En el verano de 1860 un ciudadano americano, empresario de mucho excito que gustaba de expresar sus ideas en los medios de comunicación de su tiempo, fue duramente criticado por el gobierno del presidente Buchanan porque se opuso a los términos del Tratado McLane-Ocampo; no quedó callado ante el embate oficial y escribió: “Soy ciudadano americano, nacido y educado en los Estados Unidos, con derecho a votar. Según la práctica de las instituciones democráticas soy miembro del pueblo-uno de los amos que mandan a Washington a sus empleados para que cuiden de sus intereses-. Me doy cuenta que aquellos empleados públicos en Washington no atienden a mis intereses de ciudadano americano, ocupado en negocios lícitos y legítimos. Es muy natural, pues, que reclame e derecho de  <emplazar y alabar y condenar> a casi todo el mundo relacionado con el gobierno, según lo merecen en mi concepto, y de investigar las causas que elevan al poder a personas tan notablemente ineptas para ocupar sus puestos. No siendo un aspirante político,i tampoco un político fracasado, experimento una independencia espléndida al poder aplicar el bisturí a los dos grandes partidos cuya política, en mi opinión tienen un carácter perjudicial para mis intereses lícitos y legítimos…”