Por Marcelo Ramírez Ramírez

21 de mayo de 2015

Agradezco a la Dirigencia Estatal del Partido Revolucionario Institucional, la invitación para impartir esta conferencia, con motivo de la celebración del 86 Aniversario de la fundación de este instituto político. Acepté gustoso, porque además de un reencuentro con amigos y compañeros, la invitación se me formuló de la única manera en que es posible hacerlo, cuando el tema a tratar es el de las ideas y principios que están en la base de la acción política, ya sea de un individuo, una asociación o un partido de alcance nacional como es el caso del PRI. De ideas y principios sólo puede hablarse dentro del más absoluto respeto a la libertad de pensamiento y expresión, si lo que se busca es juzgar la pertinencia de esas  ideas y principios y no de defenderlos con la actitud cerrada del fanático o la complacencia del apologista. Nuestra tarea es otra muy diferente, deseamos interrogarnos sobre la ideología priísta, sobre su vigencia o desfase respecto de problemas –muchos de ellos inéditos-, en circunstancias nacionales y mundiales, que han variado drásticamente en los últimos años, como resultado de la globalización y el fin de la era bipolar que tuvo lugar con la desintegración de la U.R.S.S. a partir de 1990.

 

Me gustaría que mi exposición motivara a un ejercicio de reflexión colectiva y de autocrítica, aprovechando la feliz circunstancia de encontrarse reunidos, en este recinto, cuadros distinguidos del priísmo estatal, además de dirigentes de organizaciones afines y representantes de la estructura priísta de base, cuyo trabajo da presencia y consistencia al priísmo veracruzano. Estos dirigentes de base son la correa de transmisión que mueve el engranaje de la maquinaria política del partido. A ellos se les debe tomar en cuenta, en primerísimo lugar, preparándolos para hacer de ellos militantes convencidos y no únicamente adeptos emocionales. Pero al mismo tiempo debe reconocerse su esfuerzo, tomándolos en cuenta para lo que podría considerarse un escalafón político, de manera que pudieran aspirar a cargos de representación popular y de  dirigencia dentro del propio partido. También se encuentran aquí, esta mañana, muchos priístas cuya lealtad nunca será suficientemente reconocida. Hoy aquí, en este salón, ellos representan la verdadera fuerza del partido, por lo que vale la pena realizar un esfuerzo sincero para recuperar y repensar la ideología priísta. Hacerla nuevamente la raíz capaz de alimentar la acción política, de darle sentido a la lucha electoral, de promover el entusiasmo por realizar un proyecto de país. En la actualidad, todo esto se ha perdido o,  lo que es más grave, se ha desvirtuado; en lugar de propósitos y proyectos, una clase política ambiciosa se plantea la conquista del poder por el poder mismo. Esta clase política, en realidad, abarca a los políticos de todos los partidos, pues todos sin excepción, han llegado a ser víctimas de la visión posmoderna que considera “la muerte de las ideologías” como un hecho irreversible.

 

Estamos ante un punto de vista inaceptable, por dos razones. La primera, porque es falso; la segunda, porque la política, por su misma naturaleza, reclama el sustento de las ideas. Sin ideología la acción política deviene en simple manipulación de necesidades vitales. ¡Qué digo vitales!, de necesidades elementales, porque lo vital ya incluye, en el hombre, deseos y aspiraciones que están más allá de la comida y la seguridad. Es por eso que, sin ideología, las elecciones resultan un escenario de confrontación basada en ofertas de beneficio personal o de grupo, sin relevancia para la comunidad, el estado o el país. La idea de que las campañas se ganan con dinero y nada más que con dinero y la triste comprobación de que así sucede, es resultado de la degradación de la política. Los candidatos necesitan comprar la voluntad del electorado que son incapaces de conquistar con una propuesta de trascendencia social y humana. No sólo se ha degradado la acción política, esa misma acción degrada también a los ciudadanos, llevándolos a considerar el valor de su voto en términos de una transacción comercial o promesa de futuros favores. Aquí conviene aclarar las cosas, el ciudadano, naturalmente tiene el derecho de esperar, a cambio de su apoyo, bienes y servicios, porque la democracia opera bajo las reglas del mercado: el candidato hace su oferta y el ciudadano la respalda cuando considera que esa oferta, traducida en satisfactores generados por las políticas públicas, son los que requiere para alcanzar una mejor calidad de vida. Lo criticable es el descenso de la oferta al nivel de las necesidades más apremiantes, generando un clientelismo oportunista y acentuando el paternalismo. De esta manera no se abona el crecimiento de la democracia, ni su madurez, sino esa perversión conocida desde siempre con el nombre de demagogia, cuya aparición al final de la República romana, allanó el camino al poder unipersonal y la consiguiente pérdida de las virtudes cívicas. La demagogia  enmascara la realidad llevando al juicio erróneo de que el sistema político funciona, porque se logra un consenso artificioso el día de las elecciones a favor de la fuerza política que invierte más dinero.

