Entre Columnas
Por Martín Quitano Martínez
 11 de noviembre de 2015

La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado.

Montesquieu

 

La inseguridad, la violencia y la corrupción son tres elementos que marcan de forma profundamente desfavorable nuestras capacidades competitivas como país a nivel internacional, de acuerdo al Instituto Mexicano Competitividad (IMCO) nos situamos en el lugar 36 de 43 países valorados.

Nuestras condiciones las resume este año el IMCO en una frase donde presenta datos que claramente definen nuestros pesares: transamos y no avanzamos, somos un país amenazado por su incapacidad de distribución de las riquezas generadas, pues si bien se ubica entre las primeras 14 economías del mundo por el tamaño de su PIB, cuando se calcula el PIB per cápita desciende hasta el lugar 81.

El fenómeno global de concentración de la riqueza encuentra en nuestro país sello de garantía, enmarañados en consideraciones sobre los derechos sociales, tal como lo manda el modelo, se generan ofensivas y dispares condiciones de vida para millones de mexicanos. Allí están los datos del CONEVAL que desnudan los precarios escenarios de vida de más de la mitad de los habitantes de este país, allí están las cotidianas imágenes de cualquier andar en ciudades y pueblos.

Condiciones donde se regodea la miseria, donde se despliegan circunstancias para el incremento de la pobreza, fuertemente afianzadas en la precaria situación de nuestro estado de derecho y del inexistente combate a la corrupción, ambos elementos básicos si se pretendiera modificar nuestra vida social y laboral.

El obsceno comportamiento de nuestras élites cobijadas en la impunidad, reforzando la “cultura” de la corrupción, donde “la tranza y el todo se puede” es la mejor forma de hacer la vida pública y empresarial, convertida en derrotero nacional.

El patrón de comportamiento de esa mayoría política que dice representar los intereses de todos, se sustenta en la rapiña de los recursos públicos, en el rompimiento de los marcos legales y en el desprecio de las necesidades de construir un esquema diferente de convivencia social, de relaciones mejores para todos.

En nuestro país y puntualmente en nuestro estado, la lógica de la acumulación inmediata de fortunas se ha hecho el pan de cada día. Las capacidades de nuestra entidad para plantearse en mejores condiciones de vida se han perdido, el debilitamiento de nuestras instituciones se ha profundizado y la desconfianza social se ha incrementado.

No es casual: la descomposición en nuestra entidad alcanza todos los órdenes y niveles, el deterioro que abarca a todo, ensancha nuestros grandes problemas públicos, el empobrecido estado de derecho, la corrupción y la impunidad y con ellos la intolerancia que impide las oportunidades para resolver dialogando lo que con urgencia merece ser resuelto.

El escenario es escabroso, difícil, muy difícil, dicho por propios y extraños y sin embargo la ruta que quieren jugar los que mantienen el poder acentúa el conflicto, apuestan por la continuidad de lo impresentable, quedará en nosotros que así sea.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Quien me golpea a mí, golpea al PRI: nueva versión de “el Estado soy yo”.

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