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* César Camacho se niega a defenderlo * Es “testigo distante” de los gobernadores * El líder de los diputados priístas evade el conflicto * Yunes Linares, a la Comisión de Seguridad * La policía, la tortura, la extorsión * Patricia Peña, la favorita de Callejas * Vanelly y los aviadores * A otros los despiden; a ella no

César Camacho, líder de los diputados priístas evade el conflicto político en Veracruz. Deja solo, como muchos otros, al gobernador Javier Duarte de Ochoa. “Yo soy un testigo distante de la gestión de los gobernadores”, afirma. Sucede así con los muertos  políticos. Nadie los quiere cerca, nadie se quiere contaminar.

Tácitamente, César Camacho manda al diablo a Javier Duarte. Lo evade. Dice ser “testigo distante” de lo que hagan los gobernadores, increpado el de Veracruz por los dos senadores priístas y por media población, por sus tretas y excesos, por el saqueo y el caos político. Y sin decirlo, acusó que el gobernador apesta.

Sucede así con los muertos políticos. Nadie los quiere cerca. Nadie se quiere contaminar. Nadie estira la mano y la acerca a la hoguera de la verdad.

Ve de lejos César Camacho el conflicto entre Javier Duarte y los Yunes rojos, los del PRI, Héctor y Pepe, que en su aspiración al minigobierno de dos años han enfrentado la mala leche del gobernador.

Héctor Yunes Landa, el de Soledad de Doblado, punza con una expresión coloquial: los veracruzanos, los del norte y los del sur, donde uno vaya, “la gente está harta, moletas, agraviada por todo lo que pasa con las finanzas, con la corrupción, con la inseguridad”.

Pepe Yunes Zorrilla, el de Perote, se va por el tema financiero: “Hay un sobreejercicio del gasto de operación que ha ido creciendo y ha provocado desvío de recursos, como lo ha señalado la Auditoría Superior de la Federación”.

Dicen más. Fustiga Héctor Yunes a un Javier Duarte al que por más de cuatro años colmó de elogios, le halló virtudes, destacó su triunfo en la elección de 2010, pese a las evidencias de fraude contra el panista Miguel Ángel Yunes Linares, su primo, en un episodio, según el choleño, que dignifica la democracia.

Acusa Pepe Yunes que el caos financiero al que Javier Duarte llevó a Veracruz es producto de la terquedad. No ajusta el gasto público, la operación del gobierno, el desenfreno. No mitiga el déficit de 800 a 900 millones de pesos al mes, cubierto con más endeudamiento.

Uno y otro hurgan en el desastre duartista. Héctor Yunes habla de la corrupción, el tema toral de Veracruz, que “no debe tratarse con ligereza ni con burlas porque, además de saqueada, la sociedad veracruzana percibe el escarnio que hacen de esto los responsables de la corrupción y de la impunidad en Veracruz”

Y agrega:

“Tiene a la Auditoría (Superior de la Federación) encima y dice que sólo hay que justificar unos números”.

Pepe Yunes lo lleva al tema de las finanzas. Dirime su conflicto donde se supone que Javier Duarte es una estrella. Argumenta el senador que antes que incrementar impuestos, debe aplicar antes la reingeniería, reducir gastos.

Si acude al refinanciamiento de la deuda, debe adelgazar el aparato de gobierno. Si no, los recursos de los créditos se van al pago de los adeudos.

Javier Duarte responde con sorna, con escarnio, con provocación. A Héctor Yunes, que había avizorado que va por los “peces gordos” de la corrupción duartista, le obsequia una caña de pescar. A Pepe Yunes le recuerda que ambos, siendo diputados federales, aprobaron el incremento al IVA y ahora impulsó la reforma hacendaria del presidente Enrique Peña Nieto.

Su caso es único en el país. Ningún senador del PRI cuestiona el manejo de las finanzas del gobernador, los actos de corrupción, el saqueo, la incapacidad para ordenar y distribuir los recursos del erario. Héctor y Pepe Yunes sí.