 

La verdadera victoria, así como la derrota efectiva del adversario en las urnas reclama el soporte de las ideas. En la urna electoral,  cada candidato representa una opción que pretende ser la mejor para hacer frente a los problemas. Esa opción debe presentarse de manera convincente, lo cual exige cualidades que no se reducen a los rasgos externos de la personalidad como la simpatía, la manera de vestir o las formas de acercarse a la gente, para hacerle sentir que el candidato es “uno de los suyos”. La mercadotecnia  electoral ha llegado, por esta vía, a ser el factor determinante para construir en poco tiempo candidatos triunfadores. El carisma auténtico cede su lugar a una imagen falsa sostenida por la simulación y la conveniencia. Cada vez más la política es actividad de malos actores que suplantan a los políticos auténticos. Estos últimos, también representan un papel. Churchil, sin duda, fue un gran actor, pero sus convicciones eran sinceras y firmes. Otro tanto podría decirse de Charles De Gaulle. En uno hay la firme adhesión al espíritu inglés de libertad personal opuesto a la idea totalitaria; en el otro, la adhesión sincera al credo de la dignidad del pueblo francés, amenazado por un enemigo insensible a ese sentimiento. Incluso hay personajes con cuyos designios no podemos coincidir, en los que, sin embargo,  reconocemos la vocación política, cuyo rasgo esencial es servir a propósitos que trascienden el interés egoísta e incluso la compensación de traumas arrinconado en lo más profundo del psiquismo. Este fue el caso, sin duda, del propio Adolfo Hitler.

 

Se trata, por tanto, de devolver su seriedad a la política. Hacer posible la contienda de ideas y proyectos alternativos, donde los candidatos sean portadores de un programa de acción, cuya congruencia con la realidad lo haga preferible a otros programas. En todo caso, la decisión de si existe o no congruencia, queda a criterio de la ciudadanía. Esta, al darle la oportunidad de gobernar a un partido determinado, no pierde su derecho de rectificar su decisión, si considera que sus expectativas han sido defraudadas. La seriedad del político, como agente individual de la acción política, se manifiesta y reconoce en su capacidad de dar cumplimiento al programa de su partido. Aquí, el reclamo al político deberá ser realista, pues no puede exigirse lo imposible, ni el político debería prometerlo, porque, además de faltar a la verdad a sabiendas, está convirtiéndose en un impostor; defrauda a quienes creyeron en él, abonando el descredito de su partido y de la política como tal, que será vista como oficio de mentirosos. Al hacer estas afirmaciones, únicamente doy eco al desánimo, indiferencia y sospecha con que los buenos ciudadanos y una mayoría de nuestra juventud, manifiestan con relación a la política.

 

En cuanto al PRI, para nadie es un secreto que sus derrotas se explican más por sus propios errores que por las virtudes de sus adversarios. La verdad histórica del priísmo, alguna vez viva y vigente, se ha diluido conforme el partido fue derivando al más crudo pragmatismo y se niega a ver más allá de la coyuntura. Del reconocimiento de este error, de esta miopía política, deriva la urgencia de rescatar los principios y las tareas esenciales del partido, logrando una nueva alianza que aglutine a obreros y campesinos, intelectuales, profesionistas y técnicos y a esa juventud desencantada que no sabe cómo dar cauce a su inquietud de participar positivamente en la solución de problemas que, lejos de resolverse, se agravan y terminan por robarle la ilusión del futuro.  

