Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
30 de septiembre de 2015
Para Aristeo
I
(…)

II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.
Para la Libertad
Miguel Hernández

 

Se cumple un año que 43 estudiantes desaparecieron y aún no sabemos que pasó ni donde están. Es ésta una manifestación puntual y horrenda de un estado social carcomido por la impudicia, por las complicidades que han dado paso a la crisis de un sistema político, económico y de gobierno que, es claro, no puede modernizarse y mejorarse mientras sigan vigentes los viejos y gastados esquemas del quehacer público, basados en la simulación, el ocultamiento, la banalización y el cinismo.

El dolor consume cada vez a más mexicanos; nuestra vida cotidiana sigue enmarcándose en parámetros de miedo que parecen profundizarse en el conocimiento pleno de la debacle de la seguridad. La indefensión social se acentúa y el pasmo o la indiferencia de los responsables de cuidar y ejercer el estado de derecho son un indicio de malas prácticas como la colusión con el crimen o la incompetencia.

Gritos, consignas y el andar de muchos, exigen resultados claros y contundentes de los sucesos de los estudiantes de Ayotzinapa, uniéndose a muchos más que demandan la búsqueda y la justicia sobre sus desaparecidos o muertos, con la firmeza de los pasos que les brinda la angustia y el desconsuelo, la rabia por la barbarie y la arbitrariedad.

Nuestro país es cada vez más una gran fosa, un campo de batalla, un espacio de extorsiones, un lamento permanente, un terror acumulado. La situación pareciera no poder ser revertida, los desencantos se acumulan, la desesperanza se amplía, la desconfianza campea y se enseñorea en el subconsciente colectivo de una mayoría que comprensiblemente harta de lo que sucede, decide no comprometerse o hacerlo poco, para acompañar las luchas que muchos otros realizan.

En 1915 Eulalio Gutiérrez comentaba su sentir del México de aquellos años, cien años después aplica en todas sus letras “el paisaje mexicano huele a sangre” y así lo ratifica el aumento de la violencia y la muerte en el que nos encontramos, definiendo nuestro paisaje pintado por las manos de la corrupción y la impunidad.

El mal también radica en Veracruz. Se viven ambientes de aprieto, los rumores, los informes confirmados marcan un tono de intranquilidad que se incrementa con las noticias de cercanos o conocidos a los cuales el terror y el dolor les ha tocado la puerta de manera directa; para muchos que lo conocíamos, el caso del profesor Aristeo Hernández Facundo es un paradigma de la sinrazón, sacrificado un hombre que dio cauce a la educación y al compromiso social como premisa de vida. Primer presidente municipal de Jáltipan desde la oposición, ahora otra víctima del desastre en que se ha convertido nuestra vida social. El dolor de su familia y conocidos es compartido, no lo merecía, como tantos otros, como la mayoría, su muerte es la crónica de un periodo negro y perdido de nuestra historia nacional que parece no ha terminado de escribirse.

Miles de personas en el país han muerto, muchas más sufrimos el miedo del túnel que parece no tener luz al final y sin embargo, coincidiendo seguramente con el compañero Aristeo, tenemos que andar y luchar por darnos otra realidad, no será fácil, pero si estamos hartos tenemos que actuar en consecuencia. Pero bienvenido sea cualquier espacio, cualquier actitud por mínima que sea, que cierre la puerta a la corrupción, a la complicidad del mal, a la omisión y la impunidad; se los debemos a nuestros muertos y a nuestros vivos.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

De reconocerse las varias y buenas lecciones ofrecidas por el Jefe del Estado Vaticano ante el estupor de sus prelados, que se han dedicado a predicar lo contrario, incluso con el ejemplo.

 

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