Camaleón
Por Alfredo Bielma Villanueva
30 de octubre de 2015

 

Durante los primeros 80 años del siglo XX, mientras las naciones del centro y sur del continente americano dirimían sus diferencias políticas y cambios de gobierno en base al sonoro rugir del cañón y en no pocas ocasiones hasta con la ominosa presencia de los “boinas verdes” del “centinela de América”, en nuestro país a partir de 1928 el imperio de las instituciones ha venido de menos a más, lentamente pero en el marco de la normatividad vigente. Es el fruto que pregonó Plutarco Elías Calles en 1929, cuando sembró la semilla del Partido Nacional Revolucionario, mismo que se convirtió en Partido de la Revolución Mexicana en 1938 y que por el avatar de los acontecimientos permutó de nombre y orientación a Partido Revolucionario Institucional, en 1946: “orientar definitivamente la vida política del país por rumbos de una verdadera vida institucional, procurando pasar de una vez por todas de la condición histórica del <país de un hombre> a la de <nación de instituciones y de leyes>”. Gracias a ese fenómeno histórico México logró sus relevos gubernamentales a través de procesos electorales que, aunque no exentos de artimañas y fraudes, permitieron alcanzar las alternancias de manera pacífica y sin trastornos sociales en los procesos electorales de 2000 y 2012.

A partir de la efeméride nacional de 1929 el Sistema Político Mexicano ha mantenido la estabilidad tras superar serias convulsiones a su interior, como lo fueron las candidaturas oposicionistas de Almazán y Henríquez en 1940 y l952, respectivamente, logrado “convencer” a las cabezas opositoras con prebendas traducidas en cotos de poder y canonjías explicablemente enriquecedoras; “plomo o alas”, como calificó Narciso Bassols a la receta aplicada al inconforme para atemperar ánimos y así poder sentar las bases de un país en tránsito del feudalismo hacia el capitalismo.

Dentro de ese largo proceso de evolución política, a partir de cuándo la Revolución se bajó del caballo para treparse al Cadillac, se encuentran episodios aleccionadores, dignos de referirse porque aportan luz para entender lo que ocurre en el enorme mosaico sociopolítico de nuestro país. Por caso, en el ámbito periodístico, de entre quienes deambulan en la “tercera edad”, ¿quién no recuerda la revista Política que dirigía Manuel Marcué Pardiñas cuya actitud crítica, atípica y temeraria para ese tiempo, dejó profunda huella del acontecer de su tiempo? El escenario en el que trabajó “Política” se dio en el marco de fin de gobierno de López Mateos y la primera mitad del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, la etapa cúspide del presidencialismo autoritario y represivo, por tal razón “hizo época” al traducir en sus páginas una visión diferente a la que el gobierno intentaba reflejar entre la opinión ciudadana; obviamente, la libertad de que Política hizo uso para expresar una versión diferente y hasta disidente era inusitada y destacable en el ramo periodístico de su tiempo, sobrevivió de 1960 a 1967.

Tras el inexcusable correr del tiempo, “Política” se constituye como un ejemplo paradigmático del ejercicio periodístico asumido en condiciones verdaderamente difíciles, pues el delito de “disolución social” significaba una moderna Espada de Damocles pendiendo sobre la cabeza del disidente. No obstante, y a pesar del régimen represor, casi retadoramente “Política” publicó entre sus ya históricas portadas una en la que se parodiaba al presidente de la república mostrando la imagen de un niño despedazando un muñeco entre sus manos, el juguete tenía la forma de la república mexicana (En tiempo aparte, la Revista ¡Siempre! también publicó idea semejante).

Por asociación de ideas, y por las evidencias de cuanto está ocurriendo en la república mexicana- situación de la que no escapa la entidad veracruzana- esa portada resulta evocadora.

Han transcurrido los años, México padece desigualdades sociales, la pobreza es crónica, los prohombres de la política carecen de crédito público, lo que discursean es puesto en tela de duda y, como decía Calles: “No hay personalidad de indiscutible relieve, con el suficiente arraigo en la opinión pública y con la fuerza personal y política bastante para merecer por su sólo nombre y su prestigio la confianza general”. ¿Qué ha ocurrido, retrocedimos o sólo hemos dado un paso hacia atrás para brincar al futuro y situarnos en el lado correcto, del genuino funcionamiento de las instituciones? Son temas para la reflexión, porque cuando lo que un político de la estatura de Calles expresó hace casi un siglo cobra vigencia, es señal preocupante de que se requieren cambios de mayor calado.

¿Podrán nuestros llamados políticos, la demeritada clase gobernante, asumir que aspiramos a “…..un país institucional en el que los hombres no fueran, como no debemos ser, sino meros accidentes sin importancia real, al lado de la serenidad perpetua y augusta de las instituciones y las leyes”, como dijera Calles en 1928? Quizá no sea tan fácil comprenderlo así por quienes acceden al poder con ánimo patrimonialista, que sólo buscan posiciones de gobierno para el enriquecimiento ilícito; desafortunadamente esa fauna ha proliferado con desmedido entusiasmo en muchas entidades del país, y desafortunadamente Veracruz no es la excepción.

 

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30-octubre-2015.