Talaveradas
Por Rafael de la Garza Talavera
12 de septiembre de 2015

La coyuntura económica mundial ha venido provocando una serie de conflictos al interior de los grupos dominantes alrededor del mundo, la cual se manifiesta en patadas y empujones no precisamente por debajo de la mesa. Por el contrario, frente al deterioro de los márgenes de maniobra de los gerentes de la política para administrar la crisis financiera, las diferencias se dan a plena luz, sin tapujos y rompiendo las reglas escritas y no escritas de la política. Es el caso de la campaña de Donald Trump en los EE. UU o la crisis de legitimidad de Dilma Rousseuf y el PT en Brasil.

En el caso mexicano, la debilidad manifiesta de Peña para controlar a las huestes de su partido ha impedido que, como en los viejos tiempos, el destape se realice lo más cerca de la fecha del fin de su sexenio. Para poner un poco de orden en el proceso, ha tenido que abrirle la puerta a don Beltrone -que no forma parte del grupo cercano del presidente- e incluso se especula que contará también con el apoyo de candidaturas independientes para dividir a la oposición. Lo que queda claro es por sí solo no podrá imponer un candidato a la presidencia en el 2018.

De manera similar, en Veracruz los conflictos entre el grupo político en el poder también se están dando a la vista de todos por las mismas razones: deterioro de la legitimidad y crisis financiera, no necesariamente en ése orden. No por ello se puede inferir una fractura que acabe con el PRI en el estado pero resulta muy ilustrativo del caos que priva en la estructura gubernamental y las diferencias con respecto a cómo afrontar el problema, aunque sea sólo en el plano mediático. En todo caso, en la medida en que el conflicto se profundice resulta difícil calcular las consecuencias en el mediano plazo.

Dos acontecimientos describen lo anterior: el reclamo de la burocracia universitaria por el adeudo millonario por parte del gobierno del estado y el intercambio de sarcasmos y señalamientos directos entre Javier Duarte y los senadores Héctor y José Yunes, distinguidos representantes de la oligarquía estatal. El contexto está determinado por la próxima elección para gobernador del estado, pues a pesar de que el ganador gobernaría por dos años también se convertirá en factor central para seleccionar y apoyar con todo el poder del estado a su sucesor. Por lo tanto, lo que está en juego son los siguientes ocho años de gobierno… y del uso discrecional del presupuesto.

El caso del reclamo de la rectora Sara Ladrón de Guevara por la omisión del ejecutivo estatal para otorgar el subsidio a la Universidad Veracruzana no es un hecho menor. La burocracia universitaria forma parte integrante del grupo en el poder y si bien el adeudo se ha venido acumulando por años, la debilidad del gobernador ha producido condiciones favorables para que en él contexto señalado, la rectora se anime a confrontar públicamente al gobierno estatal. Sobra decir que lo que está en juego no es la viabilidad de la universidad sino del grupo que la encabeza; los conflictos con trabajadores y académicos por falta de pago ponen claramente en riesgo su liderazgo y lo poco que queda de la autonomía universitaria, que en realidad es la autonomía del grupo que la controla frente al ejecutivo estatal.

Por su parte, la fisura pública entre los principales aspirantes a la candidatura priísta para el próximo año y el gobernador es producto de la debilidad estatal aunque habría que reconocer que el estilo de gobierno ha contribuido bastante Los desplantes de Javier Duarte y su autoritarismo primitivo han provocado enojo y desconcierto entre los príistas. El regalo envenenado a Héctor Yunes dejó al descubierto las diferencias, que no son nuevas, pero sobre todo la desesperación del gobernador por su debilidad para controlar su sucesión. Si a esto se agrega el descontento de grupos empresariales por falta de pago y aumento de impuestos, se puede comprender mejor la crispación que priva en las esferas del poder político en Veracruz.

Para el ciudadano común y corriente las demostraciones de impotencia del gobernador no auguran nada bueno, pues es bien sabido que los disputas entre las oligarquías las paga el pueblo. Pero esas disputas pueden abrir el camino a la alternancia y generar cierta esperanza, antídoto efectivo contra la desesperación. Perder Veracruz no sería nada agradable para el PRI aunque tampoco para echar las campanas al vuelo. Baste el caso de Oaxaca para ejemplificar lo anterior. La alternancia no implica un cambio de rumbo sino de estilos, de rostros, de siglas y colores; se abrirán espacios antes cerrados a grupos ajenos a la nomenclatura priísta pero no mucho más. La derrota del PRI en Veracruz podría tener un valor simbólico pero las políticas neoliberales seguirán su rumbo y la militarización con su concomitante pérdida de libertades civiles no depende de las instancias del gobierno estatal. Después de todo el cambio real no depende exclusivamente del resultado en las urnas; deberá estar sustentado en una organización efectiva de las mayorías para establecer controles reales sobre los gobiernos. Y la ausencia de las mayorías organizadas de manera autónoma frente al estado en Veracruz y sus instituciones es otra crisis política. Pero ésa la analizaré en la próxima entrega.

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