Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
09 de septiembre de 2015

Entre el cinismo y la desvergüenza

LOS ANACRÓNICOS

Con todas las letras y con todos los números
Dijo mi amigo que la moral era anacrónica
Mi amigo dijo que había que ser realista
Después llegaron los capitanes del Tesoro
Hicieron el consabido acopio de síes
Y los almacenaron y los ordenaron
A un lado los sí Claro y los sí Viva
A otro los sí Pero y los sí Aunque

Después vinieron los ecónomos del hambre
Los estadígrafos de la alegre miseria
Levantaron un prolijo censo de lo frágil
Descartaron de la conciencia ese pólipo inútil
Y admitieron una sabia dosis de humillaciones…

Mario Benedetti

Las condiciones en las cuales desarrollan sus actividades y el comportamiento de casi todas las instituciones existentes, sean o no de algún gobierno, están marcadas por una línea muy gruesa de suspicacia, por decirlo correctamente. El quehacer más amplio de nuestra vida social pareciera haberse comprometido en un tránsito entre la queja y la complicidad de las malas prácticas de las instituciones y de quienes las integran.

Numerosos eventos definen el amplio nivel de desconfianza que las instituciones del país generan; es común escuchar las quejas cotidianas respecto de los notorios malos comportamientos de funcionarios y políticos, de empresarios e iglesias, de organizaciones y casi cualquier grupo legal o espontáneamente organizado.

La desconfianza sobre las instituciones de nuestro país se encuentra más que justificada: la construcción de fortunas de formas evidentemente alejadas de la ley o de los usos legales, los contubernios para lograr triunfos electorales, contratos millonarios o para que no se aplique la ley, el famoso diezmo que hoy es tres veces mayor, el cinismo y la impunidad, todo reunido en el consciente colectivo que, entre harto y complaciente, se queja pero se deja.

Los mecanismos que a tirones se han podido ir construyendo para buscar resolver tan angustiosa realidad, deben de ser reactivados, puestos en acción y vigencia para ajustar las cuentas que generalmente salen en contra de las mayorías. Entre la creencia ilusa y la desconfianza total, vale la pena insistir en que la pasividad sería nuestra mayor tragedia ante lo que nos acontece.

En el ambiente maloliente en el que vivimos, es muy fácil tropezar con las notas, las anécdotas y los cuentos de los vivales de un sistema político hecho a modo para salvaguardar la desvergüenza, donde lo extraño, lo sorprendente de la vida pública es conocer sobre comportamientos honorables, personajes públicos que se planteen en los hechos oxigenar los aires de descomposición dominantes, celebrados y ocupados actual y masivamente por arbitrarios sujetos que se burlan y parodian al servicio público, utilizándolo únicamente para sus inocultables intrigas e intereses.

Sirva de ejemplo la estrategia de “al ladrón, al ladrón,” que impulsa la honorable fracción de diputados veracruzanos ante al Congreso de la Unión, como una maniobra distractora que acusa al adversario de los mismos vicios que ellos practican, como si vociferaran frente al espejo.

Viniendo de otro grupo, se apreciaría este anuncio pleno de justicia moral y legal, solicitando una investigación y correspondiente sanción a cualquiera de los actos cometidos fuera de la ley, empero sin defender en lo absoluto al directamente señalado, ¿quien en sano juicio no entendería la rimbombante puesta en escena de nuestros inmaculados diputados veracruzanos como una línea partidista que pretende descarrilar la posible candidatura del señalado?

Aún con los fundamentos que pudiera tener o no la denuncia, resulta increíble creerles que su única preocupación es el cumplimiento del marco legal, pues en los pasillos se comenta que muchos de los que señalan “al ladrón, al ladrón”, han amasado fortunas inexplicables, superiores a lo que un ejercicio público honestamente realizado les hubiera podido reunir.

En fin, que los aires veracruzanos, entre descompuestos y cínicos siguen tocando las notas de una clase política que con urgencia debe ser cambiada, llevada primero a la justicia formal y por supuesto en su momento a la justicia que nos permiten las urnas, esperemos y hagamos lo que corresponda para que ambas sucedan.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Corroborar que mentir y ocultar son acciones sistémicas del gobierno sólo aumenta el dolor y la rabia del crimen de los estudiantes de Ayotzinapa.

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