Por David Quitano
17 de septiembre de 2015

La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral.

José Vasconcelos

Algo que he aprendido en mi novel vida, es que cuando todo se torna difícil es porque hay oportunidades más claras cuando el tiempo campa. La sociedad mexicana ha sido contagiada de una mezcla voraz de negatividad como elemento motriz.

Sin duda, en cierta medida esa actitud ha sido alimentada de un combustible arraigado fundamentalmente por el dispendio y las excentricidades de algunos quienes nos gobiernan.

En un país que lo atañe una carencia de peso específico a la importancia del derecho en la forma de construcción de sus relaciones, es profundamente difícil exigir congruencia en el actuar; tiene tiempo que nuestro país no parece ser ni el gobierno de los hombres ni el de las leyes.

Somos una nación que la mueve la inercia de la mexicanidad, pero no con congruencia entre los diversos actores tanto públicos como privados, nos encontramos carentes de responsabilidad social en nuestra cotidianidad.

Ejemplificamos una sociedad que celebra un puente por fechas festivas, pero que también busca boicotear el festejo de las mismas, la congruencia no cabe en el grueso de la población. En la actualidad desde el servicio público se observa también personas escasas de institucionalidad y sentido del deber.

Quizás nuestros próceres no estarían tan orgullosos de lo acomodaticios que nos hemos vuelto, entendimos mal al derecho, no vimos su bilateralidad, tampoco concebimos que es imprescindible trabajar para edificar un patrimonio.

Seguimos guiándonos por el reflejo y hemos continuado dejando de lado la sustancia. La generación de la que soy participe y las que vienen están nulamente preocupados de la vida institucional, si acaso algo les llama la atención es por una actitud de lucro.

Se formó una sociedad que critica todo, con banalidad y con escaso sentido del deber. Gravita en una concha de morbosidad, están orando porque algo suceda para señalar, pero se mantienen impávidos por la mañana cuando el país reclama acciones firmes.

Deambulamos en las redes sociales, en los cafés y hasta en las bibliotecas en un desierto de perspectivas en las cuales no emerge la dialéctica, pero sí la diatriba. Carecemos de ideas, pero sobre todo de perspectivas.

Olvidamos que los mejores países alcanzan ese estatus porque cuentan con los mejores ciudadanos. Si queremos mejores gobernantes debemos ser mejores ciudadanos.

La mejor forma de eliminar la oscuridad, es con la luz del conocimiento. Hoy imprescindible refundar nuestra posición ante la vida y dejar de estar engullidos en el lamento.

Quizás lleguemos a un punto donde de verdad todo este mal, y paradójicamente sé que ahí sacaremos el pecho, mostraremos talento y garra. Pero ¿para qué esperar? ¿Por qué no comenzar ahora?

Si recordar es vivir, recordemos la grandeza de aquellos que movieron las arcas de una nación oprimida y subyugada, yuxtapuesta a intereses que solo dieron puntual avidez de lo que no queríamos.

Porque de seguir conduciéndonos con nuestra dinámica de indiferencia, seguro termináremos por difuminar todo lo alcanzado. A oscuros intereses le conviene que la sociedad no crea en nada y reniegue de todo, esa oscuridad tiene nombre, y ha generado más muerte y hambre que nada en el mundo se llama: populismo.

Recordando:

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