Está por cumplirse un aniversario más de la devastadora inundación de septiembre de 2010 que afectó a miles de veracruzanos; como se recordara, en unas horas se perdieron hogares, cosechas, animales, e incluso vidas humanas. 
Fue arrasada infraestructura carretera, de alumbrado y de telefonía; escuelas e instalaciones de salud fueron destruidas al paso de la inundación que nunca fue prevista por las autoridades y por consecuencia tampoco se alertó a la población civil del peligro en que se encontraba.

Como siempre desgracias de este tipo exhiben lo mejor y lo peor: lo valioso fue la gran labor humanitaria de la ciudadanía en el auxilio de comunidades enteras que todo lo perdieron. Toca al sector gubernamental mostrar una voracidad terrible, al encabezar la rapiña desatada por los recursos de la reconstrucción originados en el Fondo Nacional para desastres Naturales.