Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
23 de septiembre de 2015

”Quiero decir que la gente que murió no murió por el sismo, eso es mentira, la gente murió por la mala construcción, por el fraude, por culpa de la incapacidad de un gobierno corrupto al que no le importa que la gente viva y trabaje en edificios que pueden caerse. El gobierno es el primero que sabe que los edificios están mal construidos, con varillas de pocas pulgadas de grosor, con arena en vez de concreto”

Judith Gracia

Damnificada del terremoto de 1985

Han pasado treinta años del sismo que marcó la historia de nuestro país, un evento natural que mostró la fragilidad y la ineficacia de un gobierno pasmado ante la dimensión de los sucesos, que involucraban la pérdida de miles de vidas, la destrucción del patrimonio o de la forma de vida de cientos de miles que perdían todo, que en minutos perdían familia, amigos, trabajo, casa; un temblor de más de 8 grados puso en jaque a la capital de México y consternaba a un país.

Del caos, el dolor y el enojo ante la incompetencia institucional de 1985 se levantaría el espíritu que marcaría un periodo donde nuestra colectividad recrearía la esperanza en la capacidad organizativa y de respuesta de una sociedad civil que aparecía y mostraba una solidaridad más allá de sus instituciones formales.

Los niveles de participación y cuestionamiento de las condiciones existentes daban paso a la rebeldía política y social frente al partido hegemónico y propulsaron las competencias electorales en un marco nunca visto en tiempos recientes. Paradójicamente el temblor cimbró también al sistema político mexicano, cimbró al PRI al sumar en su contra a la sociedad adolorida, logrando en ese momento la suma de las izquierdas y los movimientos sociales, muchos de ellos salidos de las entrañas del temblor del 85, con lo que se dio oportunidad de construir una nueva realidad política.

La solidaridad y la ilusión en la capacidad para derrotar los viejos y presentes formatos de un régimen autoritario se planteaban como posibles, convirtiéndolos en base de los discursos de reivindicación. Las elecciones posteriores al 85 definirían escenarios que nos llevarían a condiciones de mayor competencia electoral y a la alternancia en el 2000.

En esos años parecía que habíamos elegido la ruta correcta: establecer un moderno sistema de partidos, fortaleciendo nuestro sistema democrático y generando las condiciones para sacar adelante los problemas que arrastrábamos de pobreza, injusticia y falta de estado de derecho, del subdesarrollo mismo.

A treinta años, el balance es negativo, el escenario es de pesadumbre, los pendientes son mayores y nuestras contradicciones se han acentuado, pasamos de la solidaridad a la indiferencia, de la ilusión a la desconfianza. Pasamos de la idea que en la democracia tendríamos los asideros para hacer una nueva sociedad al descrédito mayor de todo lo institucional u organizado, sea público o privado. La vorágine de la desconfianza nos toca y penetra todos los ámbitos, la política es por excelencia el ejemplo de ese espacio defenestrado del quehacer social y público que concita los mayores rechazos. Peor que eso sólo la presencia de la desconfianza interpersonal, donde el 70% de los mexicanos desconfiamos de los que están a nuestro alrededor.

En treinta años de un extremo a otro los escenarios se confunden en la crisis, detrás de ese haz de luz que pareció ser la alternancia, la conciencia política de los ciudadanos, la democracia, ha venido un vapor entumecedor que obnubila, que pudre. Se fue de las manos esa oportunidad de futuro, fuimos y hemos sido incapaces de consolidar la esperanza democrática.

Treinta años después del temblor nos gobiernan los mismos que no supieron reaccionar en ese momento y que tampoco hoy lo saben hacer, los pasmos institucionales continúan, y los conflictos se acentúan. La democracia a la mexicana es cuestionada desde lo profundo de sus partidos y de muchos de sus mecanismos.

De las ilusiones a la apatía modorra, donde las pesadillas son el pan del día de una sociedad que ahora vive en los constantes temblores del vacío que genera la incompetencia, la impunidad y un modelo que privilegia los grandes y descarnados intereses por sobre el bien general.

Son treinta años en los cuales nuestro cielo se tornó negro.

 DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

¡Qué vergüenza¡ Alcaldes desaforados y con pendientes legales pero ninguno detenido. Es correcto, en Veracruz no pasa nada.

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