Línea Caliente
Por Edgar Hernández*
28 de octubre de 2015

Cada año, hace tres lustros, regresa a mi memoria a Fernando Gutiérrez Barrios; no sé, tal vez por necedad, acaso por necesidad, pero sin duda el devenir histórico me obliga a evocarlo, por sus enseñanzas, por el legado que deja a la república o por ese olvido intencionado de quienes hoy detentan el poder.

Imposible, pues, olvidar al hombre institución, al hombre leyenda, al más informado, al poseedor de los archivos confidenciales de la vida y obra de  políticos de tres generaciones.

Hoy, como cada año, honro al centinela de la república. Ese político tan amado como temido, el de la mano de hierro con guante de terciopelo que sirvió a la república por más de cinco décadas y que este fin de semana se cumplen 15 años de su desaparición física.

Hoy, de cara al desdén oficial, una ceremonia inocua, como desde hace once años, dará cuenta de su ausencia del escenario político. Acaso los barones del poder responden a un empeño malintencionado por esconder la vida y obra del llamado  “Caballero de la Política”.

Acaso sigue sin convenir regresar a nuestros tiempos ese patriotismo hoy tan alejado de las prioridades gubernamentales, ese intencionado olvido de su honestidad que lo marcó; ese vivir en la medianía republicana y la entrega que nos legó quien dio lo mejor por Veracruz en tan solo dos años.

Tal vez para algunos su legado al paso del tiempo se ha desdibujado. Acaso intencionalmente se le soslaya y desprecia.

Imposible, sin embargo, hacer a un lado al hombre institución, al hombre leyenda, al más informado. Al poseedor de los archivos confidenciales que contenían vida y obra de los políticos de dos generaciones, al centinela de la república. Ese político tan amado como temido, el de la mano de hierro con guante de terciopelo que sirvió a la república por más de cinco décadas.

Fernando Gutiérrez Barrios estará por siempre en la memoria de sus amigos y también de sus enemigos.

Y es que de don Fernando no se ha dicho ni escrito lo suficiente. Acaso se responde a un empeño malintencionado por esconder la vida y obra del llamado  “Caballero de la Política”.

Pero nunca será necio el recuento.

El regresarlo al presente tal vez sea útil para que las nuevas generaciones comprendan quien fue Fernando Gutiérrez Barrios. A 15 años de su desaparición física lo seguimos escudriñando en sus  claroscuros “porque la política no la hacen damas de la caridad, sino los hombres”, decía.

Ello al igual que su empeñó por servir a la república de día y de noche… “A descansar al panteón, ahí tendremos mucho tiempo”, sostenía.

Sirvió al sistema por más de cinco décadas y se le sigue extrañando; esa capacidad de gestión en momentos en que la república estaba tan convulsa.

Acaso el sistema político nacional no estaría tan polarizado si se recordara la premisa de privilegiar la negociación, el respeto al disenso, el abrir paso a la pluralidad, así como poner fin al poder vertical.

Para estas generosas tierras, cuna del liberalismo, solo fueron dos años de gobierno -1987-1988- donde el dilema era determinar qué perduraría más en el pueblo: la obra política o la obra pública.

Se decidió por la primera.

Siempre discreto, político de resultados, este jarocho, nacido a finales de los 30 -del siglo anterior- le tocó vivir y participar en los más importantes cambios políticos, y sociales de la segunda mitad del siglo XX.

En ese escenario, ahí enhiesto y con resultados, se mantendría este hombre de aspecto zorruno, de mirada enigmática y presencia impecable -como diría Aguilar Camín- “de galán de los cuarenta”.

A don Fernando se le recuerda desde la época de Miguel Alemán padre. Es quien lo llama para que forme parte de un grupo de élite responsable de la seguridad presidencial.

Así, el joven cadete del Colegio Militar, con grado de capitán, se incorporaría a lo que después serían las Guardias Presidenciales y la Sección 2 con Adolfo Ruiz Cortines, en el marco de una larga guerra fría donde cobra el auge el espionaje.

Tocaría al veracruzano organizar los servicios de inteligencia e investigaciones políticas y es en ese escenario cuando, a finales de los cincuenta, siendo presidente Adolfo López Mateos, empieza a transitar por las páginas más importantes de la historia de México por su relación con la guerrilla que encabezaba Fidel Castro.

