Por Armando Ortiz
15 de mayo de 2015

A principios de los años ochenta los maestros me consideraban un alumno problema. No me podía quedar quieto en ningún lugar. Algunos utilizaron varios métodos de disuasión para controlarme. Bajaron mis calificaciones, me reportaron infinidad de veces, me separaron de mis amigos; otros optaron por ser amables, me sentaban en su escritorio más que nada para tenerme siempre a la vista; bueno, agotaron todos sus recursos y nadie logró resultados eficaces. Mi madre y mi hermana mayor tuvieron que ir varias veces a la escuela para responder por mi conducta y salían con la amenaza de que a la próxima sería yo expulsado de la escuela. Mis buenas calificaciones siempre me salvaban y la amenaza quedó sin cumplirse.

Era la famosa Federal 1, hoy General 1 Sebastián Lerdo de Tejada. Recuerdo a muchos de los maestros, pero recuerdo en especial a una maestra joven que por esos años debió de haber iniciado su labor docente.

A pesar de mi hiperactividad siempre he tenido una gran facilidad para llevarme bien con mis mayores, de repente a la gente mayor le fascina que un chico sepa más cosas de las que debería saber. Me llevaba bien con muchos maestros, con el subdirector Rubén Romero que siempre me dejaba entrar a su oficina y se ponía a platicar conmigo; así mismo charlaba yo con esa maestra joven que a veces encontraba en la cafetería que quedaba cerca de la escuela, el Chiro’s, donde preparaban las tortas más ricas que he probado en mi vida. ¡Ah!, porque yo acostumbraba desayunar en los recesos al menos una o dos veces por semana en esa cafetería que era como un pequeño lujo que me podía dar. Ahí me la encontraba y me hacía preguntas y yo le contestaba y la saludaba cuando la veía y ella debió de pensar que yo era un niño medio atolondrado y yo pensaba que ella era una mujer medio feliz.

Un viernes a la salida de la escuela, como de costumbre, me veía con mis amigos; hacíamos tiempo antes de partir a casa. Hacía mucho calor y todo mundo compraba helados. Ella, la maestra joven, se había comprado un helado. Se subió a un auto con sus amigos comiendo su helado. Cuando pasó junto a mí, ella en el auto, yo en la calle, la vi disfrutando su helado y se me ocurrió hacer la mímica de alguien que lame un helado y lo disfruta. Hice una V con mi pulgar e índice derecho y saqué la lengua para lamer el aire y susurré cortés: “¿está rico?”. Ella me miró desconcertada, espantada diría yo.

El lunes siguiente me llamaron a la dirección. Ahí estaba mi asesor, un tipo fofo que no servía para defendernos, pues esa era la labor de un asesor, no sólo aconsejarnos sino también defendernos, ser como nuestro abogado de oficio. La maestra joven narró el suceso de esa tarde de viernes y terminó diciendo que enfrente de todo el alumnado me había yo atrevido a hacerle una señal obscena. Yo no sabía de qué estaba hablando, ni siquiera sabía que significaba obscena. Después comprendí que la mímica que hice con mi mano era la señal obscena que la había ofendido. Nadie me creyó, de nada valieron mis disculpas, porque ella aunque dijo que sí, no las aceptó; todos se pusieron en mi contra, hasta mi abogado defensor.

Debo decir que no me dieron carta de buena conducta, es más, me dieron una carta pero de mala conducta y por aquellos años qué problema. No pude entrar ni a la Oficial B ni a la prepa Juárez ni a ninguna otra preparatoria porque nadie quería a un alumno problema. Sólo el CBTIS 13 me brindó asilo; todo eso cambió el rumbo de mi vida.

Han pasado muchos años desde aquel suceso. Mis hermanos hoy día son maestros, y me consta como los aprecian sus alumnos. Mi hermana que trabajaba cerca de Minatitlán siempre recibía la visita de sus alumnos cuando estos llegaban a la capital. Le hablaban de tú, platican de cosas como el fútbol, porque mi hermana además era la entrenadora del equipo de la escuela, aunque de fútbol no sabía nada. Mi otra hermana peleó para que les hicieran una escuela en su comunidad y recientemente estuvo peleando para que les dieran mobiliario para esa escuela. Las veo trabajar, veo como son queridas; sin embargo también me platican de algunos alumnos que como yo, cuando fui niño, las sacan de sus casillas.

No debe de ser fácil ser maestro. Uno a veces piensa que el maestro termina su labor cuando suena la campana de salida y no es cierto. Un maestro sigue siéndolo en su casa, revisando los trabajos de sus alumnos, preparando la clase del día siguiente, capacitándose, poniéndose al corriente de los nuevos métodos educativos; creo que un maestro es el que más horas extras trabaja y sin cobrarlas.

Recientemente he visto de nuevo a esa maestra que me cambió la vida. Se sigue viendo joven, pero su carácter es el que ha envejecido. Tal vez ahora que conozco la labor de mis hermanos como maestros deba de comprenderla más, tal vez deba entender que no todos eran tan felices como yo en ese momento.

A veces creo que ella debería de saber que su mala apreciación me ocasionó muchas dificultades. Si tan sólo hubiera aceptado mis disculpas, pero ella era una maestra muy joven y yo era simplemente un niño.

 

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