Claroscuros
Por José Luis Ortega Vidal
07 de octubre de 2015

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En el 2004, durante la segunda parte del sexenio del Presidente Vicente Fox, se impulsó el proyecto Fénix en torno al sector petroquímico mexicano.

Rafael Beverido, un ingeniero químico nativo de Córdoba, Veracruz y director de PEMEX Petroquímica desde el año 2001, impulsó esta idea que no se pudo concretar ni en Altamira, Tamaulipas, ni en Coatzacoalcos, Veracruz –sedes a elegir- entre otros motivos por razones políticas.

Luego de que en las décadas de los 60s y 70s, cuando se hicieron grandes inversiones de parte del Estado mexicano en el ramo petroquímico, esta industria prácticamente fue abandonada y debido a tal circunstancia se ha perdido una gran riqueza nacional que debió contribuir a evitar buena parte de las crisis que padecemos desde hace –por lo menos- 35 años.

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El Complejo Petroquímico Escolín, en Poza Rica, así como los de Cangrejera, Morelos y Pajaritos en Coatzacoalcos, se rezagaron en tecnología y actualización del capital humano a los niveles que ha ido demandando el mercado internacional del ramo durante las últimas décadas.

Más aún: en conjunto, estos complejos han sido incapaces de atender la demanda creciente de materia prima industrial en el ramo petroquímico, lo cual colocó a México en la paradoja de ser un país líder en recursos naturales energéticos pero un obligado importador de materia petroquímica y sus derivados.

No sólo debemos importar gas natural; sino materia prima industrial y las manufacturas que se derivan de ésta.

En esta cruel realidad, la de ser incapaces de abastecer la demanda interna de materia prima industrial en el sector petroquímico -no obstante poseer una gran riqueza natural al respecto- y al mismo tiempo ser incapaces de agregar valor a nuestro petróleo y gas porque no contamos con suficiente industria manufacturera, se nos ha sido el siglo XX y llevamos casi una quinta parte del siglo XXI.

El México desarrollado en zonas como el bajío y parte del norte y al mismo tiempo empobrecido en el Sur y también en algunas regiones del centro y del propio norte, no debiera serlo tanto si hubiésemos aprovechado mejor nuestros recursos naturales en el sector petroquímico.

La de Petróleos Mexicanos no sólo es una historia de corrupción de grupos de poder que han manejado el gobierno a lo largo de más de 7 décadas tras la nacionalización del petróleo de parte del Presidente Lázaro Cárdenas del Río.

También, la riqueza del subsuelo patrio se perdió en manos de líderes sindicales corruptos y políticas de trabajo erróneas: disfrazadas de un falso nacionalismo, de una visión técnica rebasada por coyunturas de interés mezquino y de un mito: el de la riqueza petrolera que se creyó inagotable y que hoy reconocemos como no renovable y operada con mecanismos de explotación obsoletos.

De la jauja disfrutada por unos cuantos al dolor de ver generaciones y generaciones de mexicanos perdidos en la pobreza y la ausencia de un futuro firme que garantice su desarrollo.

Así hemos vivido en nuestro país y particularmente los habitantes de las regiones petroleras este drama de ser dueños de una vaca muy gorda que creímos eterna y en lugar de cuidarla nos la hemos ido comiendo a pedazos, de manera tan mezquina como idiota, tan falta de visión y previsión como corrupta, tan ruin como peligrosa.

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El corredor Poza Rica-Tampico, con su paso por Tuxpan y la huasteca veracruzana, alguna vez llamada la faja de oro, luce hoy en día literalmente hecho pedazos.

El desempleo, la inseguridad, la creación de un Estado Paralelo de parte del crimen organizado que siempre estuvo allí pero se le permitió vivir, crecer, empoderarse, representan la cruda cruel de una juerga que –se pensó- nunca terminaría…

Al respecto, hay que remitirse a Juan N. Guerra y su historia que deviene Cartel del Golfo y Zetas para visualizar a cabalidad la tragedia que se vive en el norte de Veracruz y en Tamaulipas.

En lugar frenar al crimen y fortalecer al mismo tiempo la infraestructura carretera, portuaria, aeroportuaria, a fin de haber impulsado el sector manufacturero aprovechando las materias primas que otorgaba la naturaleza, se le dejó explayarse y hoy se le intenta frenar con policías, cuando su origen y poderío está en el andamiaje social.

 

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Una canción popular: “Tampico hermoso” –de Samuel Margarito Lozano Blancas describe lo que fue un paraíso económico y que hoy se observa como un desastre económico/social/histórico, consecuencia de la falta de aprovechamiento y previsión: las vacas no siempre están gordas, a menos que se les atienda, se les cuide, se les críe adecuadamente.

Tampico hermoso ¡Oh puerto tropical!

Tú eres la dicha, de todo mi país

Y por doquiera de ti me he de acordar,

Por tus tesoros, al pobre haces feliz…

Son tus campiñas petroleras un primor,

Miles de obreros ahí encuentran protección

Con las riquezas que tienes en derredor,

Eres orgullo de todita la nación…

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Poza Rica, Tampico, Coatzacoalcos, Minatitlán, tienen una historia común: la del hallazgo de petróleo y la migración que esto conlleva por el boom laboral y económico que genera. Esto es la fiesta.

En este conjunto de ciudades, en contraste, el boom petrolero no se traduce en futuro planeado, en aprovechamiento técnicamente eficaz de los recursos naturales, sino en corrupción, corrupción, corrupción, tanto del lado oficial como de la estructura sindical. Esto es la borrachera de la fiesta.

El resultado siempre es el mismo: debilitado el recurso natural, colocada nuestra industria petrolera y petroquímica en el ámbito de la competencia internacional sin las herramientas necesarias para enfrentar a rivales actualizados, poderosos financiera, jurídica y políticamente, acabamos perplejos, preguntando si alguien anotó las placas del camión histórico que nos aplastó; acabamos con índice de pobreza imperdonable; con grados de violencia brutales; sin empleo, sin educación, sin salud suficientes. Esto es la cruda y resulta espeluznante.

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Lo peor que nos puede ocurrir es no entender que ese camión hemos sido nosotros mismos; que nos hemos arrollado en nuestros excesos de impunidad y corrupción y que lo seguimos haciendo.

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No es posible entender el tema de las zonas económicas especiales -anunciado por Enrique Peña Nieto el pasado 29 de septiembre- sin echar un vistazo a esta historia y sus detalles, para evitar repetirla y para asumir la responsabilidad que nos toca como sociedad y como gobierno, para dejar de estar tan jodidos en un contexto que –a pesar de todo- sigue siendo naturalmente tan rico.