Por José Miguel Naranjo Ramírez
14 de mayo de 2015

La crónica de un instante”

En el presente año se cumplen cincuenta años de la publicación de Farabeuf, un libro escrito por Salvador Elizondo (1932-2006). Farabeuf es de los libros más enigmáticos que se pueden leer, de lectura compleja, ambigua, donde no hay una historia lineal, los personajes son oscuros, es difícil identificarse con la voz narrativa, sin embargo, a pesar de estas y otras características, Farabeuf es de los libros referentes de la literatura universal.

El libro fue publicado en el año de 1965 por la editorial Joaquín Mortiz y traducido a distintas lenguas, como al inglés, alemán, portugués, entre otros. Cuando se interesa uno por la lectura de Farabeuf, lo primero que se escucha de los especialistas y críticos literarios, es que el lector se encontrará con una lectura muy complicada, porque prácticamente es un libro de escritores para escritores. De manera sincera quiero decirles que no sé si sea un libro sólo para especialistas, pero realmente es un verdadero reto su lectura, además, es innegable que te mantiene interesado de principio a fin, y aunque poco vayas comprendiendo la trama y las reflexiones, no dejarás de leer la historia hasta conocer el final.

El libro inicia y concluye con la siguiente pregunta: ¿Recuerdas? A pesar de lo complejo de la obra y la gran variedad de interpretaciones, intentaré describir brevemente la historia. El personaje central es el doctor Farabeuf, de entrada Salvador Elizondo en la novela recrea a un personaje tomado de la realidad, como es el doctor de origen francés Louis Hubert Farabeuf. La mujer que aparece en la historia quien es enfermera, primeramente es nombrada como la señora Farabeuf y después aparece el nombre de Melaine Dessaignes, todo indica que es el mismo personaje.

La historia central consiste en que la mujer antes señalada, espera en su casa al doctor Farabeuf. Ésta mientras llega el doctor, está consultando la ouija (güija), conocido juego donde supuestamente se puede entablar contacto con los espíritus y recibir respuesta de lo que le preguntes sólo con un sí o no. Más historia no puedo escribir porque no la hay, a partir de aquí, todo es recuerdos, voces, rememoraciones e incluso se repiten algunos diálogos y escenas. A pesar de ello, hay temas centrales que si se pueden ir descubriendo en la lectura y son el instantes, el erotismo, el amor, la crueldad, la muerte, y me atrevo a escribir que los ritos.

De todos los temas antes señalados, el que más claro queda en la lectura es el instante, cada presente es un instante, pero al transcurrir cada milésima de segundos se va convirtiendo en pasado, y el pasado ya no lo puedes tener, tocar, percibir, e incluso hasta se duda si existió ese hecho de amor, de odio, ese pensamiento, esa conducta, etc. luego entonces, todo se va convirtiendo en recuerdos, es por ello la importancia de la memoria, porque a través de ella, mantenemos vigentes nuestros recuerdos que implica vida y muerte, hasta aquí tenemos una gran solución contra la nada, pero, ¿ y si falla la memoria?

Sobre el punto antes señalado en el capítulo III, pág. 73, el maestro Elizondo escribió: “En efecto, existe algo más tenaz que la memoria –pensó-: el olvido.” Con esta afirmación se oscurece el panorama, si a veces pensando lucida y ordenadamente, dudamos del pasado, ¡imagínese! si el olvido llegara a superar la memoria, esto si sería un verdadero caos, porque es caer en la nada, tal como lo señala en el capítulo VII pág. 134, donde está escrito: “Todo se vacía. No queda nada de nosotros mismos y esa ausencia de todo nos embriaga.”

Parte de lo meditado en la obra Farabeuf, es el eterno problema existencial del ser humano pensante. Si el individuo está basado en una fe, su existencia tiene respuestas teológicas, no obstante, las dudas y los temores son parte de su condición humana, porque la naturaleza reflexiva del ser humano nos lleva casi siempre a dar por válida la siguiente reflexión que se encuentra en este libro:

“Se trata de un hecho que por ningún concepto debe ser dejado de lado al hacer cualquier apreciación acerca de la existencia, propia o ajena, y que de él deriva un sinnúmero de posibilidades capaces de trastocar radicalmente el sentido de nuestro pensamiento; me refiero al hecho posible, aunque desgraciadamente improbable, de que nosotros no seamos propiamente nosotros o que seamos cualquier otro género de figuración o solipsismo –¿es así como hay que llamar a estas conjeturas acerca de la propiedad de nuestro ser?- como que, por ejemplo, seamos la imagen en un espejo, o que seamos los personajes de una novela o de un relato, o, ¿por qué no?, que estemos muertos.”

Hasta lo aquí desarrollado es parte de los temas que se abordan en esta difícil pero magistral obra, de hecho hay fragmentos del libro donde el autor está consciente de que su historia y la forma de escribirla, es compleja, en el capítulo III, pág. 69, señala: “Muchas veces pienso que no he pasado nada por alto, absolutamente nada, pero hay resquicios en esta trama en los que se esconde esa esencia que todo lo vuelve así: indefinido e incomprensible.”

En el año 2005 cuando se festejaban los cuarenta años de la publicación de Farabeuf, el periódico El Universal publicó una entrevista que le realizaron al maestro Salvador Elizondo, y hay una respuesta que describe brillantemente lo que es el libro: “¡Farabeuf no es novela! Ataja. Quiero aclararlo. Novela es algo como Madame Bovary o Crimen y Castigo. Este nada más es un libro para leer.”

Finalmente, por supuesto que Farabeuf es un libro para leer. Hoy a cincuenta años de su publicación sigue siendo una lectura obligada, la cual sinceramente no sé si la vaya a disfrutar, pero lo que sí le puedo garantizar es que lo mantendrá interesado e intrigado de principio a fin, y con el transcurso de los años, si la memoria no nos falla, seguro estoy que en cualquier instante de nuestras vidas, nos preguntaremos ¿Recuerdas a Farabeuf?

 

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