 

Rescatar no es volver a la ideología del partido tal como fue formulada en sus orígenes, cuando sus siglas enfatizaban la idea de lo nacional y de la revolución, como un proceso interno orientado a transformar al país. Lo que el PNR dejó en herencia, fueron los ideales de libertad, justicia e igualdad que ya habían quedado consagrados en la Constitución del 17. Esa coincidencia puso de manifiesto la filiación del priísmo con la ideología que dio carácter social a la revolución mexicana. Pero esos grandes principios se actualizan de acuerdo con las circunstancias históricas. Estas posibilitan unas veces la voluntad de cambio, otras la frenan o desvirtúan. Así, la ideología priísta encontró apoyos y resistencias, gestos de simpatía y hostilidad; e hizo frente a otras ideologías que dieron a esos valores un contenido y un significado diferentes. Eso fue positivo para afirmar el pluralismo, pues permitía ubicar a cada fuerza política en el lugar que le correspondía. Militar en determinado partido implicaba una identidad ideológica y ésta, a su vez, un compromiso y una lealtad que se reflejaba en los debates parlamentarios. Hoy la identidad parece extraviada; asombra la facilidad con que militantes distinguidos cambian de bandera, dando como razón “no ser tomados en cuenta”, para llegar a puestos de representación popular. Salvo excepciones honrosas, en que la renuncia a la militancia obedece a convicciones sinceras, en la mayoría de los casos, los partidos se han vuelto rehenes de ambiciones particulares y de intereses facciosos. En todo caso, el asunto no es aquí de ética personal, sino del daño político causado por el oportunismo al desorientar a la ciudadanía y al invertir la relación entre el militante y su partido, pues aquel existe para el servicio de éste y no al revés.

 

Cuando el PRI adopta en 1939 el nombre que conserva hasta la fecha, el país y el mundo habían cambiado y la ideología partidista hubo de adaptarse a las circunstancias de la post guerra, mediante reformulaciones doctrinarias derivadas de las aportaciones de la inteligencia del partido, uno de cuyos últimos exponentes fue Jesús Reyes Heroles. También fueron importantes las aportaciones de las Asambleas Nacionales. Así fue hasta hace algunos años, en una dinámica apegada al sano criterio de adaptar la propuesta partidista a la realidad y no encajonar ésta en fórmulas rígidas. El tema del nacionalismo ejemplifica muy bien la forma en que puede entenderse la defensa de la nación en contextos históricos diversos. Hasta los setenta, funcionó el proteccionismo estatal que favorecía a los empresarios agrícolas e industriales con medidas proteccionistas; en la actualidad se recomienda la receta opuesta: abrir la economía a la competencia internacional, buscando ser más competitivos. En los dos casos, el fin perseguido es fortalecer la economía para alcanzar los valores inherentes a la democracia. Queda por determinar las formas en que la apertura pueda representar oportunidades para el desarrollo, en lugar de una modalidad diferente de sometimiento.

 

Consideremos ahora el caso de la política cultural. Desde su fundación en 1929, hasta fines de los 80´s, el PRI reivindicó el valor imponderable de nuestra herencia espiritual, en  concordancia con el movimiento general que se manifestó con vigor en  la literatura de la revolución y el muralismo. Vio en la cultura nacional una síntesis de legados diversos que nos otorgan un perfil propio. Coincidente con esta visión, José Vasconcelos elaboró el mito de la Raza cósmica con Odiseo como héroe modélico,  en oposición al Robinson de la cultura sajona. Semejante al Ariel de José Enrique Rodó, Odiseo representa los altos ideales del espíritu frente al materialismo de la pujante civilización del norte. La ideología priísta reconoció, pues, en la diversidad de orígenes de nuestra cultura, su riqueza y su vocación incluyente. En el contexto de la globalización ha de continuar bajo el mismo criterio, pero ampliando su horizonte; desde el fondo de la experiencia histórica del pueblo, debe promover una sensibilidad de comprensión de las culturas y las tradiciones que nos salen al encuentro. La sociedad-mundo ofrece la ocasión de descubrir las diferencias y lo que acaso sea más importante, las coincidencias, las afinidades profundas de la raza humana. Con la desaparición de las fronteras nacionales, la preservación de la herencia cultural habrá de tomar, sin duda, nuevos derroteros. El ciudadano universal no podrá concebirse en términos del individuo cosmopolita desarraigado, que pertenece al mundo porque no pertenece a ningún lugar. Ese sería un falso ideal. Lo imaginamos, al contrario, capaz de compartir lo que él es, firmemente sustentado por el pasado y la cultura de su grupo.

