Por Martín Quitano Martínez
07 de mayo de 2015

“A quien corresponda.

Se sirva tomar medidas y llamar al orden a esos chapuceros que lo dejan todo perdido en nombre del personal. Pero hágalo urgentemente para que no sean necesarios más héroes ni más milagros pa’ adecentar el local. No hay otro tiempo que el que no ha ‘tocao’, acláreles quién manda y quién es el ‘mandao’. Y si no estuviera en su mano poner coto a tales desmanes, mándeles copiar cien veces que «esas cosas no se hacen»”.

Joan Manuel Serrat.

 

Rehuir la responsabilidad pareciera el comportamiento normal de la nación, voltear la cara ante los problemas es acaso el subterfugio utilizado ante el cúmulo de nuestros avatares; la estrategia nacional es simular que no sucede todo aquello de la vida cotidiana que nos muestra las peores caras: la inseguridad, la corrupción, las ineficiencia, la pobreza y la impunidad, todo es poco y vamos bien y adelante. Nuestras dificultades son mayores y son el ejemplo de una crisis que no parece tocar fondo.

La violencia se muestra de diferentes maneras y con distintos orígenes, desde la violencia que se supone reivindica los cambios y mejoras que muchos queremos, a la violencia de aquellos que en sus quehaceres u omisiones cotidianas hunden a nuestro país en la desgracia financiera, económica, operativa y de reconocimientos públicos; de la violencia del comportamiento cínico de los políticos y su crisis de credibilidad, a la violencia del terror de la delincuencia común y organizada que, solapados en el contubernio y la impunidad, crecieron y se fortalecieron.

Nada es casual, es sin duda el resultado de la conformación de una clase gobernante que a la par de imponer un modelo económico excluyente y salvaje, se regodea en la incompetencia que los beneficia, porque la primer dificultad para resolver los problemas son ellos, lo que procrea el sinsentido de que el gran acuerdo es precisamente no lograr los acuerdos.

La democracia mexicana ha quedado a debernos mucho, porque ha engendrado una crisis de las representaciones institucionales con la falta de resultados positivos que se perciban por el conjunto social, encontrando que uno de los apartados primordiales de su debilidad es la precariedad de su clase política, la mostrada y demostrada estupidez y cinismo de una gran mayoría de ella.

La real o fingida ignorancia de los deberes y obligaciones que asumen con su encargo los representantes y funcionarios públicos, es una desvergonzada irresponsabilidad.

Un espacio que refleja de manera fundamental estos comportamientos son los municipios que “dirigidos” por ayuntamientos más que mediocres, desnudan la osada vida de ediles y funcionarios acomplejados por su estatus, sobrados en su negligencia, atrasados hasta la ofensa. Nada hacen por responder responsablemente con sus encargos, asumen que el estar allí les costó ya lo suficiente como para ponerse a comprender la importancia de sus puestos, están en su periodo sabático con buenos ingresos.

Puede haber miles de ejemplos a lo largo y ancho de nuestro país, pero para muestra de lo anteriormente comentado es mi municipio Coatepec, Veracruz, donde los alcances de la inopia son insultantes. La magia de nuestro pueblo se esfuma en el comportamiento aterrador de unas autoridades locales comodinas, negligentes, banales, que desprecian toda posibilidad de desarrollo y de crecimiento positivo, siendo soportados por una sociedad que pese a todo cuenta con muchas personas que aun creemos que las cosas pueden ser diferentes, nos falta organizarnos y proponer las alternativas. Como en todo el país, allí está el reto.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Un periodista más asesinado en Veracruz para silenciar la palabra crítica o disidente. No lo lograrán.

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