Viernes Contemporáneo
Por Armando Ortiz
02 de septiembre de 2015

Un día recibí una llamada de Juan Antonio Nemi Dib. En esa llamada muy amable Toño Nemi me aseguraba que él no se había robado un solo peso del erario público. Yo no lo había acusado de ello, pero él quiso hacer hincapié en eso. De lo que un servidor lo señalaba era de su amistad con la ex vocera del duartismo Gina Domínguez. “Nunca voy a negar que es mi amiga”, me dijo Nemi; pero eso tampoco es un ilícito. Uno puede ser amigo de quien se le pegue la gana, faltaba más.

Después de eso recibí un mensaje de Nemi vía Radio Universidad. En un correo electrónico enviado al programa La Revista me involucraba en una campaña de difamación en su contra; sin pruebas decía. Formalmente nunca he roto mi amistad con Nemi, quizá porque formalmente nunca pactamos ninguna amistad. Nos veíamos en el programa de Jorge Saldaña y me divertían mucho las acaloradas discusiones que tenía con el querido Jorge. Nunca he dudado de la inteligencia de Nemi, celebré su llegada al gabinete porque pensé que el gobernador necesitaba gente como él. Su sueño, alguna vez lo dijo, era ser secretario de Gabinete; se le cumplió.

¿Pero qué pasó con Nemi? No me digan que nada porque el Nemi que yo conocía era incapaz de increpar a una persona con mentadas de madre: “¿Qué le estas preguntando a este hijo de la chingada?”, preguntó refiriéndose al secretario de Salud, Benítez Obeso. El Nemi que yo conocía sería incapaz de buscar en las cloacas del periodismo alguien que le ayudara a enlodar a sus adversarios.

El día martes por la mañana, en la guardia de honor a Miguel Hidalgo el secretario de Gobierno, Flavino Ríos Alvarado dijo a la prensa: “No te pueden juzgar mediáticamente. Primero hay que presentar las pruebas, hay que investigar, el Ministerio Público tiene que consignar, el juez tiene que decidir después, no puede ser que los medios te linchen y te hagan responsable”.

Toño Nemi debería entender muy bien estas palabras de Flavino. Quien lo acusa no puede ni debe hacerlo mediáticamente, como él tampoco debe atacar mediáticamente a quien lo acusa. Son las autoridades las que deberán dirimir el asunto pero siempre basándose en las pruebas que se presenten. La periodista que lo acusa presentó pruebas, si él está consciente de que esas pruebas son falsas, entonces la periodista quedará en entredicho y él saldrá como el ave de Díaz Mirón, sin mancha; pero es mala señal que el secretario ejecutivo del Consejo Estatal de Seguridad Pública acuda a la cita amparado.

Juan Antonio sabe que a un servidor lo acusaron de robar la correspondencia del domicilio de una funcionaria a la que acusé de corrupción y tráfico de influencias. Ella mandó a sus mujeres a acusarme de robo sin pruebas, yo acudí a responder esa acusación y salí de la delegación de la PGR sin ningún problema; ¿por qué?, porque no había pruebas. Sin embargo, a esa funcionaria la acusé con pruebas (tú conoces el caso Toño) y esas pruebas la hundieron.

Deja que las pruebas hablen Toño, ya basta de enlodar este caso. Tú dices que no tienes por qué probar tu inocencia, que quien acusa tiene que probar la culpabilidad del acusado. Pues ahí están las pruebas, finalmente las pruebas son las que acusan y ante ellas debes responder.

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