Fernando Vázquez Rigada

 

El ejército está inquieto. Declara. Se defiende. Alerta. Usa los canales institucionales, pero ahora también los mediáticos. Rompe las tradiciones. Ya no padece en la soledad de los cuarteles el desespero: lo grita.

Desde el último desprendimiento político militar para enfrentar la candidatura de Adolfo Ruiz Cortines a la presidencia por parte de Miguel Henríquez Guzmán, las fuerzas armadas han mantenido un rol acotado, institucional y a menudo silente en la vida nacional. Su papel ha sido el de salvaguardas de la seguridad nacional y de ayuda a la población en casos de desastre.

Hasta que, hace algo así como dos décadas, todo cambió.

Hacia el sexenio de Enrnesto Zedillo, el ejército comenzó a tener un rol preponderante en el combate al crimen organizado. La podredumbre policiaca no fue, ni ha sido, resuelta: fue sustituída. El camino fácil no es, con frecuencia, el mejor. Nunca se limpiaron, profesionalizaron y centralizaron las policías. Jamás se les dió autonomía del enfoque político de los asuntos. La lógica ilógica fue: dejemos que continúe la corrupción desbordada y pestilente en los cuerpos policiacos y metamos al ejército para que persiga a los delibcuentes que la policía protege.

Con Vicente Fox, como tantas otras cosas, el modelo no cambió: se agudizó. Fox tomó la peor ruta: sacar al ejército de los cuarteles.

Olvidó que lo difícil no es mandar a la tropa a las calles: es retirarla.

El colmo llegó con Felipe Calderón. Ahí ya no solo se le encomendó al ejército la seguridad pública, sino que se le dió el rol de sostén de la gobernabilidad, el presidente rodeado de símbolos castrenses para apuntalar su legitimidad.

La segunda alternancia no modificó nada, aunque hay un cambio que arrancó tras la segunda mitad del sexenio de Calderón: ahora se involucró también a la marina armada.

Los señalamientos por violaciones presuntas a los derechos humanos, por uso desmedido de la fuerza, por privilegiar la dureza sobre la pericia policial, se repiten. Claman los extremos juzgar y castigar a los militares por violar las leyes que norman la procuración de justicia y el debido proceso. Los dolientes demandan inspeccionar los cuarteles. Comisiones internacionales piden interrogar a los militares mexicanos.

En suma: se pide al ejército lo imposible. Lo que no se puede, ni se debe, conceder.

Las fuerzas armadas son la médula espinal de los países. Su disciplina y formación poseen una lógica de obediencia, cohesión y confianza mutua para defender al país. El valor supremo es la lealtad: a la patria, sí, pero también al compañero y al superior. En la fuerzas armadas no se toelran errores menores porque, de hacerlo, recuerda Colin Powell, se promueve la tolerancia a inefiencias mayores que tienen un alto costo. Cuestan la vida del compañero. El exito de una misión. El prestigio del país.

Le hemos pedido a las fuerzas armadas lo imposible. Como pedirle a un avión transitar velozmente en tierra por una carretera libre.

Una organización ideada y entrenada para la guerra es juzgada por los parámteros de paz. El conflicto bélico tiene sus propias reglas: crueles y duras. Es impensable la aplicación de las convenciones internacionales de la guerra a un país en paz. Son reglas excepcionales acordadas internacionalmente para un estado de violencia excepcional que es la guerra. La guerra tiene un objetivo: el abatimiento del otro mediante el uso de la fuerza. Las fuerzas armadas están moldeadas bajo la perspectiva del uso estratégico y táctico de la fuerza, no del derecho.

No justifico, por supuesto, los excesos. Si se cometen delitos, se debe proceder. Señalo simplemente que la presencia de los miembros de las fuerzas armadas en las calles es políticamenté insostenible. Los soldados, los marinos, no son policias, ni ministeriors públicos, ni investigadores civiles. Mucho menos visitadores de los derechos humanos.

La confusión entre seguridad pública y seguridad nacional ha sido fatal.

México ha debido padecer la evaporación de muchos prestigios. No podemos darnos el lujo de perder el de nuestras fuerzas armadas.

Las expresiones de inquietud del General Secretario Cirnfuegos deben ser tomadas con abosluta seriedad y consideradas en sus méritos.

La actuación de las fuerzas armadas en el ámbito de la seguridad pública están sostenidas con alfileres jurídicos. No hay normas que les otorguen a los soldados lo que las organizaciones piden para los otros: certeza jurídica.

Es decir: les pedimos que nos protejan, que utilicen los sistemas de inteligencia castrense, que usen su poder de fuego y que se mueran por nosotros sin darles garantías legales, criticándolos y demandándoles garanticen el debido proceso de quienes les cazan y torturan.

Se trata, claramente, de una dilema legal y más: también moral.

Mantener en esta indefensión a los oficiales y tropa no solo es un error: es injusto.

Hay una solución y solo una a este conflicto, antes de que se convierta en uma crisis terminal: tener una ruta clara, contundente, breve y urgente que regrese a los militares a los cuarteles.

La postura del poder público de tolerar cientos de Abarcas, de Aguirres y de pseudo políticos que subastan la tranquilidad de los territorios que deben proteger, para luego demandar una acción mesurada de las fuerzas armadas es una postura lamentable, cínica y comodina.

He vivido en Estados Unidos. He sentido el orgullo de su población por sus mandos militares. El prestigio. El orgullo.

Han cometido errores, por supuesto. Han sido juzgados por ello. Pero jamás se ha puesto en duda su integridad y patriotismo.

Sé que hay excepciones, pero tengo recuerdos emotivos de la marina armada y del ejército mexicano.

De niño mi abuelo me llevaba a un lugar cercano a ver el pase de bandera. Viví, sociedad y ejército, el momento triste y confuso del 1985 que arrasó en el DF edificios, futuros, vidas. Cualquier veracruzano ha aprendido a respetar la ley ante la presencia de un marino. He visto las imágenes de los soldados de México rescatando niños en cualquier rincón del país en inundaciones, explosiones, huracanes, sequías.

Esas nuestras fuerzas, y no podemos perderlas.

@fvazquezrig