Por Sergio González Levet
21 de mayo de 2015

¡Touché!, como dicen en la esgrima cuando un adversario es alcanzado por la punta del florete. Una amable lectora y según se colige. eficiente empleada, me agradece que haya dedicado mi columna de ayer a las secretarias, pero me recrimina cierto trato que les di, de acuerdo con la interpretación que ella sustrajo de mi texto.

“Me llama la atención que nos llama mentirosas lo que, me permito aclararle, nunca lo hacemos por gusto o porque la persona nos caiga mal. No, fíjese que ustedes, los jefes, son los que nos hacen mentir. Le pregunto: ¿acaso cuando usted fue Director y Asesor nunca le pidió a su secretaria mentir? ¿Nunca se negó a recibir a una persona? ¿Nunca se negó a atender una llamada? Estoy segura que contestará que sí, que alguna vez lo hizo.”

Y tengo que darle la razón, pero insisto en que mi texto no iba en contra de las secretarias -a quienes respeto por la noble y muchas veces incomprendida función que desempeñan- sino en contra de quienes las obligan a apartarse de la verdad.

Me pide la amable corresponsal que reconozca el trabajo importante que realizan las secretarias, y le dejo la palabra a ella porque hace un recuento bastante aproximado de todas las acciones que realizan en la oficina:

“¿Por qué no mencionar que hacemos muchas cosas en una sola mañana, como recordarles sus compromisos, como esperarlos de pie junto a su escritorio en lo que el jefe atiende la llamada? Les llevamos el café en cuanto entran a su privado, soportamos a los chistosos de la oficina, aguantamos vara (como se dice coloquialmente) cuando alguna persona que ya se ha negado el jefe a recibir más de una vez nos dice hasta de lo que nos vamos a morir y nosotras no respondemos nada.

“¿Por qué no comenta que siempre estamos atentas a recordarle al jefe el cumpleaños de su esposa, de sus amigos, de sus compañeros ya sean secretarios, subsecretarios, directores, jefes de departamento, etc.?

“¿Por qué no comenta que somos las primeras en llegar a la oficina y las ultimas en irnos?”

“¿Por qué no dice que somos las que comemos en la oficina porque tenemos que terminar el trabajo? Y le enumeraría muchas cosas más, pero me conformo con que le cambie el nombre a su columna.”

Es obvio que estoy de acuerdo con ella, y preciso que eso de las mentiras se les debe atribuir a los jefes. Y más: que considero que esa práctica de muchos funcionarios es una forma de corrupción similar al robo de recursos públicos, y debiera castigarse de manera ejemplar, como es corrupción también la ineficiencia o la ignorancia en el trabajo.

Y con respecto al título, podrán ver que la solución fue añadir una precisión entre corchetes.

Yo considero que quienes discrepan de nosotros o nos señalan alguna falla nos hacen un gran favor, pues nos dan la oportunidad de rectificar y posiblemente ser mejores. Por eso le agradezco cumplidamente a esta experimentada secretaria su tiempo y su interés.

Y si es necesario, le ofrezco una disculpa.

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