 

Ahora quisiera volver mi atención al poder de las ideologías para construir el futuro. Me referiré especialmente a las ideologías que encierran un proyecto de futuro compartido por todos. Responden, sin duda, al anhelo profundo del ser humano de construir el paraíso. Su poder descansa en ese llamado que hace vibrar las fibras recónditas del ideal e impulsa las fuerzas del cambio. En otras palabras, en la ideología así entendida, vive la utopía. Cuando la utopía inspira a la política, ésta alcanza sus mayores logros, aunque siempre se quedará corta, porque la utopía, por definición, es lo que siempre está más allá de lo posible. Sin embargo, el anhelo utópico también se muestra ambivalente. Hay utopías universalistas y las hay cerradas y excluyentes. Veamos de cerca las consecuencias prácticas de las concepciones universalistas y de la concepción excluyente de la utopía a través de ejemplos concretos. En la Conquista española de América, la idea cristiana infundió a la dominación española carácter único, haciéndola diferente de todos los antecedentes históricos y de los casos posteriores. Si esa idea no tuvo aplicación puntual, en cambio, si fue el referente con el cual humanistas como Fray Bartolomé de Las Casas y los mismos reyes católicos, juzgaron la legitimidad de su empresa colonizadora. Y nadie fue más duro que el dominico al reprobar la ambición, la rapiña y los excesos de sus connacionales. De este modo, la Conquista española muestra, en pleno siglo XVI, cómo la utopía de la igualdad de los hombres, fincada en su común origen, hace más soportable la suerte lastimosa de los vencidos. En el extremo opuesto, la idea excluyente del nacional socialismo en el siglo XX, propone la utopía para un pueblo y una raza. Es, a todas luces, un ideal al revés; en la exaltada formulación de este sueño racista,  la utopía divide y enfrenta a una minoría elegida con el resto de la humanidad.

 

En un tercer caso, volvemos nuevamente a la tesis universalista. Me refiero esta vez a una ideología con presencia vigorosa a lo largo del siglo veinte: el socialismo marxista. En él,  la utopía procede en línea directa del mesianismo judío, pues lo mismo que en éste, se trata de la salvación del ser humano; no de este o de aquel pueblo o raza, sino de todos los hombres. La humanidad será redimida y no habrá más explotación, pobreza, ni sufrimiento. Marx, pensador judío, secularizó la salvación eterna y en su lugar colocó la salvación terrena: Algún día, en el futuro, los hombres serán libres e iguales. Satisfechas sus necesidades materiales, tendrán tiempo suficiente para la ciencia, el arte, las actividades recreativas. Serán seres plenos, desarrollados en todos los planos. Es el “hombre omnilateral” de Marcuse. La liberación,  en la utopía marxista, no se deberá a la bondad divina, ni al avance de la ciencia y la técnica, -si bien éstas colaboran decisivamente-, como lo postuló el ideal de la Ilustración.  Marx piensa en el proletariado como el agente histórico del cambio. Resulta en extremo interesante la tesis marxista de considerar a la clase oprimida dentro de la sociedad capitalista, como la portadora encargada de la misión de poner fin, con la revolución, no sólo a la opresión de que es víctima, sino a la opresión en sí, pues consumada la revolución proletaria, ya no será posible el enfrentamiento de clases antagónicas. Habrá terminado la historia en tanto expresión de lucha de intereses opuestos, para dar comienzo a la historia verdadera de la humanidad reconciliada consigo misma. Una vez más, la utopía, escondida bajo el ropaje de la ciencia social, es la fuerza realmente explosiva capaz de movilizar las energías del cambio. Bajo esta utopía nació la U.R.S.S en 1917. Desde la República de Platón hasta la madurez de la modernidad, es decir hasta el momento previo al período de desaliento llamado postmodernidad, la ideología y su núcleo utópico fueron  el motor de la acción política. Pero ahora, se nos dice con aire triunfalista, la edad de los meta-relatos ha terminado. El anhelo de redimir a la humanidad ha sido conjurado, quedando en el “basurero de la historia” las ideologías con las que alguna vez se quiso transformar la realidad humana.

