Por Aurelio Contreras Moreno
02 de mayo de 2015

A casi un mes de que iniciaron las campañas de los candidatos a las diputaciones federales, lo único claro que hay entre la mayoría de los electores es que no saben cuál es el más malo de los candidatos.

Las campañas no se ven en Veracruz. De por sí las elecciones federales intermedias generan poca expectativa entre la población. Si a eso le sumamos que no hay uniformidad en los mensajes y propuestas de los partidos y sus candidatos, y que la escasez de recursos en la entidad pegó definitivamente a varios de los abanderados, que no han podido hacer gala del derroche de recursos al que acostumbran (no todos, hay que aclararlo), para el ciudadano de a pie es como si no fuera temporada electoral.

Candidatos grises y propuestas vagas han sido la constante. Sólo en contados distritos, como los dos de Veracruz puerto, Orizaba y Córdoba, se siente una verdadera competencia. Sólo que tampoco está fundada en ofrecimientos concretos o en una agenda legislativa formal. La diatriba es la nota dominante.

Y esto tiene, inevitablemente, un efecto: el hartazgo ciudadano, que lo único que desea es que ya se acabe la temporada electoral para dejar atrás la tortura de las simulaciones y las promesas que nunca se cumplen.

Ahí está el quid de este tema. Por más dinero que se derroche, por más malabares que hagan, los candidatos (con sus muy honrosas y mínimas excepciones) no le dicen nada, no le representan nada a los habitantes de este estado, que legislaturas y gobiernos van y vienen, y sólo atestiguan el cinismo de una clase política trapecista, sin palabra, sin honor y sin moral, que como sanguijuela succiona la sangre de su víctima, que en este caso es la sociedad completa, hasta secarla.

Por eso se plantea esta pregunta: ¿vale la pena votar? ¿Sirve para algo ir a las urnas para legitimar la entronización de un miembro más de esta clase política ramplona y saqueadora, sea del partido que sea? ¿Tiene sentido otorgarles ese poder para que se vuelvan a acordar de sus electores hasta la siguiente elección, cuando vuelvan a necesitar del sufragio?

En el entendido de que el abstencionismo beneficia al partido con más dinero y estructura, que en este caso es el Revolucionario Institucional, podría decirse que sí vale la pena votar para evitar que vuelvan a perpetuarse en el gobierno y el Congreso y demostrarles que sus actos sí tienen una consecuencia, quizás la única que de verdad les duele: perder el poder.

Sin embargo, al voltear a ver a los candidatos de los demás partidos, es cuando se comprende la verdadera magnitud del drama. ¿Por quién votar? ¿Quién de los candidatos opositores al PRI representa una verdadera opción? ¿Acaso un candidato como el ex panista y “chapulín perredista” Julio Saldaña, por ejemplo, representa algo mejor que sus oponentes?

Y así en casi todos los casos, no hay ni a cuál irle. Ése es el verdadero dilema.

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