Viernes Contemporáneo
Por Armando Ortiz
02 de octubre de 2015

Todo empezó por una injusticia. El ejército, al que ahora todos debemos reverenciar, invadió la vida de la comunidad universitaria. Los estudiantes habían estado desde semanas atrás denunciando el acoso, siendo descalificados en los medios de comunicación, cumpliendo una estrategia del gobierno, acusándolos de comunistas, de terroristas.

Todo empezó con una injusticia. Cada marcha que convocaban los estudiantes, a los que se habían sumado los maestros, y muchos ciudadanos, era vigilada, acosada, reprimida por el ejército. Marcelino García Barragán, entonces secretario de la Defensa, se quiso hacer responsable de esa represión y un día, cínicamente lo confesó: “El comandante responsable soy yo”. Con ello trató de encubrir al verdadero criminal, un sujeto lleno de complejos, que sólo conocía la fuerza, porque la razón le quitaba el sueño: Gustavo Díaz Ordaz.

Todo empezó por una injusticia. Por eso el 2 de octubre no es una fecha más. Es el recuerdo de miles de golpes, miles de balas, de gases lacrimógenos; es el recuerdo del odio de un presidente que pensó que la historia lo iba a exonerar.

Todo empezó por una injustica. El “Batallón Olimpia”, ahora lo sabemos, inició los disparos y el ejército, con la excusa de defenderse, disparó arteramente, cobardemente, criminalmente, contra los manifestantes, contra el grupo de personas, de hombres, mujeres, niños; el ejército asesinó a quienes debía resguardar. Por eso me dan miedo los soldados, porque en el ejército les lavan el cerebro y les obligan a obedecer sin siquiera pensar en si es correcta o incorrecta la orden que deben ejecutar.

Todo empezó por una injusticia. Una madre, después de la matanza, se puso a buscar el cadáver de su hijo y le contó a la Poniatowska que al menos encontró 65 muertos y ninguno era su hijo. Con suerte a su hijo lo estaban golpeando los soldados, lo estaban desnudando, humillando; con suerte a su hijo lo llevaron a Lecumberri, con suerte a su hijo le fincaron cargos por terrorismo y años después lo dejaron en libertad.

Todo empezó por una injusticia. Por eso no debemos ser injustos y pensar que el 2 de octubre solamente es un día para pintarnos la cara, para lanzar consignas en contra del gobierno, para marchar y demostrar que somos muchos.

Todo empezó por una injusticia. El 2 de octubre esperamos que el gobierno, junto con el ejército, entienda que si todo empieza por una injusticia, nos volveremos a levantar. Ahí están los maestros, de pie, enfrentados al gobierno que les quita garantías, que violenta su empeño, que los insulta llamándolos flojos, revoltosos.

Todo empezó por una injusticia. El gobierno utiliza la misma estrategia que en 1968. Sigue utilizando a su perro fiel, el periodista pagado, el comunicador que tergiversa la verdad; el gobierno sigue utilizando la fuerza, la intimidación; el gobierno niega el diálogo y protege a los corruptos.

Todo empezó por una injusticia. Parece broma, pero el 8 de noviembre el gobierno proclamó el 2 de octubre como día de duelo nacional, proclamando a los que fueron reprimidos y murieron, como “mártires de la democracia”. Lloran y se lamentan por los que mandaron golpear, por los que el ejército asesinó; mientras tanto, en este preciso momento, siguen cometiendo los mismos errores, los mismos crímenes, para dentro de 45 años ponerse a llorar otra vez por los “mártires de la democracia”.

Todo empezó por una injusticia. El 2 de octubre conmemoramos, no festejamos; el 2 de octubre nos llenamos de tristeza, no de júbilo; el 2 de octubre nos da fuerzas, no nos hace débiles; el 2 de octubre no esperamos golpes, esperamos una disculpa.

Todo empezó por una injusticia. 2 de octubre no se olvida.

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