Mole de gente 
Por Virginia Durán Campollo
18 de septiembre de 2015

Una leve sacudida me despertó. El ruido de un motor penetró agudo por los oídos, el frío estremeció al cuerpo. Por el pequeño agujero, dispuesto como ventana, se filtró la luz del farol y lastimó los ojos. La cama de piedra no amortiguaba los miembros. El olor de los trastes sucios, mezclado con el polvo, cosquilleó la nariz. Era la una de la maña y esto continuo durante toda la madrugada, hasta que llegó el amanecer. Estaba en un albergue para damnificados de los últimos dispuestos por el gobierno. Ahí, en ese espacio de seis por tres metros, tratábamos de conciliar el sueño trece personas. Tayde, con sus cinco hijos, en una cama; don Dionisio y su esposa sobre la banqueta cubierta por una alfombra desteñida y raída. Abajo, en el piso de la calle, José Alcantar, yerno, su esposa Cesárea y sus dos niñas. Mi lugar estaba cerca de la puerta, debajo de la mesa donde apilaban los utensilios de cocina. Las respiraciones, pausadas, iban casi a un ritmo. Se cubrían con delgados sarapes de marca nacional.

*** Los endebles muros de lámina negra, oscurecían más el lugar volviéndolo tenebroso. El módulo, ubicado en la esquina de Río Consulado y Sabina, no podía contener al clima y al ruido que producían automóviles, camiones y tráileres que transitaban a unos metros. La familia Tejeda Barretos, apilados, cuerpo con cuerpo, se transmitía calor. Su sueño era inquieto. Permanecían en una sola posición pues la falta de espacio no les permitía otro movimiento. Nos acostamos vestidos con la ropa del día. José, curtidor como su suegro, salió a las seis de la mañana a su trabajo. El cansancio, por la incomodad pasada, se le notaba en el rostro. Así cuando empezó a despuntar la mañana, mis hospitalarios huéspedes comenzaron un lunes de una semana más de las muchas que tendrán que vivir en esas condiciones. Las tres mujeres se pusieron de acuerdo para ir al baño, que les quedaba a más de 200metros de distancia. Los niños, con la tierra acumulada en rostros, cabellos y toda su persona, con infantil inocencia empezaron su devenir. Todos son pequeños, no van a la escuela.

*** Al verlos recordé la noche anterior cuando, sentados en las camas de cemento y colchón, engullían pan blanco y de dulce como frugal cena. Ni café, ni leche. Todos con la mirada fija en el televisor que descansaba en la pequeña mesa- de 76 por 80- junto al único ropero. En los polines de pino, donde se enclavan las láminas, clavos que sostienen bolsas de plástico y costales de ropa, así como cajas de cartón, de todos tamaños, dispersas por varios lados, conteniendo diferentes objetos. El refrigerador, inservible, funciona como cabecera y apoyo para recargar las espaldas. Tres sillas complementan el amueblado. En ellas sentados, el jefe de familia y yo convenimos en el trato: “Permítame pasar una noche con ustedes para sentir en carne propia sus necesidades”. El rumor se extendió y empezaron a llegar los vecinos. En el estrecho espacio el calor era insoportable. Se quedaban unos instantes, exponían sus quejas y salían de inmediato. Las voces clamaban: “No tenemos agua, cocinas, baños, lavaderos. En algunos hay problema de drogadicción y alcoholismo, pues no superan el trauma de haber perdido sus hogares. No hay vigilancia. Los camiones de basura casi nunca vienen. Hay pandillerismo, no sé cuánto tiempo podremos resistir viviendo así”.

*** Es parte de la narrativa de un reportaje, que realicé para la Revista Impacto sobre la situación de los damnificados por el terremoto del 85. Miles de vidas se perdieron, ante la inutilidad total del gobierno de la época, y otras tanto sufrieron situaciones desgarrantes. Familias disgregadas por todas partes. Madres en busca de sus hijos; hijos en busca de sus padres, abuelos, tíos, primos, amigos vecinos. Un momento heroico del pueblo mexicano, que unido salió a las calles para ayudar a sus congéneres. Mañana se cumplen 30 años del terrible suceso, pero quienes lo vivimos parece que fue ayer pues no olvidamos. Hay publicaciones, películas, crónicas que registran el acontecimiento. Después de éste, se vivió el mismo infierno. Fue lo que padeció esta población, a la que se ubicó en lugares nombrados gallineros. Fueron miles en toda la ciudad. Permanecieron por meses, imagino, con las mismas carencias. Abandonados por las instituciones que tenían la obligación de apoyarlos, pero cercanos entre ellos que recibieron el apoyo irrestricto de la ciudadanía, que les acercó lo elemental. Los sobrevivientes del terremoto del 85, son héroes todos. Y más allá…demostraron que unidos, pueden salir de la desgracia más devastadora.

*** Mañana es la magna celebración del 20º Aniversario de la Universidad IVES, que festejarán con una cena de gala. El rector Carlos Luna Escudero encabezará el festejo, en donde se entregaran reconocimientos a docentes y administrativos con más de XV años de trayectoria. La Universidad IVES está acreditada como una de las mejores instituciones educativas a nivel estatal, con planteles en los principales municipios del estado de Veracruz. El rector Luna Escudero preside importantes asociaciones, a nivel Latinoamérica, de estudios superiores y se distingue la institución por la excelencia y cuidado de la enseñanza que se imparte. Muchas felicidades.

*** No pierda hoy, como cada viernes, el Círculo Rojo del Periodismo Veracruzano, Premio Estatal de Periodismo por el Club de Periodistas de México, a las 7:00 pm trasmitido en vivo desde la cabina de periodicoveraz.com en enlace con el portal amigo libertadbajopalabra.com. Claudia Guerrero, Armando Ortiz y una servidora les esperamos.

*** Y para las agruras del mole…usted sabrá qué tomar. Hasta la próxima.