Sin tacto
Por Sergio González Levet
 10 de octubre de 2015

Fue Vicente Fox el que primero lo empezó a usar en México, y sin saberlo seguía una moda que se estaba imponiendo en España, en donde algunas feministas recalcitrantes empezaron con la ocurrencia de que el idioma español era sexista, por la regla que dice que cuando nos referimos a un conjunto en el que hay los dos géneros, se debe usar el masculino como el que engloba a ambos.

Fox, que no pensaba lo que decía, empezó a usar graciosamente el “las y los” con la idea de que así le quitaba un ingrediente machista a su discurso (¡él, que no era más que un macho domado!), y de ahí su famoso y antigramatical “las y los mexicanos”, “las y los niños”, “las y los diputados”.

Si quería englobar a ambos, en correcto castellano debería haber dicho “las mexicanas y los mexicanos”, “las niñas y los niños”, “las diputadas y los diputados”, porque finalmente estaba discriminando los sustantivos femeninos con su expresión.

Toda esta discusión sobre el uso machista del lenguaje viene de una particularidad lingüística que explica concienzudamente Fernando A. Navarro en su artículo “Problemas de género gramatical en medicina” (se puede leer en el siguiente link: http://europa.eu/en/comm/translation/bulletins/puntoycoma/42/navarro.htm) y no resisto a citar el primer párrafo de su larga y docta exposición sobre el tema:

“Antes que nada, conviene dejar bien clara la distinción entre género y sexo. El término griego genoV designa tanto el género gramatical como el sexo de los seres vivos, pero no así la palabra castellana “género” (ni tampoco la inglesa “gender”, aunque actualmente se utiliza mucho, de forma incorrecta, con el sentido de sexo), que corresponde a un accidente gramatical y se aplica a las palabras, nunca a las personas. El género es, por así decirlo, “el sexo de las palabras”. La confusión entre género y sexo deriva probablemente del hecho de que las denominaciones de los dos géneros gramaticales, masculino y femenino, son idénticas a las de los dos sexos. Aunque en el mundo inanimado no cabe posibilidad alguna de confusión (nadie pensaría que el paludismo sea un macho y la gripe una hembra), en el mundo animado es frecuente que los hablantes estén convencidos de que las palabras de género masculino se aplican a personas o animales de sexo masculino, y las palabras de género femenino, a personas o animales de sexo femenino. Es cierto que muchas veces coinciden uno y otro, pero no siempre sucede así. Por ejemplo, en la expresión “Juan es un investigador pésimo, pero una bellísima persona”, los adjetivos pésimo y bellísima, de género masculino el primero y femenino el segundo, hacen referencia ambos a una misma persona de sexo masculino. Por otro lado, una misma palabra de género masculino, como cardiólogo, puede aplicarse, según el contexto, a una persona de sexo masculino (“Juan es cardiólogo”), a un conjunto de personas de ambos sexos (“todo cardiólogo debe actualizar sus conocimientos”) o a una persona cuyo sexo se desconoce todavía (“espero que en este hospital haya un cardiólogo de guardia”).

No confundir, pues el “género” con el “sexo”, ni caer en esas mafufadas feministoides a que era y sigue siendo tan aficionado el presidente de la lengua suelta y alocada.

¿Las y los…? ¡Bah!

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