Por Frank Barrios Gómez

En todas las culturas se habla de dioses, que descendieron de los cielos para convivir con los humanos. Son relatos hermosos ya que de esa unión nacen los semidioses, mencionados en la mitología. Mitad divino, mitad humano, con poderes que les hicieron superiores a cualquier terrestre.

La Biblia y demás libros sagrados, no escapan de este tipo de narración. En el Génesis (6. 1,4) “Viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, las apartaron y se casaron con algunas de ellas”

¡Cuál habrá sido el resultado de esta unión, un dios con un mortal? También menciona la Biblia, que en ese entonces caminaban sobre la Tierra, gigantes. Esto fue lo que surgió de ese tipo de uniones, los héroes conocidos mitológicamente, quienes gozaron de la protección de sus padres, los dioses.

No es descabellado este tipo de narraciones, ya que entre los aborígenes también se habla de algo similar, y se supone que ellos desconocían los relatos mitológicos, tan famosos en estos momentos.

 Quetzalcóatl, el rey azteca, ayudó a su pueblo a que se levantara hasta formar un gran imperio. Hoy se sabe que era blanco y barbado, cuando los aztecas fueron lampiños y morenos.

Los zulúes, en África, dicen provenir de las estrellas, donde un día regresarán convertidos en polvo. Cuando los antropólogos comenzaron a platicar con ellos, curiosamente descubrieron que en su poder tenían mapas que marcaban la existencias de las lunas marcianas, las cuales fueron descubiertas hasta el año 1877 por el astrónomo estadounidense, Asaph Hall.

Pakal_astronauta_maya.Esto indica que los dioses adorados en la antigüedad, fueron tan humanos como lo somos nosotros. Sólo que ellos gozaban de una tecnología, la cual en ese entonces superaba cualquier cosa conocida en la Tierra, llevando un adelanto de muchos milenios y hasta millones de años.

No es nada descabellado hablar sobre visitantes de otros planetas a la Tierra. Como venían de lo alto, los aborígenes los adoraron como dioses y ellos, auxiliaron en su evolución a esas etnias.

Las distancias se van acortando y el hombre, en estos momentos ha salido al espacio, diría yo al patio de su casa, cosa que no es nada trascendental, comparado con lo que han logrado los viajeros espaciales, al visitarnos desde otras galaxias, ubicadas a años luz de distancia de la Tierra.

Los mayas en su momento, cuando estaban en el apogeo de su civilización, superaban a cualquier cultura conocida por un millar de años. Se fueron estando en la cúspide, en el año 820 d. C. ¿Dónde se fueron? Conocedores de lo que se aproximaba para México, se llevaron lo más selecto y sagrado, dejando aquí vestigios para que el hombre no pudiera negar su existencia, y unos pocos guardianes que sirvieron de custodios de esas reliquias. Los españoles se encargaron de matar a esos vigilantes para poner en su lugar títeres, manipulados por ellos, y destruir casi toda la historia, como lo atestigua los más de 3 mil códices quemados en una tarde por los ignorantes españoles.

El arqueólogo, Alberto Ruz de L’huiller, en 1949, descubre en el templo maya “Las Inscripciones”, bajo una escalera de 45 escalones, un sello oculto que daba a una gran piedra triangular.

Al remover los escombros, se encontró con una enorme tapa, sobre un sarcófago. La lápida mide 3.80 metros de largo, por 2.20 metros de ancho, con un espesor de 25 cms, y un peso aproximado de 5 toneladas.

En el interior se encontraba un esqueleto, con ricos atuendos que utilizaban los mayas para enterrar a sus reyes. La osamenta medía 1.70 metros, cuando la estatura de los mayas era de 1.50 metros. Desde aquí empieza lo que no checa con el momento de la época. Además, esos huesos pertenecieron a un individuo de rasgos caucásicos, lo cual no tiene nada que ver con los habitantes del Mayab.

Los mayas se incrustaban piedras preciosas en sus dientes, y la osamenta carecía de ellas, además de no tener deformado en la parte frontal su cráneo, como era la costumbre. Pero las ricas joyas que se apreciaban en su entorno, indicaban que se trató de un rey y se le llamó “Pakal”.

La antropología dice que se trató de un viajero espacial, como lo narra el científico ruso, Alexander Kazantev, quien al analizar el relieve que aparece en la tapa que cubre la lápida, dijo que se trató de un astronauta. Lo demuestra su posición reclinada, sentado en un asiento, con un cinturón de seguridad sobre la cintura. Los pies se apoyan sobre unos pedales, con controles al frente, una gran cantidad de tornillos, resortes, caños, tableros y palancas de mando.

Erich Von Daniken (escritor suizo), quien siempre defendió la hipótesis que somos visitados por seres del espacio exterior, describe a “Pakal” como “el ser que está sentado e inclinado sobre unos mandos, como un astronauta en su cabina de pilotaje”. El extraño ser lleva en su cabeza un casco, del que salen hacia atrás 2 tubos flexibles. Frente a su nariz, se aprecia un balón de oxígeno. Con ambas manos manipula unos controles. Con la mano superior abierta, parece hacer girar un botón para sincronizar algo con precisión, mientras que la mano inferior, está manipulando una palanca. Y el pie izquierdo, descansa sobre un pedal de varios niveles.

En 1969, la NASA hizo un análisis comparativo entre el relieve de la lápida de Pakal, con una nave espacial de la actualidad, y encontró 16 puntos similares, lo que no deja en duda que Pakal está tripulando una nave, bastante adelantada para su época.

No cabe duda que por más que se quiera tapar al sol con un dedo, es imposible esconder una verdad que a leguas se vislumbra. Los dioses que adoraron nuestros antepasados, fueron visitantes espaciales que desde hace milenios nos está visitando.

Para poder esculpir la lápida maya, quien lo hizo necesitó tener enfrente un modelo, y eso fue lo que plasmó en ese auto relieve, lo que estaba viendo en ese momento, la nave que utilizaba su dios para realizar sus viajes. Algo debió sucederle, ya que no pudo regresar a su casa, muriendo en la Tierra y siendo enterrado con todos los honores de un rey de la época.