Guillermo
Por GUILLERMO OCHOA         

“¿Cómo le va, Guillermo?”, me decía.  “¿Cómo le va, Jacobo?”, le respondía yo. Imitábamos al saludarnos “la gutural entonación del bajo” que usaban –o usan, hace mucho que no los oigo—los políticos en la cumbre para descender, saludar a nivel de lona y enseguida elevarse de nuevo para seguir salvando a la Patria.

Fueron tantos los viajes que hicimos juntos para cubrir las giras presidenciales, que podíamos improvisar un “comunicado conjunto” 24 horas antes de que se produjera. Desarrollamos una mecánica para redactar los guiones de cada trasmisión que consistía en lanzar una moneda al aire para escribir los párrafos pares o nones sabiendo de antemano lo que escribiría el otro, donde entrarían “los sonidos” y donde retomaríamos  la palabra. Respetábamos nuestro trabajo, y lo hacíamos lo mejor que podíamos; pero sabíamos que finalmente, ofrenda floral de más o  condecoración de menos, la teatralidad protocolaria de los viajes presidenciales los hace prácticamente iguales.

Jacobo y yo teníamos la ventaja de la trasmisión a México, vía satélite con una señal que rebotaba en varios sitios, comenzaba hasta el final que concluían las actividades de la comitiva, por lo cual al día  siguiente no teníamos que seguir como religión “la apretada agenda” presidencial; así nos daba tiempo para recorrer partes interesantes de las lugares  en que estábamos o para escaparnos alguna noche y  pasar la vida en aquel mundo ancho y ajeno.

Jacobo tenía un don maravilloso: apenas se recargaba en el asiento del avión o ponía en la cabeza en la almohada, se quedaba dormido;  luego despertaba como si trajera un despertador integrado. Los  deportes le daban igual y detestaba el ejercicio, solía decir que el único que hacía  era caminar tras el ataúd en los funerales de sus amigos aficionados al ejercicio; pero le encantaba caminar las calles tranquila, pausadamente, levemente encorvado y con las manos cruzadas a la espalda, para examinar las fachadas, comentar la arquitectura de cierta torre, entrar en silencio al patio de una  vecindad o detenerse frente al escaparate de una tienda de ropa. Todo lo que se probaba le quedaba, era odioso verlo salir con la camisa o el saco puestos.

Recuerdo especialmente una serie de caminatas por Buenos Aires, cuando me llevó a conocer la calle Caminito, por donde paseaba Juan de Dios Filiberto, y,  después, con el licenciado Miguel Alemán fuimos a buscar la célebre dirección de “Corrientes 348, segundo piso ascensor” que se menciona en el tango A Media Luz. Ahora funcionaba allí una mueblería. Por la noche, después de trasmitir, nos fuimos al Viejo Almacén y me parece recordar alguna actuación especial de Aníbal Troilo, Pichuco, El Bandeonista Mayor de Buenos Aires. “Mira cómo el pañuelito blanco que usa sobre la pierna ya casi es trasparente por el roce”, me señaló Jacobo susurrando.

Tenía muy desarrollado el buen ojo de reportero para captar el detalle que le da veracidad a un relato. Solía ponerse muy nervioso antes de cada trasmisión, se frotaba las manos y su rostro enrojecía, en ocasiones sudaba; pero arrancaba con una  admirable seguridad y seguía así hasta el final sin atropellarse, con observaciones exactas, en el tono y el  ritmo precisos. En su noticiero o en algunas entrevistas puede haber parecido muy serio, muy seco, pero en realidad era afectuoso, irónico, reía frecuentemente a carcajadas –poniéndose rojo rojo— y refería con mucha gracia las historias sublimemente cursis de algunos tangos como Cama Vacía: “A tu mamá que no olvido/ también mis recuerdos dale/ mucha devoción mostrále y de caricias colmála/ vos que la tenés, cuidála/ si supiéras cuánto vale…”

Jacobo no sólo era un apasionado del tango –“la mujer traiciona y el hombre perdona, siempre perdona”, solía decir–, que aprendió a escuchar en la radio cuando niño, sino de la ciudad de Buenos Aires –“esto ya era una gran ciudad hace doscientos años”– cuyas calles recorría con soltura y conocimiento como si estuviera en el Centro Histórico de la ciudad de México o en “el Madrid de los Austrias”, es decir, en la parte más antigua de Madrid que adoraba y tenía un pisito y donde alguna vez me invitó a comer el cocido madrileño en Casa Lucio, a visitar el hostal más viejo del mundo, que supuestamente se menciona en El Quijote, y después a cenar cochinillo al horno en Sobrino de Botín, cerca del Arco de Cuchilleros, sitio donde, seamos honestos,  me rifé yo con la cuenta.