 

¿En qué tipo de ideología cabe el priísmo? Desde luego su ideal es laico; no predica ningún fin transcendente. Como ideología, el priísmo ha de entenderse estrictamente vinculado a la esfera de los intereses temporales, que, desde la segunda mitad del siglo diecinueve, quedaron separados de cualquier tipo de aspiraciones religiosas. El asunto de la salvación del alma, quedó confinado en la esfera de la vida privada. No es este el momento para discutir si el hombre realmente puede quedar escindido en dos planos y si la política ha de limitarse a considerar sus necesidades y aspiraciones estrictamente  temporales. Me limito a indicar un hecho histórico, a partir del cual los partidos adoptaron un enfoque laico de su misión. El PAN quedaría, en parte, fuera de esta perspectiva, lo que precisamente ha dado a su ideología un sello peculiar. La laicidad, por otra parte, implica el respeto absoluto a las convicciones íntimas del hombre, porque su conciencia es un reducto inviolable y el poder público nada tiene que decir al respecto. A su vez, la laicidad responde a una concepción más amplia que el mero reclamo de asegurar la hegemonía del Estado en los asuntos del bien público temporal. El lado positivo en el que es preciso insistir, desde mi apreciación personal, es la libertad de conciencia que hace posible el compromiso de cada ser humano con ideas y principios que dan sentido a su vida. Sin libertad de conciencia  permaneceríamos en la minoría de edad. En la arena de la lucha política, los partidos dan cauce a la diversidad ideológica de la sociedad; cada partido da expresión a una parte del todo social.  Aunque aspire alcanzar a la totalidad, nunca podría conseguirlo, porque en ese momento entraría en contradicción con la idea de la democracia, entendida, justamente, como el régimen que acepta la pluralidad de grupos e intereses en conflicto, a los cuales busca dar solución por la vía del mutuo reconocimiento, la discusión abierta y el acuerdo.

 

El PRI mantuvo la hegemonía política durante setenta años. Viendo las cosas retrospectivamente, puede decirse que esa hegemonía no era democrática. ¡Claro que no lo era!, porque durante ese período, apenas se dio comienzo a la creación de las condiciones en las cuales la democracia podría llegar a sustentarse. Esas condiciones están lejos aún de su consolidación. Lo constatamos ya con el fracaso de la alternancia democrática el año 2000, recibida con entusiasmo irreflexivo y demasiadas expectativas. El desengaño generado por la presidencia de Vicente Fox al enfrentar los problemas de la economía, los reclamos sociales, el incremento del desempleo, la pobreza, la marginación, la inseguridad y las demandas de los pueblos étnicos, quedó como enseñanza aleccionadora. Nos enseña, entre otras, la lección fundamental de que la alternancia funciona cuando se está preparado para renovar la práctica política, sacudir inercias y para dar dirección responsable a las fuerzas del cambio.  El PAN o con mayor exactitud, el presidente Fox, defraudó las expectativas que  despertó durante su campaña con un discurso cuya pobreza conceptual, fue compensada con la aparente virtud de la franqueza y el compromiso sincero con el bien del país. El presidente Fox no fue, finalmente, el hombre de las circunstancias. Pero tampoco la sociedad civil contó con los recursos para exigir el cumplimiento de las promesas de cambio. Otra lección importante del proceso de la alternancia fue la necesidad de fortalecer el sistema de partidos.

 

