Camaleón
Por Alfredo Bielma Villanueva
02 de septiembre de 2015

Si se equipara los fenómenos sociales con el funcionamiento del organismo humano, como quería Spencer, concluiríamos que de la misma manera en que un virus encuentra campo fértil en un cuerpo débil, así en el entorno social se producen fenómenos que se originan con causa en la debilidad del gobierno y/o la actitud pasiva de la sociedad. Tal ocurre con el caso de la estatua que el alcalde de Orizaba erigió a la memoria del dictador Porfirio Díaz, un evento de no menor importancia porque impacta contra concepciones históricas que el ser nacional ha venido cultivando desde la etapa posterior a la Revolución Mexicana de 1910, ese movimiento social cuyo centenario no ha mucho celebramos en memoria de quienes lucharon contra una feroz y longeva dictadura.

El gobierno de Veracruz, por debilidad política o porque está abrumado por sus problemas financieros, se ha mostrado ajeno a este asunto al optar por concederle un bajo perfil, pues ni en el sector educativo ni en el político se han manifestado para hacer patente la posición del gobierno respecto de la colocación de la estatua a Porfirio Díaz en territorio veracruzano. Hubo una tímida opinión de la Secretaria de Educación quien casi a hurtadillas expresó: “No se trata de satanizar (a Díaz), sino al contrario… Es importante para que a todos nos dé más por adentrarnos en la historia de nuestro país y los hombres que tuvieron puestos importantes…”. ¿Acaso quiso decir que a Huerta y Santana que desempeñaron “puestos importantes”, también habrá que levantarles una estatua “para adentrarnos en nuestra historia”?

No es el nuestro un trasnochado historicismo contra la referida estatua en Orizaba, tampoco un desgarre de vestiduras sobre un acontecimiento ya juzgado. Pero no es cualquier acontecimiento, se trata nada menos de unos de los cimientos sobre el que ha girado la historia de México de los últimos cien años. En nuestro caso, por lo menos existe curiosidad inquisitiva por saber qué ocurrirá con la instalación de una estatua que honra la memoria de un dictador de cuyos actos represivos en Veracruz y en toda la república existen dramáticas y atroces constancias. Una de ellas se produjo a escasos kilómetros de Orizaba, en Río Blanco, cuando la sangrienta represión obrera de 1907, semejante a la de Cananea en 1906. A partir de ahora ¿Qué significado se conferirá al homenaje en memoria de los caídos en aquella protesta laboral que figura en los anales de nuestra historia como una de las acciones precursoras del movimiento que derrocó al ahora homenajeado en Orizaba?

En el territorio veracruzano, en 1879, cuando Porfirio Díaz gobernaba al país en su primer cuatrienio, hubo en la ciudad de Veracruz una manifestación de adeptos a Sebastián Lerdo de Tejada, y el presidente de la república, homenajeado ahora, mandó un telegrama de contenido trágico al gobernador Luis Mier y Terán para que los matara “en caliente”. ¿Eso no objeta los motivos del homenaje en estatua?

Por si no bastara, es preciso recordar la terrible persecución que sufrieron los Tarahumaras durante la dictadura porfiriana, cuando miles de familias Tarahumaras y Yaquis se desintegraron porque hijos, esposos, mujeres y hasta niños fueron conducidos a los campos de explotación henequenera en Yucatán de donde ya no salían porque aquellos hombres de hierro en dos o tres años morían de cansancio, de sed y de hambre. También aquí cerca, en Paso Nacional existían esos campos de exterminio, en donde la producción algodonera requería de mano esclava, que en esa condición llegaban los perseguidos y castigados por el porfiriato.

En 1892, para acallar las soliviantadas protestas de la población Tarahumara de Tomóchic, en Chihuahua, defendiéndose en contra del voraz latifundismo, tropas del gobierno arrasaron con toda la población para dejar constancia de su “firme voluntad” de imponer el orden para el progreso.

Cuando en 1867 las tropas comandadas por el General Mariano Escobedo asediaban la ciudad de Querétaro con Maximiliano adentro y Porfirio Díaz hacía lo propio con la Ciudad de México, el general oaxaqueño no resistió su fruición de poder y le propuso a Escobedo dar un golpe de mano militar para compartirlo entre sí tras despojar a Juárez de la presidencia de la república.

Sufragio Efectivo, No Reelección ha sido la divisa del México postrevolucionario, se adoptó como un repudio subliminal a quienes por gozo de poder intentaran repetir lo que Díaz protagonizó con excelente actuación, sirvió para recordar que fue uno de los motivos torales del movimiento armado de 1910 que costó la vida de millones de mexicanos; y cuando Obregón olvidó que la reelección presidencial ya era fruta prohibida cayó víctima de sus aspiraciones reeleccionistas. Ese concepto lo enarboló Porfirio Díaz contra Juárez en 1867 cuando aspiró a la presidencia de México, lo volvió a ondear en 1871, otra vez contra Juárez, y en 1976 contra Lerdo de Tejada, a quien de plano despojó del poder. Paradójicamente, aquella obsesión anti reeleccionista se convirtió en seis sucesivas reelecciones en la presidencia de la república.

Hubo orden y progreso se dice para laurear a Porfirio Díaz, uno de los héroes de Puebla, continúa el panegírico, el que puso al país en la vía de su desarrollo económico a costa de menguar el desarrollo político, citan ferrocarriles, puentes y en un ciego balance le conceden la extrema unción. Olvidan que en la relación costo beneficio sale perdiendo ¿cómo evaluar una obra material que se hizo en 30 años de gobierno en base a los sacrificios del pueblo mexicano sumido en la extrema pobreza, en beneficio de una clase política corrupta y una burguesía que prosperó al amparo del poder ejecutando al extremo el darwinismo social? Porque eso fue el porfiriato, cuya cúpula elitista, la del poder económico y político, la de “Los Científicos” que enarbolaron el positivismo como fórmula ideológica que “vistió” una dictadura sangrienta, la misma que ahora enaltecen con una estatua.

“En política, la primera concesión es la que cuenta”, decía Venustiano Carranza para referirse a la necesidad de cambiar de raíz, destruir el viejo régimen y de esa manera evitar la restauración. Si esa estatua en Orizaba permanece enhiesta gracias a la actitud ahistórica e indolente de un gobierno, estaremos asistiendo al inicio de una reconfiguración de nuestros modelos y paradigmas históricos. “Crecer a costa de lo que sea”, pudiera ser el nuevo paradigma, Porfirio Díaz en eso es muy buen ejemplo.

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