Para Gustavo Díaz Ordaz era primordial tener todos los días en audiencia al director de la Federal de Seguridad, antes que recibir a sus secretarios de Estado. Don Fernando era el pulso.

Ya desde entonces el ilustre porteño era considerado el hombre más informado de México.

Es por ello que en los siguientes dos sexenios, los de Luis Echeverría y José López Portillo, lo ungen como subsecretario de Gobernación responsable de la seguridad nacional e integración territorial.

Para Gutiérrez Barrios el dinero nunca fue lo más importante. Vivió parte de su vida familiar en la colonia Roma. Y sería hasta la llegada a la Presidencia de Luis Echeverría en que se le ordena residir en el viejo pueblo de San Jerónimo, al sur de la ciudad, justo al lado de la casa de las “Palomas” habitada por la familia Echeverría.

Gutiérrez Barrios nunca se amafió con personajes de la política para saquear a la nación, cambiar de partido o tolerar una pretendida reelección de Salinas.

Fue asimismo un persistente defensor del Estado laico.

Fue un autodidacta de la política. Carecía de título profesional, aunque invariablemente sostenía que “no seré el más inteligente, ni el más preparado, pero sí el más tenaz”.

En 1982, al dejar Gobernación marchó a Caminos y Puentes Federales. Muchos creyeron que era el retiro disfrazado, la jubilación… la tumba. 

Pocos, muy pocos, olerían que desde ahí se pavimentaría el camino a Veracruz. “En política no hay muertos-muertos”, decía con sorna. “Y yo soy como la humedad, que no me dejen pasar porque ya no me sacan”.

Vino la campaña, la toma de posesión y al pie de ese enorme despacho teniendo como marco la bandera, el escudo y una efigie de don Benito Juárez, el flamante gobernador dijo:

¡”He servido a la república por más de tres décadas; ahora toca a mi tierra!”.

A don Fernando le gustaba servir. Estar en contacto con la gente. Ocasionalmente tomaba un par de tragos de Appleton State los fines de semana; también le gustaban las “manitas de cangrejo” y esa gaseosa, Sarasa. El no cantaba ni en la ducha, pero le gustaba silbar.

“¡Solo rindo cuenta a los veracruzanos!”, decía este pulcrísimo hombre a quien jamás oí proferir maledicencias o amenazas. “Eso me lo enseñó mi padre”, un viejo revolucionario, villista, amante de la puntualidad… y hablarle de usted a la gente”.

En 1988, el 30 de noviembre, en el marco de su segundo informe de gobierno ante 28 gobernadores y de cara al pueblo veracruzano informa que ha sido invitado por el presidente de la república para ocupar la Secretaría de Gobernación.

Los tiempos por venir serían tan intensos como difíciles. Siempre de trabajo de alto riesgo, pero también de celo y envidia. Los entonces “tecnócratas del salinato” le echaron montón.

Un 7 de enero de 1993 en tránsito de su casa de San Jerónimo a Bucareli, a las nueve de la mañana, recibió una llamada de Los Pinos. A las 10:30 hacia pública su renuncia.

En los siguientes meses el gobierno se descompuso. La república también. Sobrevinieron los magnicidios de Posadas y Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, escandalosamente ajusticiado. Apareció la guerrilla. Se devaluó el peso. El país se le deshizo de las manos a Salinas.

El equilibrio se había roto.

Con Zedillo las cosas no fueron mejor. El presidente de las filias y las fobias siempre odió a este experimentado político. No lo quería. Su experiencia política le molestaba. Por ello desde la estructura de poder le organizaron a Don Fernando un plagio el 17 de diciembre de 1997.

Al final de la pesadilla zedillista que termina con la entrega del poder a la reacción, nuestro personaje juega la senaduría. Arrasarían en votación histórica dejando en ridículo al gran traidor, Dante Delgado.

Un año después, el martes 31 de octubre del 2001, una noticia sacude a la república: “Fernando Gutiérrez Barrios muere y se lleva a la tumba secretos de Estado”.

Tiempo al tiempo.


*Premio Nacional de Periodismo

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