecía cuanto tocaba. Sus pasos cuando llegaba del trabajo, a mediodía, eran como avanzar de penumbras. Decía: “Que hay, buenas tardes”. Éste era todo el dialogo entre padre e hijo, en ocasiones el hombre estresado por el trabajo, preocupaciones, regañaba o pegaba a sus hijos, todo ello hizo de la figura paternal, un hombre respetable, pero también temible, todo era dureza, rigidez, prejuicios y juicios,

 

Por lo antes narrado, la pregunta que surge es ¿Valdrá la pena tanta seriedad para vivir la vida? no olvidemos la enseñanza del maestro Ortega y Gasset, que se trata de vivir y convivir. Por lo tanto, no dejemos las cosas que pensamos ordinarias y que naturalmente no lo son, para los momentos donde ya poco valen, o si bien valen igual, no dejemos pasar toda una vida para vivirlos, porque Ricardo Garibay sobre este punto manifiesta:

“Hace tres días lo llevamos a que le tomaran radiografías urgentes. Cuando acabaron me quedé sólo con él y se me derrumbó helado en los brazos; sosteniéndolo palpaba sus cabellos, fríos, su piel, tirante y exhausta; vi sus ojos, que se abrían sin ver, y tenté sus manos; lo besé en la cara- Lo besé en la cara: nunca lo había hecho: tengo treinta y nueve años de edad. Era, ¿nadie? Un anciano abrumado de cansancio, acostado por la muerte, en mis brazos. Esto era el padre terrible que siempre recordé con temor o con odio o con servilismo. Momentos después empezamos a vestirlo. Él no podía resistir más.”

Esta magistral obra va narrando las vivencias del autor con su enfermo padre, con su familia, y sobre todo con su interior. Su padre padecía cáncer y gangrena, la larga agonía era de un enorme sufrimiento, es por ello que el autor hacía las siguientes reflexiones: “Hemos estado varias veces frente a este dilema: ¿Se le aplica la inyección para reanimarlo?, ¿lo dejamos morir sin tósigos médicos?, ¿Qué debe hacerse?, ¿no estamos ya hartos de verlo agonizar? ¿De quién es la vida?, si podemos hacer que sufra menos ¿No deberíamos aplicar cuanto antes la inyección? –Míralo como está. Ya dijo el médico que no tiene remedio, que ya nada es posible, ni siquiera conveniente intentarlo.”

El padre del escritor de nombre homónimo, Don Ricardo Garibay, murió un sábado 9 de junio de 1962. Cuando la muerte llegó, esta obra apenas empezó a escribirse, porque además de todo lo vivido y sufrido previo a la muerte, nos narra todo lo padecido posterior a ella: “Parece ser que la tristeza ha venido acomodándose, haciéndose aquí una casa a la medida. La tristeza, sí. Porque la Gracia, que también anega este cuerpo y este espíritu, está quieta, esperando la hora de intervenir, de hacer ascender este cuerpo y este espíritu. La Gracia reposa mientras la tristeza trabaja. Hasta que aparezca la Gracia en su tarea, la tristeza gobernará el ilimitado espacio donde yerran las miradas de mi padre, el ilimitado espacio de su memora, de su entendimiento y de su voluntad: espacio ilimitado para la tristeza.”

Con el transcurso de los años, es innegable que mientras vivimos todo se va convirtiendo en recuerdos, por supuesto que hasta el espíritu más fuerte y lucido, le será imposible no sentir tristeza, no recordar, no extrañar, esos sentimientos son inevitables, sin embargo, lo que sí está en nuestras manos, es cómo se va a extrañar, porque no es lo mismo sentir y decir, te extraño porque te amé y te amo, a sentir y decir, como me hubiera gustado decirte que te amo.

Finalmente, sí el estado de Gracia algún día se hará realidad, no lo sé, pero por si las dudas, mi vida me gusta disfrutarla mucho aquí, y si bien la tristeza es inevitable, tampoco tiene porque ser permanente, apuesto más por la tranquilidad que por la felicidad, y para conseguirla no hay que beber, sino sólo leer: Beber un cáliz.

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