César Camacho es un termómetro. Siempre lo ha sido. A él le encargó Peña Nieto esbozar la aplicación del IVA en alimentos y percibió el repudio social.

Hoy elude el conflicto entre Javier Duarte y los senadores del PRI. Los ve desde la barrera, sin implicarse, sin emitir sentencias ni condenas, sin defender al sátrapa de palacio.

“Es una manifestación del estilo veracruzano de ser, al que la política no es ajena”, dice el líder de los diputados federales priístas.

Mantiene una sana distancia:

“Yo soy un testigo distante de la gestión de los gobernadores. Creo que a los habitantes de cada estado es a quienes les consta y quienes tienen seguramente una opinión más acabada de lo que hacen sus gobernantes”.

Y de la gestión de Javier Duarte dice:

“Yo respaldo a las instituciones y a los gobernadores del PRI, pero cada uno al final con la calidad de su gestión va a ser quien construya el juicio que la población ha de tener al final de la administración de cada uno”.

César Camacho representa la esencia del grupo en el poder. Proviene del Estado de México, del que fue gobernador, en la órbita del ex secretario de Gobernación y Educación, Emilio Chuayffet Chemor; de Arturo Montiel; del mismo Enrique Peña Nieto.

Es dogma en el PRI defender a los suyos, desestimar imputaciones, refutar denuncias y señalamientos, menos aún cuando advierten casos de corrupción. Pero con Javier Duarte no es así.

Horas antes, el senador Emilio Gamboa Patrón había realizado una defensa estéril del gobernador de Veracruz, vapuleado por los senadores Yunes Landa y Yunes Zorrilla.

“Es un problema entre ellos”, dijo de entrada. Es un caso que se debe aclarar, precisaba el senador del PRI.

Y luego abrió la puerta a la denuncia:

“Si tienen acusaciones de corrupción, tienen que demostrarlo; no es nada más decir: hay acusaciones de corrupción. Tienen que presentarlo y denunciarlo. Si tienen pruebas que las presenten”.

No hay quien defienda a Javier Duarte. No lo hizo Gamboa Patrón. No lo hizo Manlio Fabio Beltrones Rivera, líder nacional del PRI. No lo hace el líder de los diputados priístas, César Camacho Quiroz.

Son los síntomas del abandono, indiferentes todos a su conflicto interno, la lucha por la candidatura del PRI al próximo minigobierno.

Javier Duarte es un náufrago. Se hunde en un océano de corrupción, sin una pizca de humildad, soberbio, increpando a sus adversarios, sin comprender que el poder sirve para mantener equilibrios, para dar y conceder, para apretar y suavizar, todos los hilos en la mano, sin soltar de más, sin apretar en exceso.

Pierde el rumbo cuando el panista Miguel Ángel Yunes Linares le advierte que habrá cárcel para él y sus secuaces, la pandilla duartista, y ve que en ese mismo tenor camina Pepe Yunes, con la promesa de que irá a la cárcel quien haya delinquido, quien haya desviado recursos del erario.

Héctor Yunes, rebasado por ambos por haberse acogido al duartismo y pactado espacios en el gobierno estatal, no se resiste a alardear. También iría por “peces gordos”, ofrece. Usa el discurso de la justicia, el de la cárcel para los corruptos, el discurso que vende.

Entonces el gobernador le regala una caña de pescar y le recomienda que la emplee con sus familiares, los Yunes azules. Sirvió la burleta para que el choleño simulara un rompimiento y así reposicionarse en la preferencia electoral.

Lo de Héctor Yunes es una treta hueca. Le llaman show mediático. Priístas y no priístas hablan de un pleito fingido, de ofensas pactadas, de un ardid para alcanzar a Pepe Yunes y arrebatarle la candidatura del PRI al gobierno de dos años.

Para consumo doméstico la pantomima funciona. Es golpe, escándalo y olvido. Pero sale de control cuando la prensa nacional exhibe al gobernador.

