Por Alfredo Bielma Villanueva
11 de mayo de 2015

Hubo una vez un reino en el que la realidad se trastocaba con una ilusión creada ex profeso para ocultar y hasta para deformar aquella; implantar esa ficción representaba costos onerosos al erario, pero de poca importancia comparados con la intención de crear una dinastía de poder superviviente de generación en generación. Para ocultar la verdad se requería de costosas subvenciones que sirvieran para enmudecer las críticas sobre un gobierno patrimonialista, hereditario, autoritario, voraz y empobrecedor, esa estrategia dio resultado mientras fue posible desviar el recurso destinado para beneficio colectivo hacia el pago por el silencio, para saciar la oprobiosa unanimidad de quienes aceptaron cerrar los ojos frente al incuestionable latrocinio que se cometía contra todo un pueblo.

Pero la gloria en este mundo transita como cualquiera otro fenómeno humano en el planeta, a veces es efímera, otras eventualmente duradera pero siempre llega al ocaso. Casi al unísono con el tiempo en que se secaba la rica fuente que a muchos convirtió en millonarios por complicidad fueron desapareciendo de los medios los comentarios apologéticos respecto del gobierno del estado; agotada la generosa fuente también comenzaron a espaciar los embates contra quienes opinan diferente a la versión subvencionada con recursos públicos, tal parece que el calificativo de “adversarios del gobierno” “detractores de Duarte”, etc., alcanzó la obsolescencia, ya no más adjetivos contra ciudadanos cuya única comisión es la de opinar diferente a la corriente subsidiada, esa que militaba con la pluma obsecuente para ocultar una realidad inocultable. Fue la más ominosa de las uniformidades, la que escribía en boletín porque ya estaba cebada.

Secada la fuente del recurso disponible para el cochupo y el chayote ya no hay “comunicación social” que opere para enderezar la nave, que no se hunde sólo porque está encallada. Aquella fruición por gobernar ofreciendo un panorama de realidades apócrifas ha devenido en desesperación porque el castillo hecho de arena se ha venido derrumbando conforme la marea crece. Sin embargo, aunque no es alentador, de las adversidades surgen lecciones: al menos ya comprobamos que intentar gobernar a través de tinta deleble no conviene y resulta muy caro, porque se inscribe en la historia de manera contraria a lo concebido de manera fútil.

Desde 2004 se diseñó un gobierno con efímeras verdades, con notas periodísticas que el tiempo se llevó, pues diez años después quedan al descubierto las ruinas de un edificio mal construido, con una mezcla de simulación y de quiebra financiera de pronóstico reservado; si hubiera algo peor, tenemos que recordar que aún restan 19 meses, una cronología que encierra eventos políticos y económicos impredecibles; al menos en lo económico-financiero el panorama no presagia nada bueno si consideramos que 2016 será peor que el actual para las finanzas públicas mexicanas, de las que no pocas entidades federativas, Veracruz acentuadamente, dependen en gran medida y por ende les repercutirá con fuerte impacto.

En este entorno se celebran elecciones federales y entre otras incógnitas se revelará si es correcta la hipótesis que postula el desgaste provocado por el ejercicio del poder cuando sus resultados no son loables, por cuanto a su reflejo en la pérdida de votos para el partido en el poder. En la inferencia lógica la derrota del PRI lo ubicaría en la conclusión final del silogismo ¿será así? La respuesta sería en automático si en México gozáramos de una democracia participativa, con ciudadanía bien informada y consciente de que la orientación del voto definirá conductas del gobierno y de la elite política, a la vez que obligará a ratificar programas exitosos y proscribirá las prácticas deficitarias junto a prácticas vinculadas a la corrupción.

Pero no es el caso de México y obviamente tampoco el de Veracruz. Aquí padecemos de una partidocracia que se ha adueñado de la cosa pública, creamos una elite política insensible respecto del interés general, depredadora de los recursos públicos y por lo mismo vela sólo por la convivencia del grupo o de los partidos políticos. Tal es la razón por la que no es posible deducir un pronóstico acertado, porque si bien en democracias avanzadas estaríamos augurando la derrota del partido en el poder, en nuestro subdesarrollo político es posible que acudamos a una elección cuyo resultado informe que el partido en el gobierno obtuvo mayoría en el Congreso de la Unión. Pero, para qué adelantar vísperas si la jornada electoral de junio venidero está a la vuelta del calendario.

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