Por David Quitano
15 de septiembre de 2015

La legitimidad en el poder ya no proviene de un conjunto de normas jurídicas cualesquiera, sino que se basa en el reconocimiento al trabajo y a la protección de los ciudadanos.

Pedro Salazar Ugarte

Todo cambio de arquetipo en la forma de la integración presupuestal, puede ocasionar profundos cambios económicos y políticos en el seno de una sociedad.

Es bien sabido por los conocedores, que todas las medidas económicas están significativamente vinculadas con las decisiones políticas, y que por lo general existe una relación sistemática de causa-efecto, pues es una interacción multidireccional que fortalece o debilita la estabilidad política.

Para ello cabe recordar lo que mencionó muy bien Schumpeter en su Teoría del Desenvolvimiento Económico, “la totalidad de las relaciones económicas constituyen el sistema económico, lo mismo que la totalidad de las relaciones sociales constituyen a la sociedad”.

Hoy es importante distinguir los procesos políticos de los económicos, y no verlos como una simbiosis, para lo cual es preciso señalar que la optimización del gasto es un proceso sistémico.

Correspondiente al anterior posicionamiento, cabe recalcar que es para darle trascendencia a la forma en que se conducirá la administración pública a través de sus diferentes órganos a partir del Paquete Económico de 2016.

Dicho paquete contempla un gasto neto de 4 billones 746 mil 946 millones de pesos, con un ajuste a la baja de 221 mil millones de pesos, es decir, 1.15% del Producto Interno Bruto (PIB). Dicho ajuste hace ver que nuestro país juega con seriedad su papel en el contexto internacional.

Sobre todo porque da muestra que se está apostando a un fortalecimiento del mercado interno, cuando dentro de dicho paquete se salió del hermetismo al incluir a la iniciativa privada para su consulta.

Lo que sin duda queda a discusión, son sí fue correcta la reducción a ciertas partidas, y las cuáles van a impactar de forma más representativas en tales ajustes, sobre todo cuando la lucha contra la pobreza, la generación de empleos y la educación son rezagos que no pueden esperar.

Ante esa tendencia, uno hubiera deseado, entonces, que en el Presupuesto 2016 les recortaran a las dos Cámaras su gasto, y así no se generara tierra fértil para el populismo, como está aconteciendo actualmente a través medidas ficticias como donaciones de salario o que ellos mismo pagaran el uso de sus aparatos móviles.

Más cuando el entendimiento para la elaboración de un presupuesto base cero, surge con controversias, pero sin duda, como un profundo transmisor de funcionalidad en una nación que lo que ingresa no lo gasta correctamente.

Cabe mencionar que la base cero no llegó al legislativo. De acuerdo con la propuesta de Hacienda para 2016, la Cámara de Diputados recibirá prácticamente lo mismo que en 2015 (7,559 millones de pesos) y el Senado aumentará su gasto en 6.7% con respecto de 2015 (de 4,143 millones a 4,422 millones de pesos en 2016).

El anterior aspecto es el clásico “pero” que se encuentra en toda realización de accionar público. Por otro lado es digno de reconocer que no se apueste por el déficit, de lo cual en lo personal tenía mucho miedo.

Sin embargo la reducción del gasto es importante pero no suficiente, más cuando dichas políticas de contención requieren ánimo, voluntad política y talento.

Ahora sólo resta esperar que esa pequeña reducción presupuestal no trastoque las relaciones productivas, y que efectivamente el presupuesto base cero revise programa por programa y esto dé pauta a la verdadera eficiencia en el manejo de los recursos públicos de México.

En este contexto, es importante recordar, que en términos financieros para una economía media como la mexicana, deja más el equilibrio macroeconómico que la deuda. Por ello es importante establecer que el verdadero efecto multiplicador en un una economía como la mexicana se apuntala articulado los modos de producción y gastando bien lo mucho o poco con lo que se cuente.

Recordando:

  • Ratificación de Carstens sería un gran acierto.