Hoy vive el caos Javier Duarte. Lo balconea el periódico Reforma. Habla Beltrones de evitar rupturas y no alentar candidaturas independientes, y Javier Duarte, junto con Héctor Yunes, alientan ese proyecto.

No advierte el gobernador de Veracruz que políticamente está muerto, olvidado, repudiado desde el más alto nivel del PRI y del círculo presidencial.

De los muertos no se habla. Se habla de los próceres, de los mártires, de los virtuosos y de los villanos. Pero de los muertos políticos —muertos en vida— no.

Los muertos políticos acaban con las instituciones, las desmantelan, esfuman sus recursos, las retacan de “aviadores”, las saquean agotando el presupuesto en el pago de facturas por servicios inexistentes.

Para los muertos políticos no hay defensa. Nadie habla. Nadie se compromete. Nadie los justifica. César Camacho, Beltrones, Gamboa, todos evaden a Javier Duarte. Incluso piden que presenten pruebas de su corrupción.

Javier Duarte huele a muerto.

Y si apesta, por algo será.

Archivo muerto

Peor imposible. Peor para Javier Duarte, para el “general” Bermúdez Zurita, para el aparato de seguridad de Veracruz. Asumió este martes 29 Miguel Ángel Yunes Linares la presidencia de la Comisión de Seguridad de la Cámara de Diputados, que de entrada supone será el ariete para hurgar en las relaciones peligrosas que mantiene la policía y el círculo de poder con las mafias del crimen organizado; los jefes, comandantes, funcionarios de la Secretaría de Seguridad Pública, señalados de practicar la tortura en la Academia de Policía El Lencero, de levantar ciudadanos y desaparecerlos, de reprimir la protesta con el uso de armas tácticas, bastones eléctricos y toletes. Doble golpe para el gobernador Javier Duarte. El lunes 28 asumió Fernando Yunes Márquez la presidencia de la Comisión de Justicia en el Senado, y ahora es Yunes Linares, su padre, quien lleva la voz de mando en la Comisión de Seguridad de la Cámara Baja, donde tiene plenas facultades para escudriñar en las policías estatales y, sobre todo, saber qué hace Javier Duarte con los recursos federales que debiera aplicar para garantizar la tranquilidad de los veracruzanos… Maña y gracia y otras cositas dan poder. Son de las que se vale Patricia Peña Recio, el terror de los migrantes —matones, prostitutas y asaltantes, les dice—, y que hoy busca ser la máxima lideresa de magisterio veracruzano. Sabe pasar por encima del gremio, ocupar espacios, ser directora aunque no organiza ni el desfile de la primavera, ser diputada así sea de rebote y no proponga algo medianamente digno. Es la favorita del cacique Juan Nicolás Callejas Arroyo, la niña de sus ojos. Termina el período de Juan Nicolás Callejas Roldán, el hijo, y va la ex diputada federal por Coatzacoalcos rumbo al liderazgo de la Sección 32 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en Veracruz. Qué agravio para quienes por años hicieron méritos. ¿Cómo dice aquel refrán? “Jalan más dos…”… Otros se pueden ir; Vanelly no. Otros 100 causan baja porque hay insolvencia, cada vez menos recursos y las finanzas municipales, supuestamente, no aguantan más, pero Vanelly ni se inmuta. Y mientras un centenar de empleados se van a la calle, ella se consolida en la Secretaría de Obras Públicas del ayuntamiento de Coatzacoalcos, donde es prima dona en la Dirección de Atención Ciudadana, el feudo de Esteban Ramírez, el que no trabaja pero cómo verbea, el que promete soluciones a colonos que no llegan ni llegarán. Vanelly Ríos labora ahí por méritos en campaña, la de 2013, en el equipo joaquinista, y hoy la Revolución le hace justicia. Son suyos algunos de los “aviadores” que cobran sin dar golpe con cargo a la nómina de limpieza de canales. Una auténtica mina de oro de la que Vanelly goza como nadie…

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