Si el PRI hace la lectura correcta de la situación, debe prepararse para competir en un escenario en el que será imposible alcanzar el predominio hegemónico. La meta será obtener, en cada elección, la mayoría, conscientes de que contar con ella para la siguiente contienda, dependerá de los resultados de la gestión realizada y de la comunicación mantenida con la ciudadanía. La fluctuación de las preferencias del electorado, funciona como premio o castigo para los partidos, pero la fluctuación al ser tan notable, pone de manifiesto la falla, no de un partido, sino de todos. En la actualidad después de cambiar varias veces de siglas con idénticos resultados, los ciudadanos buscan una salida en las candidaturas ciudadanas. Sin embargo, esta solución también queda atrapada, muchas veces, en el oportunismo de los grupos que medran dentro o alrededor del poder y los partidos. Las candidaturas independientes obligan a la reflexión para evitar un optimismo exagerado en su potencial democrático. La sociedad civil no puede permanecer como una totalidad. Tan pronto se organiza, es determinado grupo de personas quienes la representan y ese grupo reivindicará intereses específicos. Al encontrar a sus representantes fuera de los partidos, la sociedad civil se ha partidizado, una paradoja de la cual no puede escapar. El ciudadano es portador, desde ya, de intereses particulares; por muy legítimos que éstos sean, no son los de la totalidad. La contradicción únicamente puede superarse si, en el ejercicio del poder, el ciudadano se asume como agente del Estado de Derecho y cumple la función de equilibrar los intereses particulares subordinándolos al bien público general. La otra respuesta de los ciudadanos es la condena a la política en general a la cual ya me he referido. Esa condena se torna estéril, porque se refugia en la pura subjetividad y se expresa negativamente en el abstencionismo. Es, por tanto, imprescindible reivindicar el sentido de la política, tarea por demás ardua, en la que será esencial restablecer el vínculo ético-político desacreditado por el maquiavelismo burdo, así como revalorar la identidad ideológica partidaria. El juicio ciudadano significa –debiera significar-, ante todo, la preferencia por una opción ideológica. La propaganda en favor de los candidatos, así como la presentación de su imagen como un producto político de primera calidad, ante el escepticismo general, exhibe el bajo nivel de la oferta política; pone el juego político en manos de la preferencia subjetiva, de suyo superficial e interesada.

 

El PRI está urgido de recuperar su identidad, -otro tanto es válido para los demás partidos-, eliminando los aspectos negativos, cuyo lastre debe arrojarse en un ejercicio de autocrítica y voluntad política. Los reclamos de justicia e igualdad, deben procesarse enmarcados en la realidad del orden global, considerando, empero, que la misma no es un hecho consumado, sino un proceso complejo, en el que la participación responsable puede modificar ciertas tendencias que favorecen la consolidación de la injusticia estructural en el mundo. En el orden global han aparecido nuevas formas de marginación e intolerancia y se imponen, por tanto, nuevas formas de lucha. En este escenario, la politización de la ciudadanía es imprescindible, aunque la ideología dominante se empeñe en negarlo, al presentar la problemática social no en términos políticos, sino de administración. Hoy se nos repite la vieja fórmula porfirista: menos política y más administración.  La derrota – la espero transitoria- de la política por la visión instrumental del neoliberalismo, estuvo marcada por la sustitución de la clase política por la tecnocracia; la sustitución de la perspectiva humana, defectuosa pero perfectible, por la óptica inhumana inalterable del orden social.

 

Permítanme recordar, en este punto, el comentario que hizo un periodista –cuyo nombre lamentablemente no recuerdo- a una respuesta dada por Don Adolfo Ruiz Cortinez a la pregunta de un destacado maestro del periodismo en la ciudad y puerto de Veracruz, en donde Don Adolfo vivía en el más discreto de los retiros.  La pregunta fue: ¿Cuál es la importancia de los expertos para la toma de decisiones en el gobierno? El ex presidente estuvo de acuerdo en que la opinión de los mismos era muy valiosa. Pero enseguida añadió, enfatizando su convicción con el movimiento del dedo índice de la mano, que la decisión final debía darla el político. Ciertamente, la decisión última, la que da el político en las cuestiones delicadas de la vida pública, con repercusión en miles o millones de personas, reclama sabiduría, entendida como conjunción de experiencia, sensibilidad, talento y compromiso con el bien común. Quizá esto parezca demasiado pedir al político, pero esa es la elevada idea con que la tradición lo caracteriza.  

 

Devolver la dignidad a la política, justificar la función de los partidos políticos en México, despertar vocaciones políticas genuinas en los jóvenes, todo esto tiene que ver con volver la mirada a los principios y valores, donde la genuina acción política encuentra inspiración y sustento.    

* El presente texto es una reelaboración de la conferencia sustentada por el autor en el Auditorio Jesús Reyes Heroles, el día 4 de marzo del año en curso, con motivo del 86 Aniversario de la fundación del PRI, en la sede del mismo en la ciudad de Xalapa de Enríquez, Veracruz.