Un vicio suyo me hacía sudar: robar ceniceros en los mejores restaurantes. Ceniceros grandes, bellos; él, que no fumaba. Tenía una técnica: los cubría primero  con una servilleta que atraía  hasta el borde de la mesa para dejarlos caer enseguida sobre sus piernas, luego doblaba la servilleta y escondía bajo su saco o entre las hojas de un periódico o algo, el dichoso cenicero. “¡No, Jacobo…!” “¡Ya está!”, decía él muy sonriente.

Compartíamos la pasión por el detalle, que nos hacía mirar mejor y conversar largamente sobre  el color cerúleo del cadáver momificado de Lenin en el Kremlin; el famoso “¿voy bien, Camilo?” que intercaló en su discurso Fidel cuando entró a La Habana; el insoportable olor a carne quemada en las cremaciones hindúes…¡Fue un gusto trabajar y viajar con él!  Y, claro, un  honor.

Durante la vista del Presidente Luis Echeverría a China asistimos a una operación de apendicitis con acupuntura, sin anestesia, y nos maravillamos ante la disciplina rayana en lo increíble de los chinos en la época de Mao: cinco minutos antes de la llegada del “Distinguido Visitante”, no había prácticamente nadie en las calles por las cuales pasaría; a medida que se acercaba la caravana de autos negros la gente entusiasta, eufórica, ruidosa fue saliendo por decenas de miles de no sé dónde y atiborró las aceras…Inmediatamente después  de que pasó la comitiva, las calles volvieron a quedar semivacías. ¿De dónde salió la gente y adónde se fue?

Recuerdo que una tarde, en Paris, Jacobo llegó emocionado porque había comprado a precio muy conveniente, “porque tenía un dedito roto”, la escultura de una gorda de Botero; lo vi muy emocionado también cuando asistimos a un banquete en el que estuvo  Sostakovich; la muerte de Picasso nos llegó casi para salir al aire, pero con un libro que compró de emergencia el licenciado Alemán y lo que sabíamos del pintor malagueño sacamos un programa digno desde aquel Paris por cuyas calles corría un viento helado  premonitorio de nevada…

Jacobo leía mucho, siempre estaba al día en materia de libros y los mantenía como nuevos, aún con su cubierta original. Estaba muy orgulloso de haber habilitado como libreros estantes de lámina gruesa de acero, que por lo común se usan para acomodar herramientas. Usaba una escalera con pequeñas ruedas de hule  para alcanzar el libro que quería. Su oficina era amplia, tranquila y luminosa. Me recomendó hace años la Biografía de Juan Belmonte escrita por Manuel Chaves Nogales y yo le recomendé hace poco El Hombre que Amaba a los Perros, del cubano  Leonardo Padura.

Esto ocurrió una noche en que nos pusimos a cantar a dúo el bolero Perdón en lo de Magdalena Rodríguez, el Bar Siqueiros; no es por nada, pero la habíamos ensayado tanto en los viajes  que nos salía de película con todo y su contracanto: si tú sabes que te quiero con todo el corazón/con todo el corazón/ que tú eres el lucero de mi única ilusión/ de mi única ilusión/ ven calma mis angustias …En ese lugar, el Siqueiros,  gozamos  muchas noches con un amigo mutuo al cual Jacobo y su esposa Sarita acompañaron a Estocolmo cuando recibió el Premio Nóbel,  Gabriel García Márquez.

Sarita fue fundamental en la vida de Jacobo: su esposa durante 61 Años, su única novia. “¿Te vas con él?”, le preguntó mi esposa Ana María cuando Jacobo se iba a Miami. “Yo soy un chicle, de él no me despego”, contestó Sarita. En alguna ocasión le mostró las colchas y los manteles que había tejido mientras esperaba todas las noches en el estudio, desde siempre,  fuera de cuadro, a que terminara el noticiero 24 Horas.

Las comidas con Pagés, la vez que toreamos, nuestras pláticas íntimas sobre muchos temas, política y periodismo en primer lugar,   nuestra vida en Televisa,  que no siempre fue fácil…

¡Que le vaya bien, Jacobo! (y aquí vuelvo a engolar la voz,  institucionalmente).