Viernes Contemporáneo
Por Armando Ortiz
03 de noviembre de 2015

Ante el fenómeno de la impunidad en nuestro país, lo único que queda para los ciudadanos es mostrar su repudio. Muchos han sido los casos de funcionarios y políticos que, teniendo la justicia todas las evidencias para procesarlos por sus delitos, sencillamente no se les puede aplicar la justicia, porque gozan de impunidad. En este país la impunidad es el más alto honor que se le puede brindar a un ser corrupto o a un despreciable asesino.

La impunidad es la ausencia de castigo para alguien que es a todas luces culpable. Esa impunidad se la han ganado por las alianzas corruptas que se crean, por el dinero que aportan a la campaña del gobernador o del presidente de la República, o por mantenerse dentro de una disciplina abyecta, dentro de una lealtad inicua.

Un gobernador por muy ladrón que sea, por muy corrupto que resulte sale impune porque dejó salir impune al que le antecedió; esa es la regla. Y un gobernador ante el Ejecutivo sale impune porque muestra esa lealtad abyecta hacia sus instituciones.

Contra esa impunidad los ciudadanos no podemos. Porque no hay instituciones autónomas que sancionen los delitos de esos sujetos que gozan impunidad. A nosotros sólo nos queda mirarlos salir del fango, limpios ante la justicia de un país corrupto.

Pero podemos mostrar nuestro repudio. Es lo único que nos dejaron. Claro, hasta que llegue el día que mostrar nuestro repudio sea un acto ilícito y corramos el riesgo de entrar nosotros a la cárcel, mientras los repudiados gozan de plena libertad.

Pues mientras eso se llega algunas personas se toman muy en serio su libertad de expresión y no pierden oportunidad para mostrar su repudio. Eso fue justo lo que pasó en el Gran Premio de México que se llevó a cabo en el autódromo de los Hermanos Rodríguez. A ese evento deportivo acudió el expresidente Felipe Calderón Hinojosa, responsable de la guerra en contra del narcotráfico, guerra parcial, sin estrategia, que llevó a la tumba a miles personas, la mayoría jóvenes. Terminando el evento de ese día Felipe Calderón buscaba la salida cuando alguien filmándolo con una cámara le preguntó qué le había parecido la carrera. En ese video se alcanzó a escuchar la voz de una mujer que le grito: “Lárgate, asesino” y otras voces que pedían que se fuera.

Felipe Calderón se ganó la impunidad brindándole en charola de plata la presidencia a Enrique Peña Nieto; vaya, hasta un avión presidencial nuevo le compró. Para ello Calderón traicionó a la candidata de su partido, la panista Josefina Vázquez Mota.

Pero el pueblo no olvida los miles y miles de muertos que durante su fallida guerra cayeron. No olvida los privilegios en que tuvo a algunos narcotraficantes y el asedio sobre otros. Por eso le gritan asesino, porque saben que la justicia de este país no lo va a alcanzar.

Lo mismo sucede con Fidel Herrera, uno de los gobernadores más oscuros del periodo presidencial del PAN. Fidel Herrera con la complicidad de su Congreso local en Veracruz logró endeudar al estado de tal manera que dejó a su sucesor con un problema que tampoco pudo resolver, antes bien sólo pudo acrecentar.

Fidel como cónsul en Barcelona está recibiendo ese repudio de la comunidad mexicana; los intelectuales, vinculados con Barcelona, lo repudian; en Veracruz, el estado que dejó devastado, lo repudian. Y lo repudian porque saben que la justicia no tiene intención de hacerlo pagar por el estado desastroso en que dejó a Veracruz.

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